
VICENTE VERDÚ
La cultura de la celebridad efímera, el atractivo del exhibicionismo, el famoseo porque sí y hasta las herencias mal digeridas generan toda suerte de juerguistas, bocazas y gamberros. Los méritos propios ya no tienen necesariamente tirón. El gancho está en otra cosa. En el siglo XXI la tipología de la fama es infinita. La inanidad de Paris Hilton. La autodestrucción paso a paso de Amy Winehouse. El zafio ‘hooliganismo’ del príncipe Harry. Hay quien los ve como reflejos de una colosal ausencia. Modelos de conducta para la que se ha venido a llamar ‘generación ni-ni’. Ni esto ni aquello. El relativismo total. El escándalo por el escándalo. La rebeldía, ahora sí, sin causa. Pasen y vean.
En términos generales, no existe actualmente un hogar al día que no cuente con una Ami Winehouse o una Paris Hilton. Puede que el concreto personaje familiar no sea tan feo, tan rico o tan mal peinado, como en estos dos casos ejemplares, pero lo sustantivo del modelo es ser «un adolescente malo» y comportarse tan caprichosamente como para sacar de quicio a padres, tíos y abuelos.
Se reclaman hastiados, independientes, imprevisibles. ¿Es esto la maldad?
Hasta hace relativamente poco, la juventud se había erigido en el supremo valor, y todavía hoy los sectores más comunes y atrasados culturalmente tratan de rendir tributo al paradigma y esforzarse por parecer jóvenes. Las celebridades de las vanguardias, sin embargo, desde Emma Thompson hasta Sharon Stone, desde Sean Connery hasta Harrison Ford, cayeron hace tiempo en la cuenta de que parecer joven a toda costa es una actitud decadente y, todavía más, tan patética como improductiva para el equilibrio interior.
A la etapa, en fin, de parecer joven, sentirse joven, actuar como un joven y toda su cohorte simbólica se añadió, en las dos últimas décadas del siglo XX, el espectacular prestigio del niño. Fue un famoso programa de origen norteamericano donde la carne del niño es «carne de Dios» y una suerte de tabú divino acompaña tanto su respeto como la protección de cualquier roce por desconocidos, sin importar lo puros que éstos sean. Desde comienzos de los ochenta en EE UU fue creciendo la leyenda de que desaparecían alrededor de 50.000 niños cada año, fuera por descuido de la sociedad, fuera por secuestros y asesinatos o fuera por su ascenso natural a los cielos.
El fenómeno no llegó a España con toda su composición característica, pero el mismo hecho de que para este otoño Cuatro prepare un programa a lo Paco Lobatón para localización de desaparecidos, especialmente de corta edad, puede ser el principio de una operación significativa que prolonga la creciente atención al desamparo, la inocencia y la ternura infantil en cuanto seña de un mundo mejor y cercano, naturalmente, a la ecología. La adopción de bebés exóticos, infantes paupérrimos y ejemplares infantiles amenazados de extinción por parte de individuos famosos, gentes del espectáculo y del público enfatiza la misma idea de «adorar al niño».
En síntesis, pues, la oleada histórica que fijaba los ojos en el valor de la juventud ha ido girando hacia el universo natural de la infancia blanca y en consonancia con el aprecio por las firmas naturales, la comida de la huerta, la defensa del lince y el acompañamiento a base de perros y gatos.
Finalmente, tras estas etapas juveniles e infantiles, todavía presentes, ha surgido como una insólita novedad el escandaloso imperio de la figura adolescente. Los malos malísimos tienen en torno a 16 años, pero si tienen menos o más se comportan a la manera peculiar, irracional, ininteligible o temible de aquéllos. Adolescentes de apenas 12 años que violan a sus pares, incendian la casa de los padres o se convierten en asesinos en serie. No son niños, ni en mentalidad ni en deseos característicos de la infancia. Se han saltado la infancia para convertirse en adolescentes y siguen invadiendo terrenos de juventud como una epidemia de gamberros pijos.
Los tiempos juegan a su favor, porque ¿qué elemento humano más idóneo para expresar la irracionalidad de esta crisis que el delirio incontrolable de sus conductas, sus especulaciones, sus innumerables estafas, sean escolares, afectivas o pasionales? De hecho, el actual modelo adolescente (desbridado, encriptado, rebelde) constituye un patrón capaz de asumir un sinfín de metáforas contemporáneas, desde la egolatría de los políticos hasta la vacuidad del arte, desde los bonos basura hasta la banalidad del sexo, la lealtad y los compromisos.
