OBISPOS EN PIE DE GUERRA

No descansan. Desde hace más de setenta años que siguen atrincherados en el mismo bando. Con ellos no sirven pactos ni armisticios. Libran una guerra en la que no caben heridos ni prisioneros. Rendición o muerte. Los obispos españoles, la Conferencia Episcopal, la jerarquía de la Iglesia católica, siguen adelante con su tarea de acoso y derribo al gobierno elegido en las urnas.

Sin ningún respeto a la Constitución y totalmente ajenos a las mínimas reglas que debería observar cualquier credo religioso que opera en un Estado moderno y supuestamente aconfesional, los obispos españoles siguen con la cruzada que iniciaron el mismo día que se alinearon con la rebelión militar que se sublevó contra la República constitucional, con los resultados conocidos y las consecuencias, visto lo visto, aún por amortizar. Para la Conferencia Episcopal, en total sintonía con el Vaticano, no valen acuerdos ni treguas.

Ni siquiera una tímida muestra de discreción, en agradecimiento por las ingentes cantidades de fondos con que nutre la tesorería católica el gobierno de Rodríguez Zapatero. Ni la resistencia de esta Administración (la más generosa con la Iglesia católica de entre todas las habidas desde la Transición democrática) a revisar o derogar el Concordato —los acuerdos firmados entre la Santa Sede y el primer gobierno de la UCD antes de la vigencia del texto constitucional—, han movido un ápice la posición beligerante de los obispos españoles.

Cuando no es la educación, es la salud pública, la investigación científica o la lucha contra el aborto. La injerencia de la jerarquía católica en la vida y los derechos de la ciudadanía es intolerable. Dicho lo cual, hay que quitarse el sombrero ante la habilidad y capacidad de movilización de la derecha —sotanas incluidas— para imponer su agenda política, intentar desviar la atención pública de los escándalos de corrupción que pulverizan la credibilidad del partido que lidera Mariano Rajoy, con especial incidencia en el territorio que dice administrar Francisco Camps.

Para que la derecha se crezca hasta los extremos conocidos, no sólo hace falta un entramado mediático afín que bombardee desde todos sus frentes a la opinión pública. También es menester el consentimiento, inactividad, impericia, docilidad, abatimiento, impotencia, renuncia, incapacidad, pereza, ayuno y falta de voluntad política para cortar por lo sano, por parte de quien todavía —probablemente por poco tiempo— conserva algunos resortes de autoridad. Así, cualquiera. Y la sufrida ciudadanía, perpleja y aguantando mecha. Por la gracia de Dios. Solamente se nos ocurre desahogarnos con el grito: ¡Viva el lince ibérico!