
El feminismo, ¿ha triunfado demasiado o demasiado poco? Una controversia que ha aparecido en Tortuga y sobre el que algunos relatos del sociólogo anti-imperialista James Petras pueden echar luz. En su libro ‘Escribiendo historias’1
, Petras reúne pequeños testimonios, bajo la forma de historias, de procesos revolucionarios que ha conocido en distintas partes del mundo. Los hay dedicados a Chile –país en el que fue asesor del gobierno de la Unidad Popular, hundido por un golpe de la CIA-; ambientados antes y después del golpe, y durante la llegada de la ‘democracia’, se extraen al menos dos conclusiones: 1) Petras es todo un seductor -¡cómo eres, James, cómo eres!-; 2) hay situaciones en las que, mientras más se habla de feminismo, menos se práctica –o más se oculta su desarraigo. Así me lo parece al leer seguidos los relatos que transcribo a continuación: haga cada quién su análisis de estos cotilleos (Crates). Índice: 1) Una cuestión de clase. 2) Conversación en el patio. 3) Para que no caiga Pinochet. 4) Una cuestión de liderazgo. 5) La señora Verónica paga un poco mejor. 1) Una cuestión de clase. Fue durante una conferencia sobre ‘La transición al socialismo’ patrocinada por el gobierno socialista chileno. Nos alojaron en el hotel San Cristóbal, propiedad de la ITT. Recién, periodistas norteamericanos habían anunciado que la transnacional estaba profundamente comprometida en un complot para desestabilizar al gobierno de Allende. Miré por la ventana, se veía la cordillera de los Andes y abajo esbeltas mujeres chilenas tomaban sol junto a la piscina. Me recuperaba del ‘jet lag’ tomando un trago de una botella comprada en el ‘duty free’. Faltaban varias horas para la apertura oficial de la conferencia, y yo estaba aburrido, cansado de leer y sin ganas de escribir. Santiago era realmente una ciudad provinciana, con una latosa vida nocturna pero con una política fascinante… Todos parecían ajustar sus ideas políticas a su pertenencia de clase. La clase alta y la clase media acomodada eran conservadoras; la clase media, demócratacristiana; los trabajadores, socialistas y comunistas. No era bien definida la posición de los campesinos, las mujeres pobres y los pobladores que estaban cambiando sus lealtades tradicionales. Y quedaban también los militares. Me puse a pensar en eso pero el asunto no funcionaba. Tampoco en ese momento me interesaba el debate electoral… porque en última instancia ‘los grandes problemas no se van a resolver contando narices’, como me había dicho un minero del carbón del sur de Chile. Probablemente tenía razón. Entre tanto todos votaban y la conferencia era patrocinada por un gobierno elegido por votación popular. Miré hacia la piscina. Una mujer de largas piernas, con hermosa cabellera, acariciaba su cuerpo con bronceador. Pensé que podía ser interesante confraternizar con el enemigo. Hablar de la guerra de clases en medio de masajes y caricias… El asunto era si el sexo podía conquistar la cabeza. Ellas son tan extremadamente clasistas que se les nota en todo lo que hacen, en la forma en que hablan y en la forma en que flirtean… el narcisismo les fluye como sus humores. Esa facilidad para mandar… ‘María, pásame la toalla para secarme’, con esa irresistible voz suave… gatitas con garras. Siempre hablando con diminutivos y haciendo brillar sus joyas. Pero no tienes que vivir con ellas… Lo que hay que hacer es darles un empujón a una piscina de pisco sour (licor típico). Había dejado la puerta abierta para ver a los que iban llegando a la conferencia… Oí voces de mujer cantando “Guantanamera… yo soy un hombre sincero…”. Salté de la cama y miré hacia el vestíbulo. Eran dos mujeres que hacían limpieza. Una era muy atractiva, con pelo negro oscuro y hermoso cuerpo. Estaba limpiando el felpudo… mientras la compañera empujaba un carrito con toallas y paños de aseo. “Hola” -les dije – “¿cuándo aprendieron esa canción?”. Me miraron. “Es una canción popular”. “No en todas partes en Chile”, respondí. Sonrieron con cortesía. “¿Por qué no se toman un trago?”