
Según se desprende de lo conocido hasta ahora de los presupuestos generales del Estado, se van a destinar 800 millones de euros a labores de injerencia en el exterior, de ellos 400 millones a Afganistán.
Llama la atención porque este capítulo está fuera de los presupuestos del Ministerio de Defensa (8.813 millones de euros) y porque, una vez más, desvela la aritmética obscurantista y manipuladora que se utiliza desde el poder para encubrir el gasto militar: efectivamente, se dice, hay una disminución del gasto militar de 577 millones de euros (la resta de los actuales 8.813 presupuestados para el Ministerio de Defensa con los 9.390 presupestados el año anterior) pero si a esos 577 millones de menos le sumamos los 800 millones de más ocurre que el gasto militar es superior al que se dice.
Pero curiosamente, mientras la inversión en i+d civil ha disminuído cuantiosamente, en materia militar existen (claro, encubierto en el Ministerio de Industria y como parte de su presupuesto) otros 950,9 millones de euros. Si a ello sumamos la curiosa manipulación que consiste en comprar mediante crédito tanto material extrapresupuestario como inversión militar (y llevamos una deuda militar acumulada de 26.000 millones de euros) no adivinamos a ver cuál es la disminución del gasto militar.
Ahora bien, cabe otra segunda reflexión, que es comparar la disminución “hacia arriba” del gasto militar en comparación con el recorte (hacia abajo) de partidas como las de integración de inmigrantes (una reducción del 50%, equivalente a 100 millones de euros para todas las actividades de intergación y compartidos con actuaciones policiales y del ministerio del interior), educación (que congela el presupuesto pero dota en una aparente subida del 3,34% de 100 millones de euros para la informatización de las aulas de quinto y sexto de primaria), sanidad (que a pesar de asumir las competencias de la ley de dependencia sólo aumenta un 0´2%), vivienda (un -7,7%), políticas culturales (-11,1%), ayuda al desarrollo u otras.
Esto marca la orientación real y escandalosa de la política española. Si nos preguntamos si los políticos prefieren cañones o mantequilla, la opción es clara. Ahora ¿es esa la preferencia de la sociedad?