
EL CASO MANNING
El soldado Bradley Manning se aburría, no se sentía deseado, querido ni suficientemente valorado. Tenía ansias de gloria, de fama, de ser protagonista de algo por una vez en su corta vida de 22 años. Pero en vez de meterse en Supervivientes, en Gran Hermano o liarse con Falete, optó por revelar secretos de las tropas estadounidenses y aliadas a troche y moche, poniendo en peligro miles de vidas, estrategias, tácticas y planes. ¿Y por qué? Según él, porque quería denunciar la hipocresía y las mentiras de occidente, de los poderosos, lo que suena a discurso pseudoperrofláutico litronero.
El chaval quería ser un héroe, quería llenarse de loas y aplausos por su valiente acción. Ya se veía dando conferencias, aclamado por rebeldes y anticapitalistas, y de paso por todos aquellos soldados hartos de tragar. Pero la traición rara vez contempla elogios. Es cierto que muchas veces, el silencio de los militares es exasperante, que se echa de menos que de vez en cuando algún mando le diga a los políticos que hay límites insosyalables, como la dignidad, el honor, el respeto a una institución y sus hombres, la tradición y los valores, que la utilización política de lo militar, conscientes de que la lealtad y la abnegación de los militares da un amplio margen para el libre albedrío político, es inaceptable. Pero de ahí a lo que ha hecho Manning media una parcela demasiado extensa y escabrosa.
Podría ser que el aburrido y soberbio soldado estadounidense simplemente estuviera majara, hubiera tenido una infancia difícil o se hallara en las filas del Ejército por una cuestión ajena a la vocación. Pero en el fondo, a uno le da la sensación que tras su patético intento de gloria subyace un mal cada vez más extendido en las sociedades occidentales, que emerge de una interpretación adulterada y demasiado libertaria del concepto de democracia. Ese mal es una amalgama extremadamente peligrosa que conjuga una pérdida alarmante de valores, de principios y raíces, de identidad y sentido de resposabilidad que en España vemos palpablemente. Cuando eso pasa en un militar, el problema es mucho mayor, pues en sus manos están en juego demasiadas cosas, más aún si éste, como Manning, tiene acceso a tan peliaguda información. Pero además, si eso ocurre con un soldado es que el virus del vacío moral ha llegado a uno de los últimos reductos de esperanza que le quedan a occidente.
dmazon@larazon.es
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Quienes critican la hipocresía y mentiras de los poderosos de occidente son pseudoperrofáuticos y litroneros
¿Y el tío este se dedica a presumir de «hombre de honor? A mí me recuerda más a un macarra de discoteca. Aunque claro, pensándolo bien, es lo que hay hoy por hoy en el ejército mayoritariamente, ¿no?