
Agustín Velloso, para Tortuga
Hay gente que cree que el sistema político de Estados Unidos, como el
económico, no ha hecho sino progresar con el paso del tiempo. Este país es considerado por otros el más rico y el más democrático. El mejor indicador de lo primero es que otros reconocen su primacía, buscan ser socios suyos y están dispuestos a hacer lo que les pida.
Su mayor éxito es haber conseguido que la gente piense que es el faro de las democracias mundiales. Tanto es así que además de ejercer una enorme influencia económica, se considera el campeón de la libertad y el garante de los derechos humanos en la tierra. Este engreimiento de una nación entera lleva a que sus gobernantes designen buenos y malos por doquier y a continuación lancen cruzadas y guerras sin fin contra éstos.
En la fecha de hoy se recuerda a los activistas anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, emigrantes italianos en Estados Unidos, ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927 tras un juicio farsa en el que fueron acusados y sentenciados por el asesinato de un pagador y un vigilante que no cometieron.
Cincuenta años después, en 1977, las autoridades revisaron el caso,
concluyeron que hubo errores en el proceso y reconocieron que los
ejecutados no tuvieron un juicio justo. Todo esto fue un nuevo teatro, no
sólo por la tardanza y por considerar fallos lo que fue una persecución
orquestada para acabar de forma ejemplarizante con la vida de dos
activistas, sino porque hoy, pasados treinta años de ese reconocimiento
oficial, los nuevos dirigentes del país han instaurado un sistema por el
que ya no tienen que pedir perdón por crímenes similares que se están
cometiendo en nombre de la democracia estadounidense.
El historiador Howard Zinn (http://howardzinn.org/), que ha reflexionado
sobre este suceso y otros similares con mayor número de víctimas
acontecidos en la historia de Estados Unidos, presenta a unos dirigentes
sin piedad que llevan a cabo sus planes en beneficio propio y de los
grandes capitalistas, en el nombre de altos ideales pero a costa de
trabajadores, grupos étnicos y sociales minoritarios, opositores al
gobierno y otras víctimas del sistema:
“El caso de Sacco y Vanzetti reveló, en sus condiciones más severas que
las palabras nobles que se inscribieron sobre nuestros palacios de
justicia, ‘Justicia Igual ante la Ley’, siempre han sido una mentira. Esos
dos hombres, el vendedor ambulante de pescado y el zapatero, no podrían
conseguir justicia en el sistema americano, porque la justicia no mide
igual a pobres y a ricos, a nacionales o a extranjeros, al ortodoxo y al
radical, al blanco y la persona de color. Y mientras la injusticia se da
más sutilmente y de maneras más intrincadas hoy que en las circunstancias
crudas de Sacco y Vanzetti, la esencia se mantiene igual.”
(http://www.rebelion.org/noticia.php?id=55254)
Es imposible no estar de acuerdo con Zinn. Él mismo recuerda un caso
anterior que también se considera un hito de la injusticia: “¿Ha habido
justicia en el sistema americano para los pobres, la persona de color, el
radical? Cuando se sentenció a muerte a los ocho anarquistas de Chicago
después de los altercados de Haymarket de 1886, no era porque había alguna
prueba de la conexión entre ellos y la bomba arrojada en medio de la
policía; no había ninguna evidencia. Era porque ellos eran líderes del
movimiento anarquista en Chicago.”
Zinn, recientemente fallecido, mantendría hoy la misma valoración, ya que
cien años después el periodista Mumia Abu-Jamal, dedicado a mostrar al
público la violencia policial contra los grupos sociales minoritarios, fue
sentenciado en 1982 a la pena capital, castigo que recurre desde el
corredor de la muerte.
Afortunadamente para él, han aparecido a tiempo pruebas de su inocencia en
el caso del homicidio de un policía en el que se le ha involucrado. Sin
embargo, esta tregua no le ha evitado pasar encerrado 23 horas al día en
una celda durante estos 28 años transcurridos, sin autorización para
recibir visitas de sus familiares y con su correo personal ilegalmente
abierto por las autoridades de la prisión. (Su caso en
http://www.freemumia.org/)
Con la legislación antiterrorista y de seguridad nacional (Ley Patriota)
en vigor por una parte y un ambiente social convenientemente manipulado a
través del miedo a supuestos ataques terroristas por otro, los juicios
farsa pasan a ser parte de un sistema judicial aún más viciado que
anteriormente, así que los detenidos, condenados y ejecutados de hoy
difícilmente pueden esperar justicia en esta vida y rectificación de
errores en la futura.
Dos cuestiones llaman la atención al observar esta tendencia. Su relación
con otras injusticias cometidas por Estados Unidos más allá de sus
fronteras, así como la aceptación de aquellas y su efecto multiplicador en
otros países.
