
INSURGENTE
(Un artículo de Mikel Arizaleta).-
Lo cuenta Hans Rudolf Berndorff en su libro “Stunde Null”. El hecho es real, sucedió en uno de los muchos juicios de guerra de los aliados contra presuntos miembros nazis al final de la Segunda Guerra Mundial. En el banquillo de acusados Oskar Schmitz, nacido en Colonia. Un trabajador ocasional, que varias veces para subsistir tuvo que robar en la década de los mil novecientos treinta y que terminó preso y represaliado en diversos campos de concentración tildado y calificado, como otros, de asocial. Los primeros campos de concentración, erigidos en Alemania fueron instaurados en 1933, destinados preferentemente a los enemigos políticos, sobre todo comunistas o a las personas calificadas como indeseables por no poder pagar la vivienda o viajar en metro sin billete, los tildados de “asociales”.
A Oskar Schmitz se le lleva ante el tribunal de guerra acusado de ser vigilante de las SS (Schutz-Staffel, escuadra de protección, fundada en 1929 como guardia negra de corps de Hitler). Son varios los testigos que dicen y sostienen con todo lujo de detalles haberle visto en los campos de concentración de Bergen-Belsen, sito en la Baja Sajonia, y en Auschwitz, no lejos de Cracovia, unas veces con látigo en mano azotando a hombres hambrientos y harapientos, que se arrastraban medio muertos por el campo, otros afirman haberle visto disparar su fusil contra los penados camino de la cámara de gas. Sus acusadores constituyen un puñado amplio de gentes, que han sufrido los rigores y avatares del campo de concentración, y a los que les gustaría con agrado verle colgado. El juicio lo preside un general inglés y el traductor es un hombre de Galatz, en la desembocadura del Danubio, de toque agitanado y que se desenvuelve perfectamente en polaco, inglés y alemán, amén de en las lenguas balcánicas. Un traductor honesto, que entiende del oficio.
Oskar Schmitz narra otra historia cuando le preguntan por su pasado. Jamás perteneció a las SS ni estuvo nunca en Auschwitz. Fue detenido por la policía en 1939 en Hamburgo por pequeños hurtos, y purgó como asocial en varios campos de concentración. Se encontraba en el de Bergen-Belsen cuando fueron liberados por las tropas inglesas y encerrados sus vigilantes de las SS en una barraca. No hubo lugar para la venganza porque se interpuso el ejército británico, y los hasta ahora presos descargaron su ira contra el alemán renano Oskar: puntapiés, golpes en las costillas, tirones de pelo… Le arrojaron al suelo, le pisotearon, le desvistieron haciendo jirones sus ropas deterioradas y ajadas. Sólo la intervención de un alto y fornido sargento inglés logró librarle de una muerte segura por linchamiento.
Las acusaciones de testigos resultaban tan clarividentes, concisas y detalladas, que el tribunal estaba abocado a imponerle un duro castigo a pesar de los esfuerzos baldíos del acusado por demostrar su inocencia. El periodista Hans Rudolf Bernsdorff, que estaba en la sala, creyó la versión de su paisano y cogió su pluma. Escribió el relato en periódicos y solicitó ayuda y testigos. Y se presentó en la sala aquel sargento inglés, que antes le salvó de la ira de los presos liberados cuando la causa estaba ya casi lista para sentencia. Y testificó que le arrancó de un linchamiento y totalmente desnudo le condujo a la barraca de los guardianes de las SS, ahora presos, rogándoles le vistieran. Y le vistieron con lo que tenían: con sus ropas, que eran uniformes de las SS. Oskar no era de las SS ni nunca lo fue, tan sólo uno de los muchos represaliados liberados del campo. El testimonio de este sargento y la crónica de Rudolf Berndorff liberaron a Oskar Schmitz de una muerte segura, dictada por un tribunal de guerra basándose en testigos, que afirmaban estar seguros de lo que nunca vieron.
