
¿Es la ONU un buen aliado en la lucha por los derechos de las mujeres? Lo que sigue son extractos de un artículo sobre el tema publicado en el reciente número 109 de la revista “Papeles de relaciones ecosociales y de cambio global”, editada bajo la sigla CIP. La autora, Carmen Magallón, que lleva muchos años publicando reflexiones e informes sobre feminismo y lucha por la paz, es directora de la Fundación SIP (Fundación Seminario de Investigación para la Paz) y mantiene el enfoque de ‘pacifismo institucional’ de Casco Azul que ya caracterizaba la anterior etapa de “Papeles”. El artículo se transcribe porque aporta datos para el debate, no porque se coincida en la valoración positiva de algunos indicadores que realiza la autora (Crates).
Decidir en los procesos de paz, un derecho de hombres y mujeres : ¿qué ha aportado la resolución 1325 del Consejo de Seguridad? / Carmen Magallón.
Las mujeres se implican en la construcción de la paz, en sentido amplio, organizándose en grupos que desarrollan trabajo de base bajo filosofías y objetivos diversos. Algunos se oponen a las políticas militaristas de sus gobiernos o de sus grupos de pertenencia, como la red de Mujeres de Negro; otros saltan las barreras psicológicas y materiales para acercarse a los ‘enemigos’, noción que tratan de desmontar, como Hands Across the Divide, en la isla de Chipre; otras luchan contra la impunidad, para que no se repitan las agresiones, los genocidios, las desapariciones; otras defienden los ríos, la salud de su entorno, trabajan contra la violencia estructural.
También se organizan para apoyar a las que sufren violencias en países diferentes al suyo… Y para ejercer de lobby y lograr que el trabajo de base de las mujeres que viven en las zonas de conflicto armado o de violencias estructurales agudas cuenten en la toma de decisiones. Por ejemplo, UNIFEM, algunas parlamentarias, la red de Mujeres por un Mundo Mejor, u organizaciones internacionales como la histórica Liga de Mujeres por la Paz y la Libertad.
En su diversidad, comparten el intento de deslegitimar la lógica que pone en juego la vida de los seres humanos para perseguir intereses varios: materiales, ideológicos, de poder o de soberanía.
Al destacar el protagonismo de las mujeres en los movimientos de paz no se trata de defender la excelencia de la moral femenina, contraponiéndola a la fuerza bruta, que quedaría en manos de los varones… También los varones fueron y son naturalizados en su relación con la violencia, lo que históricamente se plasmó en ser obligados a hacer el servicio de armas, por pertenecer a uno de los dos sexos. La diferencia es que esta característica natural, su sexo-varón ligado estereotipadamente a la fuerza, le concede una posición de poder que se niega a las mujeres.
La paz no es responsabilidad de las mujeres, sino un bien que todos habríamos de defender. Trabajar por la paz no es ni más ni menos natural para hombres y mujeres. Para ambos es una opción libre, en la medida en que unas y otros podemos rebelarnos frente al exterior que trata de constituirnos según viejos esquemas heredados. Es una opción enmarcada, eso sí, en el horizonte de un conflicto identitario, en medio del desasosiego que provoca el reto de criticar lo que no nos gusta de la identidad impuesta y afirmar lo que cada uno y cada una somos o queremos ser.
La crítica feminista de la dicotomía mujer pacífica – hombre violento muestra su carácter de construcción social, una construcción cuyo mantenimiento no beneficia para nada el avance hacia culturas de paz. Por otra parte, la profundización en el carácter y los mecanismos de exclusión femenina permite comprender las resistencias a la paz que derivan de los avatares de una exclusión compartida…
La negación de una predisposición pacífica natural de las mujeres no equivale a negar su opción de constituirse en sujeto colectivo de construcción de paz. Un sujeto que, precisamente por su tradicional marginación política, puede ser percibido como ajeno a la influencia de los actores más polarizados del conflicto… Esta extrañeza se arrastra como un déficit que limita y también como una capacidad que posibilita a las mujeres optar por prácticas creativas de actuación social. Tal vez por esta extrañeza, a menudo las iniciativas para hacer la paz que vienen de parte de las mujeres merecen a la comunidad una mayor confianza que aquellas que provienen de la élite política… Como extrañas a las estructuras políticas patriarcales, las mujeres tienen la libertad de proponer y llevar a cabo soluciones innovadoras ante los conflictos.
