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EL PERIODICO DE ARAGON (IAN GIBSON).- Guantánamo es solo la punta de iceberg de los abusos de un sistema penal y carcelario que significan una vergüenza para EEUU y su pretensión de ser un país cristiano. El caso de Donny Johnson, que está acaparando la atención de algunos medios norteamericanos lo demuestra de manera especialmente llamativa. Nacido en 1960, Johnson fue condenado a cadena perpetua por su participación en un asesinato a los 18 años y bajo los efectos de droga. No se tomaron en cuenta su infancia y juventud especialmente desfavorables. Preso desde entonces en la cárcel estatal de Pelican Bay, en California, lleva casi 20 años aislado en una celda de castigo de 8 x 12 pies.

Una celda de cemento sin ventana. No le dejan ver a los otros presos ni mucho menos hablar con ellos. Le pasan la comida a través de una ranura en la puerta. Durante todo este tiempo no ha podido tocar a nadie, ni a su madre, con quien tiene que hablar por un telefonillo a través de una vitrina. En su libro Donny: la vida de un condenado a cadena perpetua, escrito en el 2001, manifestó que la falta de estimulación sensorial y de contacto humano era una variante de tortura. «Daría mi brazo derecho por poder abrazar a mi madre», dijo.
Cuesta trabajo imaginar tanta crueldad.

Allí sigue. ¿Le dejan salir a un patio una vez a la semana, o al mes, para sentir el sol en la cara, o la lluvia, y escuchar el canto de un pájaro, como si fuera el preso de un antiguo romance español? En absoluto: un breve deambular por un oscuro pasillo interior es el único recreo que le otorga el sistema. Es verdad que tan desmedido castigo, añadido a la condena original, se debe a que, en prisión, Johnson arremetió contra dos guardias con una navaja. Llevado otra vez a juicio, alegó que se confundió, imaginando que le atacaban otros presos. Quizá no mentía, pero se le impuso la vitalicia celda de castigo.

Lo insólito del caso es que, gracias al interés de un ser humano llamado Steve Kurtz, que a través de una larguísima e intensa relación epistolar con Johnson logró insuflarle el amor al arte y a la lectura, la víctima ha desarrollado un insospechado talento para la pintura y una lucidez intelectual que no solo le han transformado como persona, sino que le están catapultando a la celebridad. Dignos sucesores de quienes en su momento humillaron a Oscar Wilde, en el penal no le han facilitado ni instrumentos, ni pintura, ni papel, ni lienzos. Tuvo que ingeniárselas para fabricar sus propios pinceles con pelos de su cabeza; utilizar, en vez de pigmentos, una solución a base de caramelos M & M; y echar mano, como soporte, a las postales que se vendían en la cárcel.

Los resultados conseguidos con medios tan pobres, pero tan imaginativos, se pueden apreciar en internet con solo googlear el nombre del preso. Son fantásticos. Siempre sabíamos que hay artistas que, si no exteriorizan lo que sienten, se mueren, se suicidan, se hunden. Lo ocurrido con Johnson demuestra que incluso en las peores condiciones la creatividad puede conseguir que por lo menos valga la pena continuar luchando. Sus cuadros, que ahora se exponen y se cotizan, reflejan, ha dicho un crítico, la aguda privación sensorial lamentada en su libro. Para otros, trasmiten nostalgia, anhelo de libertad, locura. A mí me llama la atención su energía, su intenso colorido, su variedad y sus formas sutiles.

El presidente Obama ha iniciado el desmantelamiento del ignominioso, del oprobioso, Abú Ghraib antillano, expresión del ojo por ojo bíblico en versión Bush junior. Esperemos que sea el primer paso para que EEUU rechace el desprecio por los derechos humanos de la era anterior, y vuelva a ser un país magnánimo y dialogante. Queda mucho por hacer, empezando con la pena de muerte y siguiendo con las otras muchas crueldades de un sistema penitenciario simbolizado por la infame celda de castigo de Donny Johnson. Mientras, este pintor está robusteciendo la fe de quienes queremos creer en el poder redentor del arte.