Fue uno de los tantos testimonios falsos de la historia, motivados por la venganza y la indecencia.
Henning Mankell cuenta en su novela “Mörder ohne Gesicht” que el comisario sueco Kurt Wallander teme que desde arriba se quiera cargar las tintas del asesinato del extranjero de Malawi sobre las espaldas de Valfried Ström y no se impute o, cuando menos, se rebaje la participación del otrora policía Rune Bergman, que, como se sabe, fue quien realmente disparó matándole. Es conocido su arrope gremial. Entre nosotros, una vez más, lo demostró Luis Beroiz. En su libro “Entre ceja y ceja”’ explicó el dilema en el que se vio envuelto tras la detención de su hijo Andoni, el paso por comisaría, la prisión, los intentos de imputarle un sabotaje en Galdakao una noche en que la propia Ertzaintza sabía que estaba en Zuia, el amago de linchamiento tras el 11-M, el accidente brutal sufrido por Andoni en un traslado a la Audiencia, absuelto ya en siete procesos judiciales en los que el fiscal pedía 91 años de cárcel contra él. Hasta el ararteko Iñigo Lamarka sostuvo en su informe anual que Andoni Beroiz permaneció injustamente encarcelado cerca de dos años acusado de un delito del que posteriormente fue absuelto. Y esto no es caso raro entre nosotros. Sólo que, a veces y para no quedar tan mal, se amaña y adecenta un tanto el caso imponiendo una pena equivalente a los años penados.
La sentencia absolutoria sobre los imputados del diario Euskalduna muestra que no sólo en los juicios de guerra de los aliados, tras la Segunda Guerra Mundial, se escondían acusaciones de venganza y mentira, llegando a poner en tela de juicio la veracidad de los hechos y la justeza de las sentencias, también en nuestros días los cuerpos policiales y jueces siguen siendo aparatos de guerra, vulneradores no individuales sino estructurales de derechos humanos. Los procesos de la Audiencia Nacional, que desde años, se suceden contra miembros abertzales de Euskal Herria, las multas económica que se viene imponiendo sobre ellos, los años de cárcel, de alejamiento y dispersión con los que se les castiga tiene más que ver con la guerra que con el raciocinio, la humanidad y la justicia. Los policías son peritos y se fabrican pruebas a voluntad del instructor. Asistimos antes como ahora a procesos a la carta. Antes como ahora se dicta venganza con formato de auto contra un pueblo, que reclama sus derechos. En nuestros pueblos abundan personas, que ha pasado por los campos de concentración del gobierno español, por sus penales, personas masacradas económicamente, familias con hijos, esposas, padres novias, nietos y amigas a cientos de kilómetros, personas que han estado injustamente años en cárceles, que han sido bestialmente torturadas con el silencio cómplice de las instituciones, con su apoyo criminal.
Todavía en el estado español los tribunales están plagados de franquistas, muchos de los funcionarios de las cárceles son de extrema derecha, de falange, legionarios de Cristo rey. Hoy miembros de la policía y guardiacivil, funcionarios estatales, siguen pintarrajeando nuestros pueblos y ciudades con su lema: “puta Euskal Herria”. Tras miles de torturados en la historia reciente de nuestra tierra, con testimonios brutales de tortura, violación y maltrato, todavía el PP y el PSOE, con Ares a la cabeza, solicitan en el Parlamento vasco que se querelle ante el juez contra el detenido, que tras cinco días incomunicado en comisaría todavía osa denunciar torturas. Todo un ejemplo de libro, pero de indignidad y miseria.
Querida Eider, aunque es primavera vivimos en un país de guerra con instituciones criminales.
Decía el ya fallecido Luis Beroiz: «Cuando llegas a la evidencia de la tortura, hay varias opciones: callarte como un muerto, rezar, rumiar tú solo lo que te sucede, pedir perdón… o también ahuyentar fantasmas y lanzarse a espolvorearlo y difundirlo. La elección es fácil», concluía.