
El siguiente texto proviene del libro del escritor libertario exiliado Felipe Aláiz (1887-1959) Hacía una federación de autonomías ibéricas
-publicado en forma de folletos entre 1945 y 1948-. El texto hay que leerlo en su contexto -posterior a la derrota nazi, en la que participaron activamente muchos combatientes antifascistas españoles exiliados- y hay que leerlo, pues dice cosas de interés para el presente. Ha sido tomado de la edición de 1993 por Madre Tierra y la Asociación Cultural ‘Anselmo Lorenzo’, de Alicante; corresponde a uno de los últimos folletos de la serie original -«Por una Iberia vertebrada»-, y el título que se le da en esta entrada es mío (Crates)
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Lo que primero salta a la vista es que nos hemos opuesto a un régimen y a otro, que nos hemos alzado contra todos los sistemas de gobernar y que, a pesar de ello, estamos más gobernados que nunca. No hemos tenido éxito. ¿Por qué?
Decir “estamos desunidos” para justificar las derrotas es una cosa infantil. Desunidos están los contrarios, y no han perdido la partida. Decir que los contrarios tienen la fuerza es una perogrullada, puesto que el problema de base consiste en saber, no en qué manos está la fuerza, sino por qué, cómo y desde cuándo está la fuerza en tales manos y si es fuerza propia o ajena. Decir que la derrota no es definitiva, sino eventual, que lo pasado es el episodio de una pelea secular y que de todas maneras la victoria futura es nuestra, significa endosar a los siglos venideros lo que debemos hacer nosotros mismos; significa sustraernos a la lucha directa, personal y eficaz; significa la contradicción, francamente grave, de apetecer un régimen colectivo para la economía y para todos los aspectos de la vida de relación y formular, en cambio, la evasiva de que sólo la acción ha de ser obra del individuo o del pequeño grupo; significa agarrarse a la rutina del menor esfuerzo, esperar acontecimientos favorables de la arbitrariedad ajena y suponer –como norma revolucionaria precisamente- que el deber de la acción es lo que se espera que hagan los demás.
Todos estos sofismas, ya patentizados por Malatesta, han tenido y tienen curso corriente en las inhibiciones colectivas de fondo, en los hechos palpables y comprobables. En realidad pesan tales sofismas en nuestro mundo decadente mucho más que la fuerza, mucho más que el despotismo del capital y con más estragos que el estruendo de las armas. Moldean una mentalidad predispuesta a la magia y a la planificación, castran el brío, desentonan el ánimo, favorecen el charlatanismo redentorista, propagan la confusión, entretienen las miserables disputas personalistas, minimizan todos los problemas hasta meterlos en un tintero, prescinden de los valores básicos para dar base a cualquier minucia, resumen una cuestión que conviene examinar con lucidez mental a las inmediatas y fáciles consignas sentimentales, adoptadas a la ligera para rivalizar con núcleos bullangueros y estridentes cuya finalidad es en absoluto opuesta a la nuestra.
Estamos invertebrados. Los Estados lo están igualmente pero tienen la fuerza. Por consiguiente –dicen los sofistas- nos conviene, más que nada, tener la fuerza. Argumento militarista, muy propio de los que aspiran al Estado y a la imposición, inaceptable en labios de un libertario y en manos de un sindicado que ha votado miles de veces una huelga sin tener armas. ¿No habíamos quedado en que la producción es el sostén del mundo? ¿No sabíamos y sabemos que ningún Estado con cien mil cañones y tres millones de metralletas es capaz de producir un kilo de trigo? ¿No estamos convencidos de que una huelga de transporte desorganiza por completo la vida del sistema capitalista, paraliza todas las ramas de la producción con el tránsito suprimido, sin necesidad de tener un mal pistolón? ¿No estamos ya prácticamente documentados respecto a la inutilidad funcional del esquirolaje?
La huelga del cuartel, la huelga del impuesto, la huelga del tributo rural en especie o en metálico y la huelga electoral podrían producir la caída total del régimen. Un cuerpo de ejército puede ocupar los talleres. Lo que no puede hacer es ponerlos en marcha ni obligar a que el productor los ponga en contra de la voluntad del propio productor. Y esto es definitivo. Todas las teorías, todos los sofismas caen ante la acción solidaria de los brazos laboriosos. Contra esta solidaridad, los fusiles no pueden nada. El que cree lo contrario tiene una mentalidad militar y no una mentalidad de civilizado. El que crea lo contrario, aspira a llevar galones. Nunca los obreros, como tales, pudieron luchar en guerra abierta con armas contra el Estado. El integralismo pacifista consiste en que no haya soldados. Si los hay, estos son los traidores. La rebeldía vertebrada consiste destruir hasta la raíz el cuartel en la mente de los habituales, en negar la contribución de sangre como preconizaba Salvochea. Oponer una fuerza débil en armas contra el cuartel cuajado de armas y de incondicionales equivale a perder, a sacrificar vidas sin provecho y multiplicar las hecatombes.
La propaganda social no vertebró, no articuló la rebeldía. Más bien podríamos decir que la militarizó precisamente cuando todos los Estados multiplicaban hasta el infinito la técnica de matar en volumen y en eficacia destructiva. Los militares de profesión pasan el tiempo de paz hablando de guerra, y cuando llega la guerra se sirven de los paisanos para hacerla. Juego de ladinos que los paisanos pueden inutilizar negando la contribución de sangre.
Como dice Victoria Zeda en ‘Cultura proletaria’ de Nueva York (13 de noviembre de 1948): “No busquéis la paz en los Congresos, Juntas, Comisiones y cuantas zarandajas imaginan los escamoteadores de esta paz mentida, porque mediante la guerra se realizan los negocios y las cuchipandas monstruosas de hipocresía y venalidad, soportables sólo por una ignorancia servil. La paz vendrá, y es de Perogrullo comprenderlo, cuando no se hagan más instrumentos de matanza. Quien los construye eres tú, productor, proletario, esclavo de la fábrica y del taller. En tus manos está la paz, y basta de lamentos”.
¿Se quiere que los Estados y los empresarios de guerra, se quiere que armamentistas y gobernantes dejen de ser lo que son? Todos ellos van a lo suyo. Los capitalistas no cuentan más que con el provecho que les da la servidumbre voluntaria de los productores; y resulta contraproducente halagar a estos en vez de ponerlos claramente en presencia de su responsabilidad, de la misma manera que resulta grotesco el pacifismo de los que hacen la guerra y sólo se declaran pacifistas cuando la pierden (caso de ¡Abajo las armas!). Combatir la guerra diciendo que produce millones de víctimas es un contrasentido. ¿Quién las produce más que el combatiente? Si éste se alista para matar, nada tiene de extraño que muera. El matón no puede esperar otra cosa. La literatura sollozante que brota de la guerra es un oprobio.
¿Por qué estamos más gobernados que nunca?
Inspiradas palabras. A ver si nos aplicamos el cuento…