
La Ciencia, y no Walt Disney, ha constatado que el cerebro de los elefantes supera al humano cuatro veces en tamaño y que posee una prodigiosa capacidad para almacenar información. Se sabe que aprenden y ejecutan tareas de forma precisa sin olvidarlas.
También, que reconocen los restos de los cadáveres de sus congéneres, siendo dramáticas sus reacciones ante ellos y que por muy lejos que se encuentren, acuden a visitarlos esporádicamente mostrando cada vez que lo hacen un comportamiento que se puede interpretar como memoria del muerto y dolor por su ausencia.
Podríamos estar hablando de algún animal cuyas reacciones, comparadas con las del ser humano, no tuviesen semejantes analogías y aún así daría lo mismo, porque el respeto que todos ellos merecen no puede ser establecerse según la similitud con nuestra especie, sin embargo y entrando por un instante en el cruel juego del especismo, en esta ocasión encima nos referimos a una criatura que comparte con el
hombre ciertas aptitudes, sentimientos y conductas fundamentales.
Ahora conozcan a Susi, una elefanta cautiva en el Zoo de Barcelona desde 2002, al
que llegó tras pasar años de soledad absoluta en un Parque de Alicante. Estos seres
tienen una necesidad vital de estar rodeados de los suyos y por eso su relación con
Alicia, otra elefanta allí encerrada, se convirtió en una dependencia mutua que
parecía mitigar un poco el triste destino de ambas en un entorno tan distinto del
que su naturaleza demandaba. Pero vivir en un zoo implica para los animales, entre
otras aberraciones en su comportamiento debidas al aburrimiento, al estrés, al
miedo, a no poder relacionarse y a la falta de espacio, que se traguen todo tipo de
objetos a su alcance, incluidos los juguetes que en ocasiones los niños les tiran.
Y así ocurrió, que en 2008 decidieron matar a Alicia por un agravamiento en sus
continuos problemas estomacales. No se molestaron los encargados del zoo ni en
realizar tan triste operación sin público, y ésta comenzó con el lanzamiento de
dardos calmantes delante de los alumnos de un colegio que estaban visitando las
instalaciones. Por supuesto también de Susi, que vio morir a su compañera y en el
colmo de la ignorancia malsana del personal responsable, fue testigo de cómo
seccionaron su cuerpo con una motosierra, dejándole que pasara toda una noche junto
a esos restos sangrientos, pues no los retiraron hasta el día siguiente. Recordemos
el sufrimiento que a los elefantes les causa la muerte de los miembros de su especie
y sobre todo, si son de su manada.
Susi se quedó sola y enferma y fue empeorando hasta tal punto, que a día de hoy no
permiten que sea contemplada por los ciudadanos, ya que su aspecto es terrorífico:
las costillas se le pueden contar, presenta heridas en las orejas y los huesos de su
cráneo aparecen fuertemente marcados. También sufre desmayos. Susi se está muriendo
y no es éste un hecho reciente ni que pueda sorprender a nadie, pues ya hace mucho
que el Colectivo LIBERA denunció lo espantoso de su estado y pidió que fuera
trasladada a una reserva, pero en aquel entonces, los mismos responsables del Zoo
que hoy la esconden del público, afirmaron que se encontraba en perfectas
condiciones. Y eso tuvieron la desfachatez de asegurarlo cuando ya era patente su
deterioro físico, pues además de padecer afecciones digestivas, de comerse hasta las
chucherías y los envoltorios que le arrojaban e incluso de ingerir sus heces,
realizaba continuamente movimientos repetitivos de modo
compulsivo.
En aquel momento mintieron de forma consciente y hoy, siguen sin querer ofrecerle
la oportunidad no ya de recuperarse, que dada su degradación acaso no sea posible,
pero sí de que al menos pase sus últimas horas con otros elefantes en el Safari
Sigean de Francia, donde están dispuestos a recibirla y a prestarle los cuidados que
requiere. Sin embargo, por alguna extraña y perversa razón, el Zoo de Barcelona
prefiere alimentar su agonía esperando a que muera sin haber cumplido todavía los 40
años, cuando el promedio de vida para estos seres en libertad está entre los 60 y
los 70.
La crueldad tan profunda y prolongada que están mostrando con la desdichada Susi,
una elefanta destrozada física y psíquicamente por culpa de su encierro en el zoo y
de las condiciones a las que en él se ha visto expuesta, es como para que todos nos
unamos expresando nuestra repulsa tanto al Director de las instalaciones como al
Ayuntamiento de Barcelona, y apoyando la campaña que desde hace tiempo llevan a cabo
LIBERA, FAADA y BORN FREE FOUNDATION, exigirles que muestren un mínimo de dignidad,
de sensibilidad y de cordura, ya que hasta ahora sólo han sido pródigos en necedad,
egoísmo y encarnizamiento, no permitiendo que lo que a este infortunado animal le
quede de vida, transcurra disfrutando de la libertad, de las atenciones y de la
compañía de otros elefantes, derechos que le han sido negados durante tantos años en
nombre de los beneficios económicos de algunos humanos, los mismos a los les gusta
vender su supuesta faceta de ecologistas
y conservacionistas. Valores, éstos, difíciles de hallar cuando la realidad nos
encoge las entrañas sabiendo de un animal enfermo y condenado a cadena perpetua.
Pero eso sí, bien oculto en un intento de que ignorancia, indiferencia y olvido se
den la mano, para que nadie perturbe la tranquilidad de conciencia de estos
mercaderes hasta que descuarticen a Susi, como ya hicieron con Alicia.
Quién sabe, tal vez con lo que encuentren en su estómago, entre banderines, juguetes
y golosinas, que de todo eso ha comido en el Zoo de Barcelona, puedan abrir un
kiosco y venderles tales productos a los niños que allí acuden para ver cómo son los
“animales salvajes”. Alguien debería explicarles que ese lugar alberga prisioneros,
algunos moribundos, que en nada recuerdan a sus compañeros en libertad. ¿Es
Guantánamo un centro con funciones pedagógicas y lúdicas a propósito para conocer
las pautas de comportamiento y emociones del ser humano?
Julio Ortega Fraile
www.findelmaltratoanimal.blogspot.com