. Se miraron entre sí un instante y entraron. Caminé hacia ellas, apuntando hacia las montañas cubiertas de nieve. “Usted tiene aquí una vista desde su ventana y nosotras tenemos otra desde nuestras casas”. Hablaba con tono positivo. Me sentí tonto y frívolo. Ella sabía despejar las cosas. Sonreí un poco corrido. “¿Son del sindicato del hotel?”. “Sí, yo soy la delegada de las trabajadoras del aseo”, dijo. Hablamos un rato del movimiento sindical y yo les conté que estaba esperando la conferencia sobre la transición al socialismo y les pregunte qué pensaban. “No hemos pensado en eso. Pero debe estar bien si el presidente Allende la respalda”, comentó. Terminaron sus tragos y me agradecieron. Nos estrechamos las manos y ellas salieron empujando el carrito y la máquina aspiradora. Escuché sus risas por sobre el sonido de la máquina. Miré al pasillo y vi cómo la delegada sindical me lanzaba una sonrisa coqueta: “Adiós, compañero”. 2) Conversación en el patio. Fui a la recepción de despedida al embajador chileno en Washington, Orlando Letelier. Todos estaban allí: representantes del Banco Mundial, del FMI, del Departamento de Estado, del Departamento del Tesoro. Contentos, se palmoteaban y estrechaban las manos. Había tres o cuatro hablando y bromeando con Orlando cuando fui a saludarlo. Él me presento a los otros. “Usted es un gran tipo, Orlando, y será una pérdida para nosotros”, le dijo uno. “Es muy malo que ustedes le hayan hecho el trabajo más difícil cortándole los créditos”, comenté en voz alta. “Vamos, eso no está bien para este momento”, murmuró un individuo alto del Departamento de Estado. Me reí. Así es la diplomacia. Viaje a Chile en julio de 1973. El país estaba polarizado. Lo más ominoso era el comportamiento de la policía que contemplaba pasivamente cómo los derechistas atacaban las tiendas que no se adherían a los paros contra el gobierno. Si las fuerzas armadas se volcaban a la derecha, hacia los empresarios, todo estaba perdido. El Presidente Allende y los comunistas decidieron incluir algunos generales en el gabinete. Los comerciantes acaparaban mercaderías, los dueños de tierra no sembraban, los paros proseguían. Los trabajadores ocupaban las fábricas, los campesinos se tomaban la tierra, los pobladores recorrían el centro de la ciudad exigiendo al gobierno mano firme contra los especuladores. La Fuerza Aérea sobrevolaba Santiago, el transporte colectivo estaba paralizado, respetables hombres de negocios se apretujaban en taxis insultando a los militares: “¡Cobardes! ¿Por qué no derrocan al gobierno?”. No querían arriesgarse ellos mismos. A fines de agosto las tensiones eran altas, pero después de tantas falsas alarmas todos estaban agotados y trataban de volver a la rutina. Fui a almorzar con unos amigos de la Corporación de Fomento de la Producción. “Si pasamos la primavera, tendremos este año una buena cosecha”. “Cuando reorganicemos el sistema de transporte, la producción industrial se irá para arriba”. Trataban de ser optimistas. El golpe estaba a la vuelta de la esquina. El problema era cuándo. Salimos del restaurante a media tarde. Buena comida, vino excelente, buenos amigos. Un vendedor voceaba el vespertino ‘Última hora’. Miré el titular: “Renuncian tres generales”. Los únicos constitucionalistas que había en el Alto Mando. “No puedo creerlo”. Pedro me miró. “Es el final, se acaba el tiempo”. Es tiempo de irme, pensé. Tomé un taxi y fui a La Moneda. Subí al piso superior. “Debo ver a Orlando Letelier”. Está ocupado. “Debo verlo, por favor, aquí está mi tarjeta”. Estaba ocupado, muy ocupado, pero se dio tiempo para mí. “¿Qué pasó, Orlando?”. “Mucha presión. Amenaza de guerra civil. Por eso se retiraron”. El “no a la guerra civil” significa que ellos tienen todas las armas. ¿Qué pasa con la Izquierda? Me tomó de un brazo y me indicó que bajáramos al patio. “Es mejor que conversemos aquí”. Empezó a explicarme las negociaciones con la oposición, la lealtad de los oficiales reemplazantes. “Pinochet es muy leal. Fue mi ayudante. Te sorprendería”. Yo no lo escuchaba. “Necesito mis pasajes, me voy”. No tenía sentido discutir, él tenía que quedarse. “Me voy –le dije-pienso que esto está perdido”. “Debes quedarte, te necesitamos”. “Me quedaría a una guerra civil pero no a una masacre”. “Eso no pasará. Tenemos aliados”. Moví la cabeza negativamente. No creía lo que me decía mientras volvíamos a la oficina. Qué posibilidades de triunfo había si el propio ministro no podía conversar con privacidad en su oficina. Viajé al día siguiente. Cuatro días después un millón de trabajadores marchó en apoyo al gobierno. Una semana más tarde se produjo el golpe militar. 