En estos años, el ser del modelo adolescente va siguiendo una trayectoria tan dominante, que prácticamente todos los iconos de interés se comportan imitando el proceder, el styling, el habla y hasta el bailable corazón de esa edad simbólica que ni se quiere demasiado a sí misma ni está segura de querer a nadie más. Ni sabe cabalmente lo que quiere ni desea que se le ayude a saber: pasan de los maestros, les asquean los consejos de los padres, pasan de casi todo o de todo para exponerse ante la posteridad como el emblema propio de la gran crisis donde, efectivamente, ni se sabe nada ni hay acuerdo suficiente para calificar un buen hacer. Más bien su perfil malditista se ajusta como anillo al dedo de la duda y la depresión general.
La adolescencia constituye en sí misma, como explicaba Marañón en Las edades críticas, una típica experiencia de la crisis: crisis de dirección, crisis del sentido y extremo éxito del sinsentido. Bastaría preguntar a los padres con hijos o hijas adolescentes, escuchar el programa de la SER Hablar por hablar o hablar por hablar en una cena de matrimonios cuarentones sobre el proceder de Laurita o Fernando para comprender la amplia magnitud y homogeneidad del fenómeno.
Los casos de chicos y chicas famosos que muestra este reportaje son tan sólo luminarias mediáticas que, a estas alturas, pululan en diferentes versiones y tamaños por la mayoría de las familias, o como se diga. En consecuencia, están volviendo locos a padres y madres ricos y pobres, biológicos o de adopción, a maestros de mediana y avanzada edad, a jefes de marketing, políticos, policías, terapeutas y coolhunters de la tanda anterior.
El modelo joven que nació culturalmente en torno al 68 se entretenía con el sueño de la revolución: Althusser, Gramsci , el Tercer Mundo, Mao y cosas así. El modelo infantil de los noventa, muy propio de la prosperidad, inducía al cariño, la caridad, la ONG, la solidaridad y llevaba al sentido interés por las ballenas, los linces y el deshielo polar. Unos y otros contenían su propia protesta, movimientos contra el estado del mundo y la aspiración revoltosa por un planeta mejor.
El modelo adolescencia, sin embargo, no quiere ni esto ni aquello. El mundo es una porquería, como siempre, pero ¡encima otro más! Algunos sociólogos llaman a esta generación la ni-ni. Ni esto ni aquello. Sólo la trifulca por la trifulca, la droga por la droga o la negación por la negación. El sufrimiento, el desencanto y la arbitrariedad. No es raro que, ante su proverbial desarticulación, los padres pierdan el tino, como tampoco debe considerarse una extravagancia que en un tiempo carente de proyecto, su actitud más cool coincida con la destrucción.
¿Malos? Se reclaman independientes, imprevisibles, hastiados. ¿Es esto la maldad? Se trata precisamente de un fenómeno semejante al ser del accidente. Tanto más chic cuanto menos predecibles sean, tanto más mediáticos (como el terrorismo, la crisis, la gripe A) cuanto más inesperadamente proceden. Lo propio del accidente es la ausencia o invisibilidad del proceso. Lo característico de esta adolescencia patrón, elevada a categoría en boga, es su explosión, su escándalo. Lo súbito y extrañamente cambiante se corresponde con el espíritu del tiempo, la subida o la bajada de la Bolsa, el petróleo, el Euríbor, el ladrillo o el empleo. Estos malísimos y famosos del cine, la música, la literatura o el espectáculo son brillantes esquirlas de la época. Pero podría añadirse, además, que son reflejos de una colosal ausencia. Ausencia de valores, respetos, privaciones, pero, además, ausencia mayor aún de amor, de porvenir y de autoestima.
¿Están enfermos estos adolescentes, famosos o no? ¿Esta adolescencia reinante? Los protagonistas del modelo juventud vivían enarbolando banderas y creyendo en el porvenir. Los del modelo infantil se ocupaban especialmente de la famosa cultura del entretenimiento que ha llegado hasta nuestros días. Para tratar con ellos, para calificar incluso a los adultos, la agencia de publicidad Saatchi &Saatchi se guiaba en sus trabajos de hace media docena de años por un lema conocido como AABKA, Adults are becoming kids again (los adultos están volviéndose niños). Se guiaban, en suma, por el desconocido interés de las gentes, especialmente adultas o jóvenes, por juegos de todo tipo, desde las consolas hasta el pádel, y por su manifiesta inclinación a vestirse infantilmente y atiborrarse de chuches en el cine.
El canon adolescente, en cambio, es tanto o más vicioso si se trata de drogas o sexo, pero menos permisivo, más anoréxico que bulímico, más desgraciado que feliz, más violento, cruel y neurótico. Con la crisis, los adultescentes que apenas habían dejado el hogar paterno van regresando, y ahora, emparejados, parados, hundidos. Acaso allí se encuentren con el modelo de la hermana o del hermano adolescente en pleno auge. Adolescentes en los que su etimología se relaciona intensamente con la falta de guías consistentes. Gentes que se estrellan y pueden hacer estallar la casa, las aulas o las fiestas mediante un instinto que les impulsa a destruir y, no siempre metafóricamente, a matar o a morir en serie.
El País