
Yolanda Plaza Ruiz
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Cuidado con el psiquiatra
Quizá este relato se le antoje como mera fantasía, estimado lector, pero le aseguro que es tan real como el que usted se encuentra leyendo este texto. A medida que vaya analizando los hechos piense que lo que le ha ocurrido a Mara, también le puede ocurrir a usted…
Mi nombre es Mara, un bello nombre de origen hebreo cuyo significado es “amargura”. Tal vez podría haberme llamado María de las Angustias o Dolores, que para el caso es lo mismo. Mi nombre es casi profético ya que comparto con millones de españoles la situación de desempleo y pobreza absoluta. Desde hace varios años, —por motivos que no le voy a explicar por dramáticos y lacrimógenos—, me hallo sin trabajo, sin coche, sin casa, sin nada,…en definitiva, soy pobre de solemnidad. La angustiosa situación me ha llevado a la desesperación con lo que me he visto obligada a buscar ayuda de un psiquiatra. En la primera visita al citado especialista me encontré con un individuo extraño, frío e impasible, cuyos exagerados gestos faciales al escuchar mis respuestas a sus consabidas preguntas, me hacían dudar sobre su supuesta cordura o equilibrio mental. Para no salir de mi asombro, éste señor no entendía como una persona en mi situación se podía encontrar tan angustiada. Yo me preguntaba: ¿Un pobre tiene que sentirse contento al no encontrar trabajo que le permita sobrevivir? La actitud incomprensible del citado especialista despejaban cualquier duda sobre su supuesta cordura.
En la última visita le expliqué mi impotencia al escuchar la respuesta negativa de una asistente social, con la que había mantenido una entrevista previa a mi consulta, sobre las posibles ayudas del Estado a un ciudadano que, como yo, hubiese terminado de recibir la prestación por desempleo y continuaba sin trabajo. Le expresé mi incomprensión al ver cómo el Estado puede dejar a un ciudadano en total desamparo, pero su respuesta fue tajante: —“si las leyes están así, no puede tener ninguna ayuda”—, contestó con su acostumbrada frialdad. No sólo tuve que soportar éste golpe emocional sino que argumentó: “sería aun milagro que usted encontrase trabajo”. Su falta de empatía me indignó hasta tal grado que, —pensando que sería la última vez que viese su enigmático rostro—, decidí responderle con ironía, pero con total tranquilidad, que entendía a las personas que, en su desesperación, decidían matar a los causantes de sus desgracias antes de quitarse ellos mismos la vida. A lo que él, sin entender mi sorna, espetó: —“en ese caso, mi deber es llamar a un juez para que la ingresen en el hospital; así como poner en conocimiento de un familiar sobre son macabras intenciones”—. Si el Estado permite que muera lentamente de hambre y de enfermedad —le contesté—, mi decisión es clara: no volveré a su consulta y dejaré de tomar la medicación, yo decido cuándo he de morir; y antes de despedirme de él dándole la mano, le aclaré: —esté tranquilo, aquí no voy a arremeter contra nadie—.
Me fui de su consulta pensando que nunca suelo olvidar una cara pero, con este individuo haría una excepción. Continué la mañana tranquila con mis quehaceres cotidianos, pero a media tarde llamaron a la puerta del piso donde me permiten vivir provisionalmente. Cuando abrí me encontré con el familiar al que había llamado el psiquiatra y, con cara de ciscunstancias, comentó: —“han venido los miembros del SAMUR con la policía para llevarte al hospital”—. De repente cinco tiarrones se meten en mi casa obligándome a acompañarles, sin querer o queriendo. Mis explicaciones sobre la ironía mantenida con el psiquiatra no surtieron efecto, con lo que espetaron: —“vístase o la llevaremos como está a la fuerza”—. Entonces comprendí que la situación no era para tomársela a broma y decidí cambiarme para acompañarles. Pero al entrar en la habitación, uno de los miembros del SAMUR vino detrás de mí. —Cuidado—, le dije, —usted no va a entrar conmigo a vestirme—. A lo que él comentó: —“señora, tengo la obligación de no dejarla sola”—. La situación se solucionó cuando permitieron que otra de mis familiares (que había acudido tras haber sido avisada del “terrible” peligro que corría yo y la sociedad entera), me acompañó para vestirme. Salimos de la casa en dirección al hospital, no sin antes comentarles: ¡Ay que ver, qué valientes, han venido cinco hombretones contra una mujer!.
Al llegar al hospital fui atendida por dos psiquiatras con los que mantuve una tranquila charla explicándoles lo ocurrido. No tardaron en comprender que todo se debió a un mal entendido y a la falta de percepción de mi especialista. Pero la pesadilla no terminó ahí. Aunque yo me encontraba en perfectas condiciones físicas y psíquicas, no podía marcharme del hospital (o quedar en libertad) sin la autorización de mis familiares. Éstos, a su vez, con cara de hermanitas de la caridad y pensando siempre en mi “bienestar”, tomaron la decisión de que me quedase esa noche en el hospital en contra de mi voluntad. En éste punto tengo que señalar que mis parientes saben perfectamente que soy una persona tan normal como lo pueden ser ellos.
Me asignaron una cama en la Sala de Observaciones donde se encontraban una veintena de pacientes, en su mayoría ancianos. Los quejidos de uno y de otra eran estremecedores. Era la situación “ideal” para una persona que, según mi especialista, se encontraba al borde del suicidio y tal vez, del homicidio. Como no podía ser de otra manera, la anciana enferma que se encontraba a mi lado no paraba de gemir. Sí, ella, mi compañera de fatigas, era la que más se quejaba de toda la sala. Pero no estaba sola en su plañir, enfrente de nosotras se encontraba una diminuta abuelita que, formando parte de un dueto improvisado, exhalaba lamentos en chino (porque ella era china), al tiempo que gesticulaba inútilmente. Su compañera de la cama contigua, cansada de la verborrea china, exclamó: —“No se la entiende y para colmo ¡habla tan deprisa!”—.
La noche fue interminable hasta que, por fin, a las diez de la mañana del día siguiente apareció un nuevo psiquiatra para charlar conmigo. Al terminar la conversación, me dio el alta y por fin volví a ser libre. De repente, ya no era ese ser peligroso para la sociedad, podía salir a la calle siendo una persona respetable, decente y sin tacha. Pero reflexioné: si yo hubiese sido la peligrosa homicida que aseguraba mi doctor, los ancianos que se encontraban conmigo en la Sala de Observaciones corrían peligro; y si era tan seguro que yo quisiera suicidarme, después de una experiencia tan negativa y dolorosa, habría terminado mis días tirándome a la vía del tren. Pero ni lo uno ni lo otro eran verdad, todo había sido fruto de la ineptitud de un individuo que, sin la más mínima consideración hacia su paciente, había pergeñado una situación injusta y abusiva.
En este caso Mara ha sido la víctima, pero tenga cuidado y recuerde: si en alguna ocasión acude a un psiquiatra y su cara, sus muecas, su falta de empatía reflejan algún desequilibrio mental, tenga cuidado con él. Y por supuesto, no se le ocurra decir como Teresa de Ávila: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. Y aun menos parafrasear algunos versos del poema de Jorge Riechmann “Esterilidad” de su libro Con los ojos abiertos: “se me ha puesto cara de criminal / luego cara de imbécil / y por fin cara de imbécil criminal”
Nota:
El nombre de la víctima es imaginario pero los hechos aquí expuestos son totalmente reales.
Yolanda Plaza Ruiz
http://noestamalserhumildeporlasdudas.blogspot.com/2010/07/soliloquio.html