3) Para que no caiga Pinochet. Alfredo miró su reloj. Mejor me voy porque la señora se perderá si llega antes que yo. Miró a su secretaria. Isabel hablaba por teléfono. Una hermosa mujer, pero él hacía tiempo que había separado el trabajo del placer. De todas maneras le gustaba que en el equipo hubiera mujeres bonitas. “Alfredo, hablé con los investigadores. Acuérdate de que tienes una reunión con los representantes de la Fundación Ford a las cinco”. Sonrió. “Sergio anda en el auto del Instituto”. “Está bien, iré en el mío”. Como en los viejos tiempos, sólo que ahora en vez de una vieja ‘citroneta’ era un BMW nuevo. Caminó hacia el estacionamiento, en la parte de atrás del Instituto. “El hombre de la Ford quiere que publiquemos los resultados preliminares de la investigación sobre violencia social”. Se rió. “Mientras más barricadas, más plata llega. Antes nos habrían denunciado como agentes de la CIA y ahora todos quieren agarrar un pedazo”. Dejó el auto en el estacionamiento del aeropuerto y se fue a esperar a su madre, una mujer pequeña y maciza, de origen campesino, con cabello que empezaba a encanecer y brazos gruesos. Allí estaba, mirando un poco aturrullada mientras se acercaba a la puerta. “Madre”, gritó mientras agitaba el brazo. Ella sonrió. Caminó rápidamente y la abrazo. “Qué bien te ves”, dijo ella notando su nueva chaqueta azul, la camisa fina y la corbata de seda. Él sonrió y tomó su equipaje. Abrió la puerta desbloqueando automáticamente la de su madre. Ella siguió parada afuera. “Está abierto”, dijo, y entró en el auto. Ella también lo hizo. Partieron. Ella dijo “es un hermoso auto, ¿cómo lo conseguiste?”. “Me lo pagó el proyecto. Yo lo necesito para la investigación sobre la caída de Pinochet”. Ella le prestaba poca atención, mirando las luces y los botones y escuchando la música que brotaba por los parlantes estéreo. Cuando llegaban al camino que entraba a la casa cerca de la cordillera, salió una empleada que ayudó a llevar las maletas. Su madre caminó por el patio mirando las flores y admirando la construcción. “Es una casa maravillosa con espacio para un buen jardín”, dijo encantada. Pasaron por el living y el comedor y subieron las escaleras. Él le mostró el dormitorio que le habían preparado. “Ésta es una casa de lujo, ¿cómo la pagas?” Él sonrió: “Mi sueldo del Instituto cubre el pago. La necesito para la lucha contra Pinochet. ¿Tienes hambre?”. “Sí, no he comido desde las seis de la mañana”. Él la llevó entonces al comedor. En un momento, la sirvienta trajo ‘locos’ con mayonesa, una ensalada y una botella de vino blanco frío. Su madre devoró el plato rápidamente y empezó el otro: una ‘bouillabaise’ con carne de jaiba, camarones y langosta. Cuando empezaba el postre no pudo resistir la tentación: “Esta comida debe costar una fortuna”. “No tanto”, contestó riendo. “Sí, yo sé. Hago las compras todos los días y sé que el pescado es caro. ¿Cómo consigues estas cosas tan buenas? Es maravilloso”. Estaba satisfecho. Y ella estaba muy contenta. Él sabía que le gustaba la buena comida. “Madre, tengo una reunión está tarde, pero volveré antes del anochecer”. Cuando se levantó para dejarla, ella se paró y le dio un gran abrazo. Entonces le murmuró al oído: “Ten cuidado, que Pinochet no caiga porque perderás todo esto”. 