
JOSÉ MARÍA TORTOSA
Los nacionalismos suelen tener problemas para determinar las fronteras del territorio al que deben aplicarse. Tienen dos posibilidades principales: reivindicar unas fronteras históricas, normalmente tampoco muy bien definidas, o extrapolar hacia el pasado unas fronteras administrativas actuales.
La primera podría utilizarla Berlusconi reivindicando las fronteras históricas del Imperio Romano, esas que todavía aparecen en el Foro de Roma o la que fue retirada del sitio, la de las fronteras del Imperio de Musolini. Es la misma que utiliza Osama bin Laden cuando quiere recuperar Al Andalus para esa versión de la «comunidad de los creyentes» que proporciona el Islam político. La idea de Euskal Herria (la actual Comunidad Autónoma Vasca o Euskadi, más Navarra, más los tres departamentos franceses) no acaba de encajar aquí pues dicha Euskal Herria nunca tuvo la entidad del mundo romano o de los califatos.
La de extrapolar hacia el pasado las fronteras administrativas actuales es más cómoda: tenemos ahora unas fronteras -más o menos problemáticas , pero fronteras- y buscamos en el pasado lo que ha sucedido dentro de dichas fronteras y encontramos con facilidad «el nacimiento de una nación». Obvio: la actual.
Es la estrategia que utilizan casi todos los estados y es la evidente del españolismo en las Españas, España como nación.
El nacionalismo catalán duda entre una opción y otra. Las fronteras históricas son las del llamado pancatalanismo, la de los Países Catalanes a un lado y otro de los Pirineos con el argumento lingüístico de la unidad de la lengua, y afirmando que lengua es nación y que la lengua necesita de un estado para defenderla. Pero también, pragmático, con «seny», suele preferir la de aceptar las fronteras actuales y convertirlas en definidoras del territorio de la nación. Tiene igualmente sus problemas: el Valle de Arán, con el aranés -occitano que también se habla al otro lado de los Pirineos- como lengua mucho más amenazada que el catalán (la Unesco lo ha dicho), con claros signos de rechazo a lo que viene de Barcelona y con un fuerte sentimiento de identidad (común con el otro lado de los Pirineos).
El pasado día 10 se celebró el bicentenario del Grito de la Independencia en Ecuador. Siendo también el aniversario de la entronización de Rafael Correa, se puede suponer que la celebración se hizo con toda la parafernalia nacionalista al uso. Y se verán «a millares surgir» las voces que cantan a la nación ecuatoriana en su lucha por la independencia frente a los españoles (chapetones, según el uso local, pero en el mismo sentido que los gachupines mexicanos). Que hace dos siglos el territorio no fuese el actual y que el Ecuador fuese una construcción posterior, es algo que no se tendrá en consideración. Como los demás bicentenarios (tal vez con la excepción de Bolivia, ya producido -aunque quien más quien menos reivindica haber sido el primero en haberlo proclamado-) evitarán cuidadosamente hablar de fronteras, a no ser que incluyan la demanda de territorios hoy en otras manos. Y todos evitarán, con la excepción de Bolivia, reconocer que la Independencia fue una lucha entre españoles, casi todos ya nativos de América, criollos, unos buscando la independencia de Madrid para mantener su dominio sobre los pueblos originarios y otros deseando seguir dependiendo del Rey para el mismo propósito (las críticas despectivas de Carlos Marx hacia Simón Bolívar van en esa línea, dicho sea en aras del «socialismo del siglo XXI»). Y todos, bolivianos también, olvidarán que los indígenas americanos estuvieron divididos en la Conquista (los hubo que estuvieron de parte de los invasores y contra los gobernantes imperiales de Tenochtitlan o del Cusco) y anduvieron igualmente divididos en la Liberación que escriben entre comillas. Pero el hecho es que hubo indígenas luchando en un lado y otro de las batallas dirigidas por chapetones o criollos.
No estaría de más que se aprovechasen estos bicentenarios para pedir disculpas, por parte de los criollos en los gobiernos americanos y por parte de los chapetones/gachupines en el gobierno español, por lo llevado a cabo contra los pueblos indígenas, alguna de cuyas masacres más importantes se produjeron, después de la Independencia, en el actual Uruguay y en la actual Argentina.
Aunque la historia no es la misma, podrían tomar ejemplo del discurso del primer ministro de Australia, Kevin Rudds, en la apertura del Parlamento australiano en febrero de 2008, pidiendo disculpas a lo aborígenes por el maltrato que les fue infligido por parte de los invasores blancos.
Salve, salve mil veces, oh Patria. Gloria a ti, gloria a ti.
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