Parece que los intelectuales no entendemos (y mil excusas por incluirme en este grupo) de temas políticos, diplomáticos o económicos, amen de otros aspectos de naturaleza superior. No entendemos, por ejemplo, por qué es malo para nuestra economía que el dólar y el peso se encuentren en condición de equilibrio comercial; o por qué es grave que exista una sobre producción de leche o de papa para la hacienda nacional. Mucho menos que “las finanzas publicas anden bien” y lo social sea un desastre. Para nosotros, los intelectuales, todo seria mucho más fácil si nos limitáramos a vivir como las abejas o las hormigas: “a igual trabajo, igual comida”. No sé en que momento de nuestra historia nos dio por distinguirnos a los seres humanos por nuestra vestimenta, cueva, arma o coche. En verdad que todo sería más fácil si simplemente camináramos como la cucaracha o el cien pies. En algún momento algo ocurrió en nuestro proceso evolutivo que nos obligó a diferenciarnos o distanciarnos: el poderoso del débil, el rico del pobre, el feo del hermoso, el agraciado del desdichado. Y se armó la de Babel cuando todos quisimos distanciarnos de nuestra propia naturaleza.

Como tampoco entendemos los intelectuales (nuevamente perdón por esta intromisión) de protocolos y sainetes ridículos en el simple animo de asegurarse unos pesos para la producción nacional. Mucho menos vamos a entender los grandilocuentes discursos o las pomposas ceremonias para recibir dignamente a los herederos de la Monarquía española, que por estos días nos visitan a los colombianos. Cómo entender, imposible para los intelectuales, que a los descendientes de los asesinos de nuestros abuelitos emplumados se les de trato de altísima consideración y que a nuestros ilustres paisanos desplazados se los arrolle con tanquetas en los parques públicos de la capital. No lo entendemos. Vaya embrollo que se arma en nuestra cabeza cuando tratamos de asimilar estos acontecimientos; y creemos que todo se arreglaría fácilmente si, simplemente, se dejara de gastar los impuestos de los colombianos en material bélico costosísimo y a todas luces inútil y, en cambio, se prodigara al niño colombiano de alimentos, salud, recreación y educación. Eso no lo entendemos los intelectuales, somos muy brutos como para pretender entenderlo.

Tampoco entendemos de formulismos y nos queda difícil comprender la presencia de Los Príncipes de Asturias, Felipe de Borbón y su esposa Letizia Ortiz, en la ciudad de Medellín en el Quinto Congreso de Victimas del Terrorismo. Qué mas víctimas del terrorismo que nuestras sociedades latinoamericanas que sufrieron las humillaciones y las vejaciones de los barbados españoles al compás de la dorada espada o la redimida cruz. Y que yo sepa, espero que algún intelectual me brinde esta información -si existe-, de algún pronunciamiento oficial de la Corona Española ofreciendo disculpas a las comunidades indígenas de Latinoamérica por el atroz magnicidio del que fueron victimas. No sé de Rey, Príncipe, Infante o Delfin que se haya pronunciado al respecto. Pero para refrescarles un poquito la memoria, recordemos que fueron más de setenta millones de indígenas masacrados por las barbas españolas. Ese si fue terrorismo, así este amparado por la Cruz de Cristo o la aparente bondad de un adoctrinamiento que despojó a los indígenas de sus tierras, sus familias y su paz.

Menos mal que en Colombia no mandan los intelectuales sino los políticos. Imagino a un intelectual dándole la salutación a los Príncipes de Asturias: “Señores hijos de los asesinos de nuestra sangre americana, no sois bienvenidos y en cambio aprovechamos la oportunidad para expresar nuestra indignación ante los cruentos episodios de los que fueron victimas más de setenta millones de aborígenes en el suelo que hoy pisas…”. Menos mal, digo, este acto protocolario lo realizan los políticos y diplomáticos educados en suelo europeo: “Excelentísimas Altezas: como dignos descendientes de la Corona Borbona nos permitimos expresarles nuestra inmensa satisfacción al tener entre nosotros a los herederos de quienes nos trajeron la civilización, la fe de Cristo y la riquísima dulzura del idioma español… sois vosotros bienvenidos, lo mismo que vuestros capitales que contribuirán al desarrollo armónico de nuestras sociedades necesitadas aún de vuestra luz y guía espiritual…”.

De ahí que es comprensible que a los intelectuales los tengan relegados de los cargos públicos y las altas dignidades del Estado. Es que son muy torpes para entender que la economía es una ciencia vedada para unos cuantos privilegiados de la sociedad. Los intelectuales, a lo sumo, podrán saber de construcciones gramaticales, historia, filosofía, geografía o literatura. Para todo lo demás son unos completos inútiles. Damos paso atrás y les dejamos campo abierto a los ilustres diplomáticos del país para agasajar como merecen a los Príncipes de Asturias; ellos saben de eso. Y que a nuestros desplazados les den el trato que a bien convengan. ¡! Ellos también saben de eso!!

Pablo Emilio Obando Acosta

peobando@gmail.com