4) Una cuestión de liderazgo. Invité a Amanda a almorzar al centro. Había participado en las luchas de los pobladores durante la dictadura y ahora organizaba grupos en torno a problemas de salud. Era una hermosa mujer de pelo negro, de unos treinta y cinco años, sonrisa cálida y amistosa y ojos incitadores. Políticamente comprometida, se había jugado literalmente el pellejo en las luchas callejeras. Pasamos buena parte de la tarde juntos. Primero almorzamos y luego tomamos café cerca de la Plaza de Armas. Estudiaba para obtener la equivalencia de enseñanza media y tenía dos niños. Era una persona popular y bien conocida en su barrio. Le tomaba un par de horas hacer las compras: se detenía a hablar con amigos y vecinos mientras acarreaba bolsas con papas, cebollas, verduras y de vez en cuando un pollo. La pregunte si militaba en algún partido. “Estaba en el Partido, la mayoría de mi familia son militantes o simpatizantes”. “¿Cuándo te retiraste?”. Ella me miró: “No me he retirado, pero no voy a las reuniones. Participé en una toma de terrenos organizada por la gente de mi sector. El Partido no se involucró, dijeron que era un asunto de liderazgo”. Me sorprendí: “Pensé que esas cosas habían cambiado”. Recordé una conversación que había tenido hace poco con dirigentes del Partido: “Me dijeron que estaban participando en la construcción de movimientos sociales”. Ella se rió: “Es lo que dicen, pero tienen que controlar y dirigir todo o si no, no se interesan”. Dude un poco… El Partido había insistido en que ellos ahora respetaban la autonomía de los movimientos. Ya era tarde, oscurecía y hacía frío, una tarde invernal de julio en Santiago. “Esta noche estoy invitado a una reunión con dirigentes de izquierda para hablar de la campaña presidencial y tengo que ir al hotel. Le pediré a Manuel que me está acarreando que si va para tu barrio, te lleve”. “No te molestes, tomaré el bus”. “No seas loca. Espera. Le preguntaré si va para ese lado”. Manuel iba para allá, Amanda se acomodó en el asiento de atrás. Cuando salíamos del centro, le presenté Amanda a Manuel: “Ella es dirigente de su población”. “¿Dónde?”. “En Lo Hermida”, respondió. “Esa ha sido una zona militante, así que nos debería ir bien allí en las elecciones presidenciales”. Ella no dijo nada. “Amanda me decía que se retiró del Partido y que la Izquierda organizada no trabajaba con los movimientos sociales. Cuéntale lo que me dijiste, Amanda”. Ella contó la toma de terrenos por los pobladores sin casa, no lejos de donde vivía. “Fuimos varios a ayudarlos y entonces nos fue a ver el secretario local del Partido y dijo que teníamos que dejar de hacerlo porque los organizadores eran contrarios a que el Partido tuviera la dirección. Yo le dije que eso no importaba, los pobladores necesitaban apoyo y nosotros estábamos allí para ayudarlos. Él nos dijo que rompíamos la disciplina. No me importó mayormente y dejé de ir a las reuniones”. Manuel la interrumpió. “Usted no debería haberlo hecho; debería ir a las reuniones, a discutir y a explicarles a ellos lo que pasa… Los movimientos necesitan vínculos con los partidos políticos… esas actividades locales no tienen futuro… ¿Cómo van a enfrentarse al Estado aislados en cada población?”. Durante un rato siguió haciendo preguntas y dando respuestas. El asiento de atrás estaba oscuro y pude ver apenas el rostro pasivo y silencioso de Amanda, su largo pelo negro y un relámpago de luz en sus ojos negros como el carbón. “Me bajo aquí”, dijo, “puedo tomar el bus hacia mi barrio”. Bajé para decirle adiós y disculparme. Nos abrazamos y ella me miró a los ojos: “Ves cómo no hay nada que hacer con los partidos, ellos siempre lo saben todo. Nos dicen cuándo actuar, cuándo resistir, cuándo oponernos y lo que es más importante: nos dicen cómo votar para que puedan llegar al Congreso”. Me dio un fuerte abrazo y un gran beso y caminamos hasta el paradero del bus. La miré a ella y a la puerta abierta del auto. “Que tengas una buena reunión”, me dijo agitando la mano pero sin la sonrisa habitual. Yo entré a disgusto al auto y partimos en dirección contraria. 