La decisión de iniciar una guerra, la responsabilidad de las hostilidades, los avances o estancamientos en el proceso de negociar la paz se encuentran predominantemente en manos de los hombres. Las mujeres están presentes en estos procesos pero de un modo lateral, no en la toma de decisiones. Existen inercias y resistencias por todas partes para que esto cambie. Por eso fue importante que en 2000 el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobase la resolución 1325 sobre Mujeres, Paz y Seguridad, que abogaba, entre otras cosas, por la inclusión de las mujeres en las negociaciones de paz.
En octubre de 2010 se cumplen diez años de existencia de la 1325, recibida en su día con entusiasmo tanto por el grupo que la impulsó, una coalición de organizaciones internacionales que tomó el nombre de Grupo de Trabajo sobre Mujeres, Paz y Seguridad (MPS) … La estrategia de incorporar la variable género en los diseños y programas de Naciones Unidas, de manera transversal, se fue adoptando desde 1995 por parte de la Asamblea General, la Comisión de Derechos Humanos, ECOSOC, la Comisión del Estatus de las Mujeres. Pero el organismo encargado de velar por la paz y la seguridad internacionales, el Consejo de Seguridad, era una asignatura pendiente. Por eso, en 1998, en la reunión de la Comisión sobre el Status de las Mujeres, el grupo MPS se planteó abordarla. Este grupo unió sus esfuerzos a la División para el Avance de las Mujeres (DAW) y el Fondo de Naciones Unidas para el Desarrollo de la Mujer (UNIFEM), para incidir en los miembros del Consejo de Seguridad con todo tipo de datos e informes sobre la importancia de la participación de las mujeres en los procesos de paz y la incidencia diferencial de los conflictos armados en hombres y mujeres. El empeño de las organizaciones de mujeres integrantes del MPS, las alianzas con distintos líderes y países, la implicación de los medios de comunicación y la presidencia del Consejo de Seguridad por parte de Namibia, hicieron posible la resolución 1325.
Los objetivos iniciales que se planteó el grupo MPS seguían las pautas marcadas por la Plataforma de Acción de Pekín. Había que incluir la perspectiva de género en los trabajos del Consejo de Seguridad, que los Estados miembros la tuvieran en cuenta al abordar los temas de seguridad, y que se incluyera también en la búsqueda de datos y hechos de las misiones del CS. Conscientes de que, en ese tener en cuenta a hombres y mujeres que constituye la perspectiva de género, faltaba la parte correspondiente a las mujeres, quisieron que se conocieran los esfuerzos de los grupos de mujeres que trabajaban sobre el terreno a favor de la paz, que se escuchara a los grupos locales y que se reforzaran los mecanismos de protección ante la persistente lacra de las agresiones sexuales, cada vez más utilizadas como arma de guerra.
Sobre todo, explican algunas de las que formaron parte del grupo inicial, se trataba de cambiar de enfoque, de pasar de la consideración de las mujeres como víctimas, y sólo como víctimas, a verlas y tenerlas en cuenta como actoras (sic) efectivas en la construcción de la paz y en la toma de decisiones al respecto.
Tras un conflicto armado, el logro de la paz no es un acontecimiento puntual sino un proceso que va a marcar el futuro desarrollo de la vida del país en cuestión. Lleva consigo una negociación donde se tomarán decisiones en torno a todos los aspectos relacionados con el desarme, la desmovilización y la reconstrucción (DDR)… Además, se abordan cuestiones como la nueva legislación que regirá el país, … el reparto del poder… el acceso a la tierra… Es precisamente por este carácter de proceso multidimensional de las negociaciones, del que depende la estructura social que va a reconstruir la convivencia, por el que la participación de la sociedad civil en él, y en particular de las mujeres, es importante.
