Derecho Penitenciario

“La cárcel te roba mucho, el amor de los tuyos; te impide también darlo, verlos crecer, envejecer e incluso morir…”. “Que la justicia se ponga las pilas, que el mío es delito feo, el de trata, pero me ha caído más condena que a una asesina”

EL PAIS (LOLA HUETE MACHADO).- El dato resulta sorprendente: de los 73.558 presos recluidos hoy en los 87 centros penitenciarios españoles, el 92% son varones. El resto, un 8%, mujeres. ¿Por qué son tan pocas? ¿Por qué delitos están pagando? ¿En qué condiciones viven su pena? Diecisiete reclusas de las tres cárceles de mujeres (Brieva, en Ávila; Alcalá de Henares, en Madrid, y Alcalá de Guadaira, en Sevilla) hablan de su situación, su vida ayer y hoy, sus errores, sus deseos de cambiar y volver a empezar. De lo que les quita y les da la cárcel.

CENTRO PENITENCIARIO DE BRIEVA (ÁVILA). “María, llena eres de desgracia”. Así define su suerte Margarita Molina, madrileña de 36 años, 14 de condena por robo con violencia y detención ilegal, y por “un error común” (no volver de un permiso), que ya lleva más de nueve cumplidos “a pelo”, lo que quiere decir uno tras otro sin restar na. “Desde jovencita me conozco Carabanchel, Soto, Alcalá…”, informa en plan turístico ella, que es gitana sólida y reincidente; de entorno pobre y desestructurado; sin estudios, pero de verbo ágil, de las de venta ambulante y energía sinfín… pero a ratos toda consumida por la droga. “Que antes un gramo de heroína costaba las seis mil pesetas…”, dice, raya muy negra en el ojo, pelo teñido, manos ajadas. Cuesta imaginarla atracando un banco, aquí sentada ahora, en la biblioteca de la penitenciaría abulense, esperando a otras cuatro internas para charlar de su condición presa.

Margarita es una de las 17 internas que aparecen citadas en este texto; una de las 5.950 reclusas en España; una de las 950 que habitan en prisiones de mujeres –existen cuatro: ésta de Ávila, en Brieva; las de Alcalá de Guadaira (Sevilla) y Alcalá de Henares (Madrid). La cuarta, el CP de Mujeres de Barcelona, en Cataluña, única comunidad con competencias cedidas–. El resto vive en 49 módulos de los 87 centros penitenciarios totales. Según Instituciones Penitenciarias (II PP) están hoy recluidos, entre preventivos y penados, 67.608 hombres y 5.950 mujeres en España. Es decir, 92%, ellos; 8%, ellas. La desproporción es asombrosa. Siglos atrás hubo quien la atribuyó a cuestiones biológicas, a regresiones a estadios evolutivos anteriores, a masculinización y anomalías; había quien visualizaba patrones antropométricos. La explicación consolidada hoy es otra, más social, más educativa. Lo intuye Margarita: “¿Por qué hay más presos? La agresividad del hombre está más a la vista. El hombre tiene que usar la fuerza para conseguir las cosas; las mujeres tenemos más estrategias, nuestro cuerpo si hace falta”. En el tipo de crimen cometido también hay distingos. El 80% de ellas están encerradas por delitos contra la salud pública y socioeconómicos. Son 274 las encarceladas por homicidio y lesiones; los hombres, 4.985.

La inmensa galería central de Brieva es un golpe de luz en tonos cremas… Las celdas, a los lados y en lo alto. Módulos por colores. Las presas etarras que salen del gimnasio. Alguien en la cocina que escribe los menús en el tablón (“Siete sin cerdo para las musulmanas, 18 vegetarianos…), los talleres a toda marcha (de paraguas, de costura; el de aluminio, que cierra porque se lo lleva la crisis…). Directa de aislamiento surge Elisabeth Gutiérrez, de 29 años, madrileña de Manoteras, presa por agresión, desarraigada, de ademanes tajantes, con ganas de hablar reprimidas de semanas… Ha llegado hace nada de Madrid I, en Alcalá, donde se encerró en el chabolo y agredió a una funcionaria: “Se había ahorcado una compañera de celda y yo la encontré tiesa. No podía soportarlo, me quería ir y no me mudaban”. Aparece Inmaculada Sánchez, de 24 años, gaditana, con currículo de maltrato y mucho centro de menores andaluz desde los 15: “Salí peor que entré, con más rebeldía. Te chapan en un cuarto y siendo una cría… qué menos que haya terapias… Pues ni enfermería; sólo palizas se oían. En la escuela, ni sumar ni restar; si querías, ibas; si no, no. Y yo, familia como si no, sólo abuela y tía. Mis padres pasaron de mí y al morir (mi abuela) fue el fin”. Así sigue, apasionada, jovencísima, maquillada. “Muy desesperada estuve. Espero ya el segundo grado. Nunca he tenido permisos”. Enganchada, apenas sin visitas, extravertida, con una hija y ese tono agresivo de réplica siempre en la voz que indica una herida fiera bien dentro.