5) La señora Verónica paga un poco mejor. Vestía una chaqueta negra y tenía rasgos finos. En los años setenta había sido miembro activo del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Ahora, coordinaba un boletín de información feminista. Su oficina estaba en Bellavista, en otro tiempo sector ‘bohemio’ de Santiago, con casas pequeñas y restaurantes, reciclados recientemente como área turística. Verónica y Elena dirigían dos ONG. “Los partidos políticos son hoy día irrelevantes. La única actividad real está en las ONG”, decía Elena. Dirigía una radio feminista que daba espacio a los nuevos movimientos –de ecologistas a gays-, y por supuesto a feministas, incluyendo media hora semanal para mujeres de las poblaciones. “Los sesenta y los setenta fueron toda una aventura”, añadió Verónica con deje travieso. “Fue un hermoso tiempo”, y bajo la voz para decir “perdimos mucha gente buena”. “Ahora estamos en un período totalmente distinto. Tenemos que pensar y actuar en la nueva realidad. La mayoría de la gente no quiere volver ni a la dictadura ni a la política de izquierda de los años setenta”. Con su ropa elegante se veía hermosa: nariz pequeña y atrevida, grandes ojos oscuros. Era articuladamente persuasiva y sabía cómo defender dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. “Recibir fondos de fundaciones extranjeras no es problema, siempre que ellas no te amarren”. Rechazaba así mis opiniones de que las ONG no ayudaban a construir movimientos populares para el cambio del sistema. “Debes ser realista. Nadie habla de cambiar el sistema. La gente sólo quiere vivir mejor, tener una casa decente, trabajo y fines de semana para pasarlo bien”, me dijo riendo. “Sigues atado a los viejos modos de pensar que cambiaron en Chile. No estoy en el gobierno pero no le ataco. Eso podría desestabilizar esta frágil transición a la democracia”. Me invitó el sábado a cenar a su casa. Cuando llegué ya había otros invitados. Los conocía a ambos. Uno era autor de un importante libro sobre los mapuches y encabezaba una agenda gubernamental a cargo de los asuntos indígenas. El otro era un antiguo excomunista, experto en agricultura. Cuando nos sentamos a cenar, las cosas fueron cordiales. El agrónomo contaba chistes sobre la calificación de las secretarias en las oficinas públicas que tipeaban con un dedo. La feminista río nerviosamente. El ex historiador, convertido en funcionario del gobierno, se volvió hacia mí y dijo que le parecía ofensivo mi artículo sobre la retirada de los intelectuales. Lo miré y comenté: “puede ser, porque toca puntos sensibles”. La cordialidad terminó. La sirvienta entró para servir el plato de fondo: roast beef y papas. La comida fue más o menos, la conversación resultó peor, pero la casa era original. Había sido diseñada por Verónica con ayuda de un amigo arquitecto. Así lo contó. Había pocas paredes, bastante espacio y mucha luz. Terminé el postre y dije que quería hacer un recorrido por la casa. Subí al segundo piso al dormitorio y al espacioso baño con tina hundida en el suelo, con una ventana amplia que daba al follaje de los arboles. Se podían ver las montañas nevadas. Bajé la escalera y entré a la cocina. La empleada comía mientras miraba un televisor pequeño sobre un mostrador. Me fijó la vista. “Hola, ¿qué ve?”. “Una película norteamericana”. Hablamos un poco de dónde era, de su familia. “¿Trabaja usted los sábados?” – “Siempre, sólo tengo libres los domingos” – “¿Tiene usted novio?”. Sonrió ruborizada. “¿Le gusta trabajar aquí?” – “Estoy bien, no hay nada especial. La señora Verónica paga un poco mejor”. Después de un rato regresé al living. Me senté en el sofá pocos minutos a esperar que terminasen de comer. Sobre la mesa había revistas de moda y decoración y un ejemplar del boletín. “Tengo que irme, debo levantarme temprano”. Tomé el boletín. En primera página había un largo artículo sobre una experiencia exitosa de organización de mujeres para la sobrevivencia, con ayuda de ONG. “Te lo puedes llevar. Si quieres te envío la colección”. “Si, mándamela al hotel”. Ella murmuró: “si quieres podemos pasar el próximo fin de semana en una cabaña que tengo en el cajón del Maipo” y agregó “podríamos recordar los viejos tiempos”. La miré y sonreí: “Te llamaré”, le dije. Fue larga la vuelta al centro de la ciudad.- Edición chilena (1997) en LOM Ediciones; otra edición en español es la de Txalaparta. ↩︎