Pero es en el terreno de los principios donde radica el principal argumento para defender la participación de las mujeres en los procesos de paz, que no es otro que el derecho de las mujeres a participar, un derecho de equidad que es evidente… pero que la tradición patriarcal de la mayoría de las culturas no ha reconocido… En la práctica, predomina la idea de que son las partes contendientes las que han de negociar la paz, y que la presencia o ausencia de mujeres no es relevante… No se tiene en cuenta, una vez más, que las mujeres resultan afectadas por los conflictos bélicos de un modo específico (y) el aspecto de proceso que tiene la construcción de la paz, un proceso que pertenece a las comunidades, no sólo a los líderes…
En los contados casos en que han participado las mujeres, se constata que han llevado a la mesa de negociación temas y asuntos que ningún otro actor suele llevar. Este extremo lo constataba Asha Hagi Elmi Amin, somalí integrante del que ella y sus compañeras crearon y llamaron Sexto Clan, cuando en el proceso de paz de Somalia los cinco clanes existentes estaban presentes en la negociación pero la ausencia femenina era total. Desde este “clan” transversal, reclamaron su participación y la lograron…
El impacto inicial, la euforia que siguió al hecho de haber conseguido que se aprobara el primer documento del Consejo de Seguridad sobre mujeres, paz y seguridad, se ha ido amortiguando con el tiempo. Muchas preguntas pueden plantearse en torno a la aplicación de la 1325: ¿Qué incidencia ha tenido en las vidas de las mujeres que viven en zonas donde existe un conflicto armado? ¿Han disminuido las violaciones, la violencia sexual, ha disminuido el sufrimiento de estas mujeres? ¿Hay más mujeres decidiendo en los procesos de construcción y negociación de la paz?
… Una referencia importante es la crítica y el balance que el propio grupo de MPS hace sobre el cumplimiento de los objetivos. En 2007, en el debate anual que realiza el Consejo de Seguridad para el seguimiento de la aplicación de la 1325, desde este grupo se mantenían muchas dudas: “… Siete años después, las mujeres y las niñas que se encuentran en situaciones de conflicto armado siguen expuestas a una violencia sexual generalizada y sistemática. Es una cuestión de paz y seguridad internacionales. Siete años después, las mujeres continúan estando en buena parte excluidas incluso de las estructuras que toman la decisión de apostar por la paz o de recurrir al conflicto. Es una cuestión de paz y de seguridad internacionales. Siete años después, la incorporación de la resolución 1325 (2000) en la labor del Consejo de Seguridad sigue siendo desigual. Esto significa que en Darfur las mujeres continúan tropezando con dificultades para participar en las conversaciones de paz de Tripoli; que en la situación de la República Democrática del Congo, la violencia sexual sigue sin disminuir y continúa cometiéndose con impunidad. Siete años después, sigue sin haber mecanismos de supervisión o rendición de cuentas para garantizar la aplicación coherente y efectiva de la resolución… Son cuestiones de paz y seguridad internacionales”.
Reconocen que el Consejo de Seguridad aporta autoridad a una perspectiva que se considera marginal. Pero otras voces advierten del peligro de que su incidencia quede en mera retórica, que las provisiones de la resolución… se repitan en los documentos administrativos pero que, en la práctica, todo quede en una casilla a rellenar.
En el último informe sobre el tema –septiembre 2009- del Secretario General de Naciones Unidas el balance arroja luces y sombras. Si nos ceñimos, de entre las diversas vertientes de la resolución, a la relativa a la participación de las mujeres en la prevención, resolución y construcción de la paz, se reconocen progresos pero también se afirma que los obstáculos permanecen… La visión de la 1325 se aparta de la tradicional mediación por la paz que sólo ofrece oportunidades a las partes directas de la disputa. Pedir que quienes aparentemente no participan en el conflicto formen parte de su resolución se ve como algo extraño, tanto por quienes median como por aquellos para los que se busca la paz.
El informe achaca el problema a los roles de hombres y mujeres, que en función del sexo asignan diferentes tareas materiales y responsabilidades. Cuando cesa la violencia armada, las mujeres se implican más en volver a construir el equilibrio cotidiano anterior y tienen poco tiempo para dedicar a actividades que frecuentemente ellas mismas y desde luego su sociedad consideran fuera de las que les corresponden. Las mujeres, más que los hombres, se dedican a la supervivencia, y no les queda tiempo para participar en política o en los procesos de construcción de la paz.