“Son de primer grado. A ver cómo se comportan”, avisa el director al dejarlas. Fuera hay visita de un grupo. Y conversación. “El sistema penitenciario es perverso…”, se oye. Asienten. El director: “Estas mujeres han vivido demasiadas cosas demasiado deprisa. ¿Qué habría sido de nosotros con lo mismo?”. Un funcionario replica: “Todas vuelven. Una cosa es el deseo; otra, la realidad”. Nadie tiene la llave maestra. Castigar. Pagar. Enmendarse. Reinsertarse. Volver a la normalidad. ¿Cuántas lo consiguen? Se estima que la reincidencia es en ellas del 40%; en ellos, del 60%. Y Elisabeth e Inmaculada se comportan primorosamente.

De segundo grado son la valenciana Raquel Teruel (34 años, a punto de casarse con una colombiana a la que conoció aquí y de salir) y Concepción Sanz (39 años, en programa de autoayuda), que pasó en su momento, en 1987, hasta por Yeserías, siempre con la metadona a cuestas, de la que dice estar harta, pero con apoyo familiar y permisos. Aquí están las cinco, todas españolas, deseosas de contar y contar lo suyo… aunque sólo sea por salir de la monotonía de esta vida cercada y de “interior”: “Que aquí el patio casi no se puede usar y el verano en Ávila dura na”, Margarita dixit. Y el de estas mujeres es modelo, patrón puro.

Un estudio europeo, el proyecto MIP (Mujeres, Integración y Prisión, que muestra la realidad de las presas europeas, su vida tras la prisión y la eficacia de las políticas sociales y penitenciarias para promover su integración social y laboral), realizado en 2005 por la fundación catalana SURT, y fuentes de II PP desvelan el perfil de mujer encarcelada: joven (la media en 2008 en España es de 36), de salud precaria por sus malas condiciones de vida (maltratos, hábitos de consumo y sexuales de riesgo); con bajo nivel educativo; gran parte desempleadas, en precario o sin cualificación. Además, la mayoría no tiene pareja, son solteras, separadas, viudas… Y con hijos. Es decir, familia monoparental. Situación de hiperriesgo: hacerse cargo solas de todo es determinante para la comisión del delito. También es alta la drogodependencia: en las cárceles catalanas, por ejemplo, en 2005 la mitad de las presas eran consumidoras. Y la proporción de extranjeras (40% en España, mayoría de colombianas y rumanas), en general por delitos de drogas. O gitanas; un 30% aquí, cuando son un 2% de la población.

Las cinco de Brieva hablan de amores dentro (“Amor taleguero, amor verdadero, ¿o será pasajero”) y de planes fuera. “Estoy en vías de desarrollar la voluntad para superar la droga”, sigue Margarita, que conoce frases hechas a miles y cuando menos te lo esperas te suelta un “es que yo mundialmente no quiero salir en fotografía” o “las duchas aquí son colectivas, con cortinita íntima, señorita”. Ella, madre de tres hijos adolescentes, de las que se sienten culpables en la distancia (es decir, todas), dice no saber de hombre desde hace lustros (“en mi historial no consta comunicación”), desde que a su marido se lo llevó un tren por delante sin querer un mal día.

Las otras (las diecisiete) lo confirman: que el cuerpo se adapta a todo, y la mente, también. Que se aletarga ante la rutina y la falta de tantas cosas. Que pasar por la cárcel, por esto, te deja el cuerpo sin emociones; te quita el gusto por el sexo, anula lo erótico; te vuelve desconfiada y huraña (…)

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