Manuel Márquez

LaButaca.net

Resulta reconfortante, en estos momentos en que el cine de animación (en su vertiente más comercial) parece haberse convertido en una carrera desbocada entre los poderosos estudios estadounidenses por decir la última palabra en perfección técnica, que un francotirador como Hayao Miyazaki, ajeno a cualquier hipotético canto de sirena —y deben haberlos cerca de quien no en balde ha sido venerado por la crítica más sesuda y cinéfila—, siga manufacturando un producto animado de la pureza formal y honestidad material que nos brinda esta su última entrega, “Ponyo en el acantilado”.

La última película del director japonés abunda en las constantes ya mostradas en sus anteriores títulos, tanto estilísticas como temáticas. Pero nos demuestra cómo, cuando no escasean ni la imaginación ni el talento, la reiteración no deviene en aburrimiento y las imágenes nos generan sentimientos de muy diverso género, sin aportar nunca una sensación de déjà vu.


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El generoso metraje de “Ponyo en el acantilado” (también siguiendo la tendencia de anteriores filmes del autor) nos presenta un dibujo de trazo sencillo y muy depurado, en la mejor tradición del manga japonés (a la que Miyazaki tanto ha aportado, y bebido de ella, a lo largo de su carrera), y en el que priman aspectos como la luminosidad o la diversidad de formas (un auténtico derroche de figuras, seres y tipos surgen de forma casi ininterrumpida) sobre un verismo que, en ningún momento, figura entre los objetivos principales del director.

Esas imágenes, de una impresionante belleza (la sencillez no es óbice para la hermosura), sirven de soporte para una historia que, desarrollada bajo cauces narrativos convencionales, se desenvuelve en la frontera sutil entre el mundo real y el de la fantasía. Una frontera constantemente ignorada por Miyazaki, poniendo en estrecho contacto al mundo humano (representado por el protagonista infantil, Sosuke, y su entorno) con el mundo fantástico (el que simboliza la niña-pez Ponyo, y el suyo), en una dinámica de interrelación que ya diera magníficos frutos creativos en “El viaje de Chihiro”. La historia es sencilla, se sigue con facilidad y, ciertamente, no se puede negar que encuentra mil y un precedentes de corte similar en la narrativa histórica infantil. Pero no por ello deja de tener su interés.


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En todo caso, y más allá de esos valores —que ya harían de esta una propuesta digna de ser tomada en consideración y degustada de forma placentera—, aún hay que resaltar cómo esa conjunción armoniosa de formas y fondos da soporte a un auténtico alegato contra la degeneración contaminante de la actividad humana sobre el entorno natural (el discurso ecológico que siempre ha impregnado la filmografía de este autor), y a favor de la aceptación de la diferencia como base del entendimiento universal y la superación de las dificultades. Un alegato cuya credibilidad cobra altura gracias, precisamente, a lo poco pretencioso y alquitarado de su formulación: aquí no hay misteriosos mensajes subyacentes, ni códigos ocultos en claves mistéricas. El mensaje está ahí, prístino, evidente, y a igual alcance del hijo y el padre. ¿Buenismo ingenuo? ¿Optimismo antropológico, como parece ser que está de moda llamarle ahora? Puede que sí, para qué negarlo. Pero, en los tiempos que corren, no crean que no reconforta (al menos, a algunos).

Todo lo ya apuntado termina dando, como resultante global, un filme redondo, una pequeña joya que, desde el presupuesto de la sencillez, se eleva mucho más allá de lo que su apariencia señala. O sea, una más del maestro Miyazaki y su estudio Ghibli. Más de lo mismo, más de lo excelente. Probablemente, no resiste la comparación con los grandes blockbusters del género en términos de renderización o pixelado. Pero es que este hombre juega, evidentemente, en otra liga. Vengan y disfruten con sus partidos, no se van a arrepentir.

Calificación: 9/10