
En el presente, en la esfera de lo político, se dan dos problemas medulares: 1) no hay democracia, 2) no hay sujetos aptos para la democracia.
El primero dirige nuestra atención hacia lo externo al yo, el segundo hacia lo interno. El primero reclama un batallar antiinstitucional, el segundo llama a una lucha contra el propio mal interior, siendo uno y otra complementarios e indisociables. Lo expuesto tiene una de sus expresiones concretas en la trayectoria de la revolución liberal: mientras el Estado se unifica y robustece, el pueblo se atomiza, desintegra y divide. El individualismo es predicado e impuesto –desde arriba– al pueblo, pero no al Estado, pues en su interior hay antiindividualismo, subordinación rígida
de la persona a los intereses del aparato, jerarquía rigurosa; en suma, unidad
estricta y reglada.
(…)
De manera que el Estado liberal
predica el individualismo, pero no lo practica. El individualismo es para
la plebe, pues el Estado y sus formaciones se sirven de un tipo pervertido
de colectivismo que es sobremanera efectivo para el cumplimiento de sus
fines: lograr el poder absoluto sobre un pueblo que, además, está atomizado, desocializado, convertido a una vil y suicida religión del ego, como
acontece ahora, tras 250 años de prédica sin tregua e imposición obsesiva
del individualismo, del desamor de unos a otros, quehacer en el que han
derrochado y derrochan lo mejor de su ingenio artistas, profesores e intelectuales.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).