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Tomado de Kaosenlared

Hay una ley casi axiomática en la izquierda de la izquierda que consiste en enfangarse en debates inútiles sobre un pasado que debiera dejar a los historiadores de todas las corrientes.

Pareciera que se intenta ajustar las cuentas sobre lo pretérito, especialmente cuando es ya lejano y está unido a la derrota.
Un observador bienintencionado pensará que el motivo de tal empeño en remover aguas añejas no es otro que el del sano ejercicio de la autocrítica con el fin de conocer mejor los hechos y evitar repetir los errores. La ingenuidad hasta el inicio de la adolescencia es una virtud pero después empieza a ser un defecto.

Incluso podría pensarse que esa suerte de engolfamiento en un tiempo de derrotas tiene algo que ver con cierto componente masoquista –ese regusto nostálgico por el perdedor como hace decir Lorenzo Silva al sargento Bevilacqua al referirse a su “ejercito de combatientes derrotados” (1)- o con el deseo de recrear el pasado para imaginariamente darlo un destino más exitoso. Puede que haya algo de una cosa y de otra pero poco.

Lo llamativo y lo esclarecedor de todo ese regreso obsesivo al fracaso está en el encono con el que las distintas corrientes políticas de la izquierda implicada en el naufragio se zarandean, reprochan sus papeles y responsabilidades en la derrota y se faltan al debido respeto. Y en este caso sin que quepa hacer excepciones más que en los niveles particulares y personales pero no en las tendencias políticas partícipes de dicho pasado.Que cada palo sujete su vela ya que en todas las casas de la izquierda cuecen habas. Y ello a pesar de que, con frecuencia, se toque la melodía de oídas y quienes “debatan acaloradamente”, por emplear un eufemismo, sólo sean los herederos de los protagonistas por incomparecencia biológica de estos últimos.
Sucede que cuando la frustración ante el desastre es grande, la tentación de acudir a lo que se tiene más a mano por proximidad también lo es.

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Detengámonos por un momento en la escena de diversas corrientes políticas culpándose mutuamente por, pongamos por caso, el fracaso de la Revolución del 34 en España, de la que ahora celebramos su 75 aniversario, o por la derrota republicana en la guerra civil española a manos del fascismo y las archidebatidas tesis de hacer la revolución y ganar la guerra a la vez o de ganar primero la guerra y hacer la revolución después.

Para un observador que asista al debate desde posiciones independientes de izquierda o no militantes pero no por ello apolíticas, la polémica resulta cansina, tediosa, irritante incluso, ya que cuesta entender tanta energía derrochada y digna de mejor empeño y encauzada en una dirección de futuro.

Visto la escena desde cierta distancia y contemplada desde la perspectiva de alguien concienciado y seriamente preocupado por los acontecimientos políticos del hoy, hegemonizados por la derecha política, económica y cultural victoriosa, dichos combates dialécticos tienen algo de controversia marciana de quienes parecen haberse suspendido en una cápsula del tiempo para aislarse de la realidad presente.

Por mucho que ignorar la historia conduzca a su repetición, lo que de verdad se repite absurda e inútilmente son las estériles peleas de patio de colegio entre fracciones diferentes de la izquierda sobre un pasado que ya no es posible cambiar y respecto al cual las posiciones de unos y otros son sobradamente conocidas. Y esto vale tanto para la historia de la izquierda española como para acontecimientos que han dividido a la izquierda de la izquierda a nivel internacional y sobre los que los hechos políticos han venido a convertir en experiencias agotadas, al menos por el momento.

Cuando este tipo de debates se exponen en plaza pública, perdiéndose además las formas, empleándose el todo vale, acomodando la historia a mejor gloria y absolución de cada tendencia de la izquierda, el observador de izquierda ajeno a tal ensañamiento y rencor sólo siente distancia y rechazo visceral ante los actores de tan penoso espectáculo.
No se está negando la importancia del debate, la necesidad de conocer y reexaminar la historia, de expresar las diferencias y hasta las críticas políticas pero sí que resulta sospechoso de una cierta impotencia política la obsesión por ensimismarse en el pasado como si, sólo como sí, se intentase escamotear la reflexión y la acción sobre el presente para cambiar el futuro.

Esa conducta expresa la tentaciónpor zambullirse en un pasado inmutable en la realidad pero plástico, simplificable y manejable en sus interpretaciones ante un presente mucho más duro, complejo y de extraordinariamente difícil intervención para la izquierda de la izquierda.
Perder tiempo y fuerzas en reproches y enfrentamientos inútiles dentro de la izquierda no sólo la debilita y la hace incapaz de incidir sobre la realidad actual sino que la desacredita como opción de futuro al asemejarse a la mujer de Lot, convertida en estatua de sal por mirar permanentemente al pasado.

En el fondo no está claro si lo que se pretende es lograr la bula autoabsolutoria sobre los hechos del pasado o ensañarse con el oponente en una suerte de permanente vuelta de tuerca sobre el “y tú más” como si lo que de verdad importase fuesen los argumentos o el convencer al otro de su incorrecta perspectiva sobre los hechos históricos cuando en realidad se sabe que el juicio desde cada lado es ya inmutable de partida, la sordera ante los argumentos ajenos recalcitrante y el recurso a la zancadilla y a sacar de la chistera cualquier tipo de “conejo” a modo de prueba selectivamente escogida la práctica habitual.

Cuando lo que de verdad importa es cómo recuperar la conciencia de clase de los trabajadores, cómo articular las condiciones objetivas de una crisis que golpea sobre las clases populares con unas subjetivas absolutamente alejadas de la lucha sindical, social y política, el desgaste en ciertas discusiones parece absolutamente estúpido.
Cuando la izquierda revolucionaria europea no avanza sino que retrocede disciplinadamente o, en el mejor de los casos, se sostiene con enorme dificultad, cuando la crisis del sistema capitalista golpea sobre los sectores económicos más débiles, cuando el ejercito industrial de reserva (parados) crece y crece sin cesar sin que deje de hacerlo también el pesimismo y la desesperanza, ciertas inquinas respecto a lo que no es una realidad hoy operante sólo son un modo de matar moscas con el rabo.

El reto, el debate relevante, lo que cuenta es el modo de encontrar camino al futuro, de articular un discurso y una práctica política entusiasmantes, con credibilidad para los trabajadores, los parados, los sectores golpeados por la crisis, con posibilidades de levantar un fuerte polo anticapitalista. Y lo demás,…lo demás dejémoslo a los historiadores de la izquierda y a los ratos ociosos en que no encontremos algo más divertido que darnos de cabezazos contra una puerta de acero.

(1) Lorenzo Silva. “El alquimista impaciente”. Ediciones Destino. 2000. Barcelona

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