Derecho Penitenciario

La cárcel de Bastoey se basa en el concepto de que las prisiones tradicionales, represivas, no funcionan. “El mayor error de nuestra sociedad es creer que se debe castigar duramente a los criminales para que cambien”, explicaba Oeyvind Alnaes, en ese entonces director de la prisión. “Es un concepto errado. Las grandes prisiones cerradas son escuelas de delincuentes. Si tratas mal a la gente, se portarán mal. Cualquiera puede ser un buen ciudadano si se le trata bien, se le respeta y se le imponen desafíos y exigencias”.

LA INFORMACION (GWLADYS FOUCHE).- La primera vez que fui a una prisión descubrí un lugar idílico, una isla con una frondosa vegetación, casas de colores y las aguas del fiordo de Oslo que brillaban con la luz del sol.

Era julio de 2006 y estaba de visita en Bastoey, una cárcel abierta a más de 60 kilómetros al sur de la capital noruega. Allí viven unos 115 presos, entre asesinos, violadores y otros delincuentes, que disfrutan de actividades que rara vez se asocian con una prisión.

En el verano, pueden mejorar su revés en las pistas de tenis, cabalgar por el bosque o ir a nadar a la playa. En invierno, las opciones son esquiar o participar en la competición de saltos de la prisión.

Los internos trabajan entre las 8:15 y las 14:30 horas. La isla es una granja donde hay ganado del que ocuparse, leña que cortar y productos orgánicos que cosechar. Los presos también trabajan en el aserradero, donde utilizan hachas, cuchillos y sierras. Dependiendo del tiempo que pasen en Bastoey, muchos se irán con un certificado por la formación recibida allí.

Después del trabajo, los hombres se retiran a sus viviendas: unas cómodas cabañas de madera que comparten en grupos de cuatro a seis internos. La cárcel de Bastoey se basa en el concepto de que las prisiones tradicionales, represivas, no funcionan.

“El mayor error de nuestra sociedad es creer que se debe castigar duramente a los criminales para que cambien”, explicaba Oeyvind Alnaes, en ese entonces director de la prisión. “Es un concepto errado. Las grandes prisiones cerradas son escuelas de delincuentes. Si tratas mal a la gente, se portarán mal. Cualquiera puede ser un buen ciudadano si se le trata bien, se le respeta y se le imponen desafíos y exigencias”.

SIN CADENA PERPETUA

Esta visión de Alnaes refleja la forma en que Noruega y el resto de naciones escandinavas administran sus sistemas penales. Aquí no existe la pena de muerte, ni siquiera la prisión perpetua. La pena máxima de cárcel es de 21 años, por asesinato. La mayoría cumple dos tercios de la pena antes de quedar en libertad. Los condenados mantienen su derecho a voto y pueden ejercerlo en prisión.

Todos los internos comienzan su condena en una prisión tradicional. Son instalaciones más seguras, pero que tienen los típicos problemas de otras cárceles del mundo: drogas, falta de educación y de oportunidades de trabajo. Esto se debe a que la mayoría de los presos pasan prácticamente todo el día encerrados en sus celdas. Pero aún así, la experiencia de una prisión tradicional noruega es muy diferente de la de otros países.

La segunda vez que fui a una prisión fue en septiembre pasado, a la cárcel de alta seguridad de Oslo. Fui allí para reunirme con Bjoernar Dahl, un interno de 43 años que hacía sólo unos días, había participado en un debate sobre política y delincuencia con el ministro de Justicia y un político de la oposición. Se trataba de un debate televisado, previo a las elecciones, que se emitió en directo desde la prisión ante un grupo de internos y guardias.

“Era muy importante que nuestros representantes vinieran aquí a hablar de política y delincuencia”, afirma Dahl, que cumple una condena de cinco años por complicidad en un contrabando de anfetaminas. “Se trata de nosotros, de lo que pasa en las cárceles y cómo volvemos a la sociedad de una manera beneficiosa para todos”.

NINGUNA CONTROVERSIA

El programa de TV no provocó ningún escándalo en Noruega. No hubo titulares que se sorprendieran porque los presos dieran su opinión en un debate público, ni tampoco ataques contra NRK, la TV estatal, por realizarlo dentro de una prisión.

“Hay una creciente tendencia a mantener las cárceles abiertas [al público] de modo que la gente pueda ver a los internos como seres humanos e identificarse con ellos”, explica Nils Christie, profesor de criminología de la Universidad de Oslo.

Eso no quiere decir que los asuntos penales no estén exentos de polémica en Noruega. El partido Progreso, el principal de la oposición, ha abogado durante años por sentencias más severas y prolongadas para los responsables de delitos violentos, una visión que ahora también comparte el Partido de los Laboristas, en el gobierno.

Pero Noruega es, en general, mucho menos represiva que EEUU. De hecho, el país tiene una de las tasas de encarcelación más bajas de Europa, con 66 presos por cada 100.000 habitantes. En EEUU se cuentan 738 reclusos por cada 100.000 habitantes.

“Cuando escuchas al ministro de Justicia, normalmente enfatiza la necesidad de reintegración en la sociedad más que la necesidad de castigo”, añade Christie. “En Noruega, hay más énfasis [que en otros países] en que las cárceles se vean como una parte normal de la sociedad”.