
MEMORIA HISTÓRICA | DESDE EL ASESINATO DEL ARCHIDUQUE FRANCISCO FERNANDO HASTA LOS BOMBARDEOS DE LA OTAN
La capital de Bosnia, destrozada tras cuatro años de guerra a mediados de los ‘90, vive entre su pasado de ciudad clave en el siglo XX y difíciles perspectivas para el futuro.
Daniele Grasso / Madrid
A mediados de junio, en Sarajevo, aún quedan cerezos en flor, y su blancura se mezcla con la extensión de tumbas islámicas que atraviesan la ciudad. Por haber nacido en Belgrado y por vivir en una época en la que todavía no había tantos cementerios, Gavrilo Prinzip de la blancura de Sarajevo conoció sólo los cerezos. Sin embargo, en junio de 1914, Prinzip no tenía ojos para estas frivolidades. Junto con sus compañeros del grupo de reivindicación pansalvista Crna Ruka (Mano Negra), Prinzip estaba en Sarajevo con una misión muy clara: dar inicio a la historia del siglo XX y a la I Guerra Mundial. El proyectil que disparó al archiduque de Austria, Francisco Fernando, aún se conserva en el Museo de Historia de Viena.

Casi 100 años después, la historia del siglo XX volvió a cerrarse en la capital Bosnia, tras una guerra que, como comenta a este periódico Francisco Javier Juez Gálvez, profesor del departamento de eslavística de la Universidad Complutense de Madrid, “ha significado para la civilización occidental –la más mediática, la más cruel– el principio de un nuevo orden mundial”. En el puente Latino, donde Prinzip disparó al archiduque (tenía que hacerlo en otro lugar de la ciudad, pero un concatenación de casualidades decidieron que fuese en la orilla del río Mijacka) hoy se halla una lápida que recuerda el acontecimiento.
Sin embargo, no representa una singularidad de la capital bosnia: en Sarajevo sobran las lápidas. En la Starij Grad, el casco viejo de la ciudad, a la altura del famoso puente, se hallan decenas de placas de oro con los nombres de los que murieron en aquel lugar. Todos menos nobles que el de Francisco Fernando. Nombres de personas anónimas que cayeron bajo los golpes de los morteros serbios en uno de los asedios más largos de la historia moderna: cuatro años, desde el 5 de abril de 1992 hasta el 29 de febrero de 1996. En 1995, los bombardeos de la OTAN sobre las fuerzas militares de Slobodan Milosevic, el líder serbio entonces conocido por haber guiado las manifestaciones de 1989 en Kosovo, intervinieron para rellenar las últimas tumbas que se habían quedado vacías. Así, también se pintaron de blanco los montes que rodean la ciudad. Desde el centro se ven los cementerios que se construyeron rápidamente en 1996, a los pies del Trebevic.
En este monte se instalaron los circuitos de bobsleigh y de luge en ocasión de los Juegos Olímpicos invernales de 1984. Entre las curvas de las pistas olímpicas, hoy los grafiteros se reúnen para pintar sus obras. “A lo largo del asedio, en las afueras de la ciudad se mezclaban serbios y bosnios, y no se entendía quién tenía que disparar a quién”, recuerda el dueño de un céntrico bar. Las heridas cicatrizadas No hay que sorprenderse si todavía al entrar a Sarajevo, desde la autovía que conecta con Belgrado, se siguen viendo los agujeros de proyectiles en las paredes de los edificios. Pero en muchos casos sus ciudadanos han convertido la necesidad en una virtud, rellenando de pintura rosa los agujeros dejados en el suelo por los morteros. Por la forma que han tomado estas heridas cicatrizadas, se les llama “las rosas de Sarajevo”.
Este escenario no se limita a las afueras. Eso sí, los cambios provocados por la reconstrucción hacen que las sensaciones hayan cambiado. Darse un paseo ahora por la llamada “avenida de los francotiradores”(oficialmente bulevar Mese Selimovica) y mirar hacia arriba ya no produce la misma escalofriante sensación que provocaba el escuchar “Pazi!, snjper” (¡Atención!, francotirador) y tener que huir de las balas de los francotiradores serbios, escondidos en los altos edificios de la ciudad.
La otra historia de Sarajevo
Lo que fácilmente se ha olvidado de Sarajevo es su interculturalidad, sobre todo en el ámbito religioso. No es casualidad que tenga el apodo de “la Jerusalén de Europa”. Muchos de sus habitantes coinciden en que lo más absurdo de aquella guerra fue que, de un día a otro, “nos dijeron que nuestros vecinos eran nuestros enemigos, que había que combatirlos”. A pesar de estar marcada por los conflictos étnicos y religiosos, y por la incapacidad de la comunidad internacional de intervenir de manera eficaz (como muestra la masacre de Srebrenica que le costó la vida a unas 8.000 personas), Sarajevo, más que cualquier otra ciudad de la ex Yugoslavia, ha representado un punto de encuentro entre Oriente y Occidente. De alguna manera, siempre ha encarnado aquel espíritu de encuentro entre civilizaciones que el puente viejo de Mostar representa físicamente.
“En Europa, el Oriente ya no existe, se le ha bombardeado en Sarajevo”, escribe el escritor y periodista italiano Paolo Rumiz en su libro É Oriente. Es más, se le ha convertido en un “Este que es una maraña excluyente, mientras que –sigue Rumiz– el Oriente era un portal que se abría hacia nuevos mundos”.
LA GUERRA EN BOSNIA
Tras la desintegración de la Republica Democrática Federal de Yugoslavia, independiente desde 1945, en 1992 estalló una guerra que ha dejado sus consecuencias más evidentes hasta la independencia de Kosovo (2008).
Los líderes nacionalistas Slobodan Milósevic y Radovan Karazdic (juzgado en las últimas semanas en el Tribunal Penal Internacional) aprovecharon el final de la Guerra Fría para impulsar la creación de una nación serbia en el interior de Yugoslavia.
Este hecho, junto al enfrentamiento con Bosnia-Herzegovina y los conflictos étnicos-religiosos provocaron una guerra que duró hasta 1996. Según los últimos datos, en Bosnia murieron 97.200 personas, el 83% de los cuales eran civiles.