Otros son factores socioeconómicos: el analfabetismo, la necesidad de implicarse en la crianza, dar de comer, buscar agua, tareas de sostenimiento de la vida. Estas actividades y la pobreza mantienen a las mujeres alejadas de los procesos de toma de decisiones… Otro gran obstáculo señalado por el Secretario General es que las partes que contienden no cooperan. Las milicias armadas desprecian la ley internacional aplicable a la protección de las mujeres y las niñas…
Este fallo en la implementación de la resolución demanda un compromiso reforzado del Consejo, los Estados miembros y el sistema de las Naciones Unidas para la protección de los civiles y la promoción del respeto por los principios de la ley internacional humanitaria…
Entre las conclusiones, se indica que sigue predominando la visión de las mujeres como víctimas y no como iguales a la hora de resolver un conflicto armado. Como participantes activas en los procesos de paz permanecen marginales y la incorporación del género en los procesos de paz es lenta… Se necesitan mecanismos de monitoreo y de recopilación de las lecciones aprendidas, y programas dirigidos a cambiar tendencias tan graves como el desprecio de las partes por la legislación internacional, un tema éste que podría ser abordado, se dice, desde los planes nacionales de acción que tienen algunos países -16 hasta el momento, entre ellos España (que también aprobó en 2008 un Plan de Acción sobre Mujeres y Construcción de la Paz para la Cooperación española).
Si se leen los informes de progreso del grupo MPS y también las noticias regulares que se incluyen en la página del proyecto Peace Women se observa, no obstante, una vitalidad y dinamismo que no concuerda con las visiones pesimistas que emergen si nos atenemos a los datos. Y es que la 1325 está siendo usada de un modo muy creativo… como una herramienta para alcanzar la igualdad, en el terreno local e internacional: para reclamar la presencia en los Parlamentos, organizar reuniones, talleres de capacitación, para pedir financiación, y para muchas otras finalidades de avance del estatus de las mujeres.
En Iraq, en la República de África Central y en Guinea Bissau, entidades de Naciones Unidas distintas al Consejo de Seguridad han utilizado la 1325 en la promoción de la participación de las mujeres en las elecciones. Mejorar esta participación es una oportunidad estratégica para mejorar también su participación en la reconstrucción postconflicto y crear una agenda de reconstrucción sensible al género, a nivel local.
También se han producido avances en el incremento de mujeres en las fuerzas, civiles y militares, que toman parte en las operaciones de mantenimiento de la paz. Algunos países, de hecho, parecen poner en este extremo más interés que en otros. Hay programas para aumentar el número de mujeres en la Fuerza de Policía Nacional de la República Democrática del Congo, y la MONUC (Misión de Naciones Unidas en el Congo) está ayudando a integrar la perspectiva de género en la ley que reorganiza la policía, defendiendo que se reserve un 30% de sus plazas para mujeres. En Burundi, BINUB identificó las distintas necesidades de los excombatientes hombres y mujeres, y diseño criterios inclusivos para que unos y otros se beneficiasen de los programas de DDR de un modo igualitario…
Por su parte, el secretario general aumentó el número de mujeres en los puestos senior de Naciones Unidas, en particular en las operaciones de mantenimiento de la paz. En julio de 2009 había tres mujeres como jefas de misión –en Nepal, Liberia y la República Central Africana- y seis como delegadas del jefe de la misión –en Burundi, Chad, la República Democrática del Congo, Líbano, Liberia y Sudán-. De 2007 a 2009 las mujeres en funciones de liderazgo en las misiones del Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz, sobre el terreno han pasado de ser el 13% al 16%.
… Las voces más críticas sobre el enfoque y uso de la 1325 surgen de los ámbitos académicos feministas. Carol Cohn plantea en qué medida ha servido para el empoderamiento o la cooptación de las activistas por parte de las instituciones, y Rita Santos, Tatiana Moura y Silvia Roque piensan que su enfoque tiene dos fallas importantes: una es la falta de análisis, apelación e implicación de los hombres y otra, el enfoque centrado en los conflictos armados que deja fuera las violencias que se dan en los países teóricamente en paz, en los que el negocio del comercio de armas ligeras provee abundantemente de ellas a jóvenes que habitan en las zonas pobres y marginadas, dando como resultado cifras escandalosas de muertes. Para estas analistas: “Al ignorar estas otras expresiones de violencia así como las articulaciones que hay entre las zonas de guerra y de paz, al preferir unas experiencias de mujeres sobre otras y silenciando las de los hombres… la resolución 1325 se convierte en exclusivista y limitada en alcance y ambición, perpetuando el mismo ‘sistema de guerra’ que presuntamente intenta afrontar y desmantelar” (UNSCR 1325; it’s only about war? Armed violence in not-war countries. – CES, Oficina 340, Coimbra, marzo 2010).