
Berlín, (dpa) – El contraste no podía ser mayor: entre los circunspectos diputados del Parlamento alemán asumió su bancada en 1983 una nueva agrupación de jóvenes barbudos con largos pulóveres y chicas que tejían durante las sesiones.
Eran Los Verdes, un variopinto grupo de ambientalistas, feministas, detractores de la alianza militar OTAN, comunistas, activistas contra la energía nuclear, ‘okupas’ y cristianos pacifistas empeñados en superar sus diferencias para plantar cara al «establishment» y formar un partido «anti-partido».
El 13 de enero de 1980, tras interminables debates, un millar de delegados acordó en la ciudad de Karlsruhe la fundación de la «Federación Nacional de Iniciativas Cívicas para la Protección Ambiental».
Nacía así un partido que cambiaría la política alemana y al mismo tiempo se iría transformando para convertirse en una formación de peso en el espectro político germano. Trasladaron al Parlamento la lucha callejera de las asociaciones civiles contra las centrales atómicas y a favor de la protección del medio ambiente, por la paz y por el Tercer Mundo.
Las sesiones del grupo parlamentario eran públicas y sus debates internos y sus intervenciones en el hemiciclo eran legendarias, sin faltar los tradicionales girasoles, símbolo de la agrupación.
Fueron ganando terreno para ocupar escaños en municipios, regiones y finalmente gobernar a nivel nacional durante siete años de la mano de los socialdemócratas, de 1998 a 2005.
«Naturalmente, nuestro partido se ha transformado con el correr de los años, pero no se ha adaptado, sino que ha evolucionado», sostiene una de sus presidentas, Claudia Roth.
Poco a poco, los Verdes despojaron al Partido Liberal de su calidad de «bisagra» para formar coaliciones de gobierno.
Al mismo tiempo, los grandes partidos como la Unión Democristiana (CDU) y el Partido Socialdemócrata (SPD) fueron incluyendo en sus plataformas la protección ambiental para no perder votos a manos de los Verdes, lo que, a su vez, puede ser considerado un éxito indirecto de los ecopacifistas.
Pero también la política alemana cambió a Los Verdes. Los más pragmáticos, seguidores de la «Realpolitik», se impusieron por sobre los más ortodoxos, los «fundamentalistas», con el vicecanciller y ministro de Exteriores Joschka Fischer como máximo representante de los «realos».
Fischer fue quien llevó el partido al poder en 1998 y quien tomó la decisión que, en opinión de los analistas, marcó la transformación fundamental.
En 1999, Fischer convenció al partido pacifista de la necesidad de enviar nuevamente a soldados alemanes a la guerra y justificó la intervención sin mandato de las Naciones Unidas de las fuerzas de la OTAN contra Serbia por el conflicto de Kosovo.
«A más tardar desde aquellos días, Los Verdes son un partido como cualquier otro», afirma la periodista Franziska Augstein en el diario «Süddeutsche Zeitung».
Hoy en día, el partido está abierto a todo tipo de alianzas políticas. Ha dejado de gobernar en Berlín, pero forma coalición regional con los democristianos en Hamburgo y con democristianos y liberales en el Sarre.
En las últimas elecciones generales obtuvo un 10,7 por ciento de los votos, un récord que le ha permitido establecerse como quinta fuerza en el país.