
A Rozhestvensky le tocó nada menos que navegar 18.000 millas para encontrarse con un enemigo que había derrotado ya a una flota más poderosa que la suya. Sus mejores buques acorazados, de la clase Suvoroff, reflejaban las limitaciones de la ingeniería naval rusa. Como escribe Hough,
“…para un diseñador ruso la perfección sólo podía provenir de una ocurrencia tardía. En el caso de los buques del tipo Suvoroff ello significó un exceso de peso que conllevaba que el armamento secundario inferior no podía utilizarse en ningún tipo de mar, y además que unos sesenta centímetros de la zona principal de blindaje estaban sumergidos cuando los buques estaban cargados de forma normal. Todo ello afectaba no sólo a su velocidad, sino también a su estabilidad; el peligro de vuelco era tan grande que Rozhesvensky recibió un mensaje pocos días después que le ordenaba deshacerse de peso innecesario de las cubiertas y la superestructura, hasta el punto de evitar que se enarbolaran todo tipo de banderines y estandartes en las vergas exceptuando los esenciales.”
Como se ve, un comienzo difícilmente estimulante. Si las banderas de señales eran un peligro para la estabilidad de un acorazado. ¿qué no serían los obuses y los torpedos japoneses?
Aunque el espacio no nos permite seguir de forma pormenorizada el viaje de Rozhestvensky, resulta instructivo examinar algunos de los numerosos problemas que tuvo que abordar y que al final lo sobrecargaron de tal forma que se abandonó a sí mismo y a su flota en manos del destino. Por un lado no existía base alguna en un radio de 18.000 millas y dependía para el suministro de carbón de encuentros previamente acordados en el mar con la compañía alemana Hamburg-Amerika. En su trayecto a lo largo del Báltico y del mar del Norte sus histéricos vigías vieron barcos torpederos japoneses en los lugares más inverosímiles y bajo los disfraces más extraños. Junto a la baja moral, el sentimiento de que el peligro les amenazaba por doquier y que todos iban a por ellos vino a complicar las cosas por añadidura.
En el mar del Norte un “ataque en toda regla de buques japoneses” resultó ser una flotilla de barcos pesqueros de arrastre británicos procedentes de Hull. Increíblemente, los buques rusos atacaron a la flotilla pesquera, dañaron a varios buques y hundieron uno de ellos, sufriendo además los daños provocados por las colisiones entre sí. Rozhestvensky evitó a duras penas provocar una guerra entre el Reino Unido y Rusia y recibió una condena generalizada y las befas y cuchufletas de todos los periódicos del mundo.
Mientras tanto, en el almirantazgo de San Petesburgo, Klado, enemigo de Rozhestventsky, había decidido que era preciso enviar refuerzos al almirante. No obstante, no había que enviar buques de los que no pudiera prescindirse o quedar derrerlictos. después de todo, ello incrementaría el número de blancos a disposición de los japoneses. Rozhestvensky había condenado anteriormente estas “viejas bañeras” como cosas inútiles y meros estorbos, que frenarían al resto de la flota. Cuando llegó a oídos del almirante que se le enviaban esos viejos buques para que se unieran a su flota, decidió hacer todo lo posible por evitar la cita. Al llegar al norte de África uno de los buques rusos se enredó con un cable submarino; cuando el capitán cortó el cable cortó también las comunicaciones de Tánger con Europa durante cuatro días. Con lo que siguieron las befas y cuchufletas.
A pesar de sus esfuerzos por convertir su flota en una unidad de combate, Rozhestvensky tuvo que hacer frente a la constante ineficacia de sus subordinados. El buque encargado de las reparacaiones de la flota, el Kamchatka, disparó 300 obuses en un combate con tres supuestos barcos enemigos, un mercante sueco, un pesquero alemán y una goleta francesa. Y luego preguntó mediante señales al buque insignia “¿Veis barcos torpederos?” Se transmitió la alerta general a toda la flota hasta que el buque-taller admitió que había usado un códico gincorrecto y que simplemente había intentado transmitir “ahora estamos bien”.
El peor problema para Rozhestvensky era qué sabía, así como lo sabían sus oficiales, que lo mejor que podían hacer era dar media vuelta y arriesgarse a que les llamaran cobardes. No es que fueran realmente cobardes sino que les resultaba difícil no parecer bufones. Para quienes se tomaban en serio su trabajo era un duro golpe para su moral. lucharían con arrojo cuando llegara el momento, pero su lucha sería fútil porque no estaban entrenados para librar una batalla naval moderna. La noticia de que le habían enviado refuerzos bajo el mando del almirante Nebogatoff fue la gota que colmó el vaso. Sus barcos no bastaban, pero, ¿qué sentido tenía enviar carcamales nada marineros a 18.000 millas de distancia para ser hundidos cerca de Japón? Todo ello bastaba para producirle a Rozhestvensky fuertes ataques de neuralgia que lo confinaban en su camarote.
En una práctica de artillería, Rozhestvensky, que cuando era un oficial joven había sido célebre por su puntería, vio como sus destructores no acertaron ni uno solo de los blancos estacionarios. Cuando los buques se reunieron de nuevo, la bandera de señales marcaba un solo impacto, en el barco que remolcaba el blanco. Una formación de destructores, ordenada para formar una línea de fondo, se dispersó en todas direcciones porque no se les habían distribuido los nuevos libros de códigos. Hough describe así el fracaso de los torpedos:
“De los siete que abandonaron sus tubos, uno se atascó, dos viraron noventa grados en dirección al puerto, uno noventa hacia estribor, dos mantuvieron un rumbo estable pero no dieron en el blanco, y el último describió círculos y más círculos “sumergiéndose y emergiendo como un marsopa” y aterrorizando a toda la flota.”
El insulto final le llegó a Rozhestvensky al recibir una orden de San Petersburgo para que destruyera la flota japonesa, navegara hacia Vladivostock y allí entregara el mando al almirante Biriloff, que se dirigía al lugar en el tren transiberiano. Biriloff era conocido como “el almirante guerrero” pese a que nunca había entrado en acción. Era demasiado para Rozhestvensky lo soportara y la desesperanza se convirtió en una aceptación estúpida del destino.
Lucharía cuando llegara el momento pero lo haría como un acto reflejo, habida cuenta de que todo parecía presagiar el fracaso. Fue incluso perseguido por la flotilla de viejos buques al mando de Nebogatoff, a la que se refirió como una “colección arqueológica de arquitectura naval”. Cuando la flota rusa se encontró con la japonesa en Tushima, Rozhestvensky se limitó sólo a dar dos órdenes, la primera de las cuales causó “perplejidad y consternación” mientras que la segunda provocó un “estado de caos”. Lo que siguió, como Rozhestvensky sabía que debía suceder, fue la completa destrucción de la flota rusa.
Extraído del libro de Geoffrey Regan “Historia de la Incompetencia Militar”, ed. Crítica, Barcelona 2001.
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