Los vuelos secretos de secuestrados, las cárceles extraterritoriales, las
torturas a prisioneros asesoradas por médicos y psicólogos, la detención
durante años sin juicio y si éste llega, las sentencias con pruebas
inválidas, las ejecuciones extra-judiciales y otros avances aportados por
la democracia estadounidense al progreso de la humanidad, harían que Sacco
y Vanzetti se sintieran afortunados de haber sufrido un calvario menor
comparado con el de sus camaradas de lucha en la actualidad.
Al tiempo que se incrementa el control y la represión contra los que
desafían al sistema dentro de las fronteras, se castiga sin restricciones
de ninguna clase a los que se señala como enemigos de Estados Unidos. Para
esto cambian la toga de jueces rectos por el uniforme de intervencionistas
humanitarios y atacan a sus enemigos hasta aniquilarlos, daños colaterales
–niños incluidos- al margen. En la jerga imperialista esto se denomina
“devolverlos a la edad de piedra”, se supone que por comparación con la
edad civilizada de los atacantes.
Lógicamente todo esto se hace en contra del sentido común, la moral e
incluso la ley internacional; por eso se retuerce ésta hasta que diga lo
que no dice, se adornan horrendas acciones con bellas palabras y se
miente una y otra vez hasta que no queda nadie vivo ni valiente –o loco-
para oponerse.
Los muertos, las violaciones de todo tipo y las mentiras son detalles
menores a los ojos de los dirigentes de otros países, entre los que
sobresalen los del nuestro, que se sienten tan identificados con esta
nueva era de esplendor del derecho, que han colaborado en el éxito mundial
del modelo democrático estadounidense.
Cuando no salen -o hacen escalas- esos vuelos desde nuestros aeropuertos,
se envían soldados a colaborar en la guerra contra el terror en Afganistán
y otros países; cuando no se acepta a excarcelados de Guantánamo, que
permanecen aquí sin conseguir justicia ni reparaciones, sino en un limbo
legal contrario a sus derechos humanos, se envía a agentes de los
servicios de inteligencia a conferenciar, cooperar y estudiar con sus
colegas al otro lado del Atlántico; cuando el presidente del gobierno no
celebra entusiasmado el último premio Nobel de la paz regalado al Atila
del siglo XXI (al parecer destacó el «interés altamente estratégico» del
premio y dijo que los objetivos de Obama «son positivos para el mundo
entero»), se pone a pergeñar una alianza de civilizaciones que no ha
salvado la vida de un solo niño afgano, pero que le ha conseguido una foto
más con el anticristo de la diplomacia mundial, el secretario general de
la ONU, Ban Ki Moon.
A la vista de lo que ocurre hoy se ve que la crueldad y el absurdo van en
aumento desde los tiempos de Sacco y Vanzetti.
Zinn explica la situación de aquél momento:
“un tipógrafo llamado Andrea Salcedo que vivía en Nueva York fue
secuestrado por los miembros del FBI (uso la palabra «secuestrado» para
describir la detención ilegal de una persona), y retenido en la planta 14
de las oficinas del FBI del Edificio de Park Row. No le permitieron llamar
a su familia, amigos, o a un abogado, y fue interrogado y agredido, según
un prisionero compañero. Durante la octava semana de su encarcelamiento,
el 3 de mayo de 1920, el cuerpo de Salcedo fue encontrado en el pavimento
cerca del Edificio de Park Row y el FBI anunció que él se había suicidado
saltando de la ventana de la habitación en que estaba custodiado. Fue dos
días antes del arresto de Sacco y Vanzetti.”
Y relata la respuesta popular ante los dos asesinatos que estaban por venir:
“Miles se manifestaron, marcharon, protestaron, no sólo en Nueva York,
Boston, Chicago, San Francisco, sino también en Londres, París, Buenos
Aires o África del Sur. No era bastante. En la noche de su ejecución,
miles se manifestaron en Charlestown, pero fueron mantenidos lejos de la
prisión por una multitud de policía. Se arrestaron a los manifestantes.
Había ametralladoras en las azoteas y grandes reflectores barriendo la
escena. Una gran muchedumbre se congregó en Union Square el 23 de agosto
de 1927. Después de medianoche, las luces de la prisión oscurecieron y los
dos hombres fueron electrocutados.”
Así es, la manifestación de protesta de la gente no fue bastante para
salvar a los dos anarquistas y lo mismo ha sucedido con los que han muerto
desde entonces. Más de ochenta años y millones de crímenes después, salta
a la vista por qué Sacco y Vanzetti empezaron a ir armados cuando se
enteraron del fin de Salcedo y por qué las manifestaciones y las protestas
no pueden contra las ametralladoras.