
La palabra de la mujer tiene menos valor que la del hombre; una mujer recibirá sólo la cuarta parte de una herencia, mientras que los hijos varones tendrán derecho al 50 por ciento y, por ende, la mujer no puede (o no podía) iniciar tramites legales de repudio/divorcio.
Adrián Mac Liman (Escritor, periodista y miembro del Grupo de Estudios Mediter)
Hace dos lustros, cuando la diplomacia española ultimaba los preparativos para la celebración de la Conferencia Euromediterránea de Barcelona, un dignatario magrebí advirtió a sus interlocutores comunitarios que la inclusión en el Acta final de un artículo sobre el respeto de los derechos humanos en la cuenca Sur, deseada por el equipo de Javier Solana, generaría un acalorado y estéril debate en el foro de la Ciudad Condal, precipitando el fracaso del ambicioso proyecto de cooperación económica entre las dos orillas del Mare Nostrum. «Para modernizar las estructuras sociopolíticas del mundo árabe, es preciso hacer hincapié en la emancipación de la mujer. Es ésta la mejor manera de acelerar los procesos de cambio», manifestó el veterano político. La Unión Europea (UE) no dudó en hacer suya la propuesta, que acabó convirtiéndose en uno de los objetivos prioritarios de la política euromediterránea.
La eficacia de los proyectos de integración social patrocinados por la UE generó una respuesta positiva en los países de la cuenca Sur. A finales de 2003, la Administración Bush decidió emular a los «burócratas» de Bruselas, incluyendo el tema de la emancipación de la mujer en la Iniciativa de Asociación en Oriente Medio (MEPI), también conocida como iniciativa para el Gran Oriente Medio.
Recordemos que entre las prioridades del actual inquilino de la Casa Blanca figuran: la democratización del mundo árabe-musulmán, la introducción de una normativa jurídica acorde con el espíritu de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la integración de la mujer en la vida política y la libertad de prensa. Un programa éste, que algunos regímenes autocráticos de la zona no parecen propensos a avalar. Sin embargo, la batalla para la modernización del mundo islámico ya no se libra sólo en los despachos oficiales y las aulas de las universidades del «primer mundo», sino también y ante todo en los incipientes núcleos de una sociedad civil musulmana ansiosa de cambiar la fisonomía de un modelo estático.
Para los reformistas árabes, la integración de la mujer en la sociedad es parte integrante del proceso de democratización, un ejercicio complejo y complicado que requiere esfuerzos coordinados en distintos sectores: político, jurídico, económico, etc. En la actualidad, sólo cuatro países árabes disponen de un sistema de cuotas que garantiza la presencia femenina en los órganos legislativos. Se trata de Argelia, Jordania, Marruecos y Túnez, a los que se sumará, tras las elecciones de enero de 2005, la Autoridad Provisional iraquí. En el otro extremo se hallan los Estados feudales, que no reconocen los derechos políticos de la mujer: Kuwait, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. En algunos países, como por ejemplo Omán, Yemen o Bahrein, las mujeres suelen ser designadas por los llamados poderes fácticos: el jefe de la Casa Real, Presidente…
Pero la ausencia de derechos políticos no constituye el único escollo para la integración social. En Arabia Saudí, el desarrollo profesional de la mujer está supeditado a la autorización expresa del cabeza de familia: padre, marido, hermano. Aunque en los últimos años la legislación del reino wahabita se ha ido «flexibilizando», la mujer todavía no tiene derecho a ejercer cargos públicos o, pura y simplemente, a… conducir su automóvil. Y ello, pese a la presencia cada vez mayor del llamado «sexo débil» en el sector privado, convertido en pocos años en feudo de dinámicas mujeres empresarias.
Huelga decir que ese estado de cosas no molesta en absoluto a los radicales islámicos, quienes recuerdan que a efectos de la ley coránica (Shari’a) la mujer es idéntica al hombre, aunque no… igual. De hecho, la palabra de la mujer tiene menos valor que la del hombre; una mujer recibirá sólo la cuarta parte de una herencia, mientras que los hijos varones tendrán derecho al 50 por ciento y, por ende, la mujer no puede (o no podía) iniciar tramites legales de repudio/divorcio. Los tiempos cambian, pero los legisladores se aferran a las anticuadas pautas de los guardianes primitivos del Islam. ¿Sólo los legisladores? No, reconozcámoslo, no son ellos los únicos responsables de la dramática situación de la mujer. La presión social aún es muy fuerte. Hace quince años, durante la primera Intifada palestina, una profesora de la Universidad cisjordana de Bir Zeit me confesaba sus temores: «Acabaremos como las argelinas. Después de la revolución, en la que desempeñaron un papel clave, los hombres las devolvieron a las tareas domésticas. Aparentemente, no hay cabida para la mujer en esta sociedad machista». Mi interlocutora no se equivocó; al término del levantamiento popular, las palestinas quedaron relegadas en el segundo plano. La edificación del proyecto nacional era… cosa de hombres.
Curiosamente, la igualdad de sexos no constituye una novedad en el mundo musulmán. Turquía fue el primer país islámico que otorgó a la mujer, ya en los años 30 del siglo pasado, derechos idénticos a los del hombre. La Constitución egipcia, aprobada en las mismas fechas, abría la vía a la integración profesional de las mujeres. Después de la Segunda Guerra Mundial, las jóvenes naciones del Mashrek promulgaron a su vez leyes no discriminatorias. Irak fue uno de los primeros Estados en reconocer el concepto de igualdad de derechos (1948), seguido por Siria (1949) y Líbano (1952). Aunque los emiratos del Golfo Pérsico se resisten a seguir por esta senda, sus gobernantes tratan de aprovechar el vacío legal para promover, a su manera, la integración. Pero los nombramientos discrecionales no satisfacen las crecientes exigencias de ciertos sectores de la sociedad árabe.
La actual lucha por la emancipación y la integración de la mujer en el mundo islámico recuerda extrañamente el combate de las feministas occidentales de comienzos del siglo XX. Sin embargo, este aspecto de la campaña para la democratización de Oriente Medio está estrechamente vinculado a las batallas que se libran en otros frentes. La democracia no depende, en efecto, del mero reconocimiento del concepto de igualdad de sexos. Los verdaderos parámetros del sistema se basan en la credibilidad de los partidos políticos, la eficacia de los Parlamentos nacionales, la independencia del sistema judicial. La situación de la mujer en el mundo árabe-islámico depende, pues, del éxito o el fracaso de los esfuerzos desplegados por los renovadores. Y también del mensaje que éstos nos envían: «¡Cuidado! La democracia no es un producto de exportación. Cada cual debe escoger su vía.» O, al menos, tener el derecho de escogerla.