
Antonio Rodes
Me contaron una historia. Ocurrió en época de la presidencia de Aznar con ocasión de una de las recepciones que el Rey da en el Palacio de Oriente. La vajilla y la cubertería eran las de las grandes ocasiones. Ana Botella se encaprichó de una cucharilla de café. Instó, con la tozudez e intensidad que la hicieron famosa, a su marido para que cogiera una. El presidente, aturdido por la insistencia de su mujer, buscó un momento de cierto despiste general para echarse al bolsillo superior de la chaqueta el pequeño pero preciado objeto del deseo de su esposa. Marta Ferrusola, sin embargo, la mujer del gran Jordi Pujol, siempre tan atenta a todo lo que oliese a transacción, castigó repetida e insistentemente los tobillos del molt honorable. «¿Has vist, Jordi, has vist? Jo també vull una cullereta, jo també vull una cullereta». El president Pujol, abrumado y con todos sus tics en estado de alerta, trató de contenerla. «Marta, si us plau, Marta, si us plau!».
Finalmente, toda resistencia resultó vana. Entonces, el astuto Pujol hizo sonar repetidamente con una cucharilla dos copas a modo de campanilla y cuando concitó la atención de los comensales, mostrando la cucharilla en una mano y una servilleta en la otra, dijo: «Aquí una cullereta, aquí una servilleta. Cubro la cullereta con la servilleta. Meto la cullereta y la servilleta en el bolsillo superior de mi chaqueta. Saco la servilleta», y enseñando la servilleta vacía -nada por aquí, nada por allá- remató, «¿y dónde está la cullereta?É en la butxaqueta del Asnar», dijo mientras metía su mano en el bolsillo superior de un turbado Aznar que veía cómo el hábil Pujol le sacaba la cucharilla que se había agenciado a instancias de su mujer y la mostraba al asombrado auditorio.
¿Que no es verdad? Pero es veraz. Retrata razonablemente bien las tipologías de ambos dirigentes. Aznar, un tipo hosco. Pujol, un prestidigitador.
Lejos del Palacio de Oriente, en Elche, también se producen episodios de esta guisa. Por ejemplo, el caso de la declaración del patrimonio de los concejales.
Ustedes, me perdonarán, pero vaya coñazo. ¿No habría forma de acabar ya con esto? Veamos, la sagaz Mercedes Alonso, en el legítimo y muy hosco ejercicio de oposición que decidió acometer en este mandato municipal, exigió a los concejales de la mayoría que hiciesen públicos sus bienes. Éstos, en un alarde de reflejos políticos que se echa de menos en otros temas, recogieron el guante y plantearon que la idea era tan buena que no debiera quedarse sólo en ellos sino que todos los concejales debieran hacer una sesión de striptease patrimonial. Y se lanzaron al escenario con sus declaraciones.
Sin embargo, a la hora de votar esta propuesta, a la portavoz popular le sobrevino un repentino y oportuno achaque de vejiga y cambió el salón de plenos por el lavabo, lugar sin duda más apropiado para asuntos de naturaleza terrenal. Y aún parece perdurar tal achaque. Enseña tú el patrimonio que a mí me da la risa. El PSOE, claro, ha decidido no soltar el bocado. A día de hoy, los comentarios insisten en colocar a la buena de Mercedes Alonso como la feroz guardiana del recato patrimonial. Otros concejales populares no lo entienden. Al resistente Emigdio Tormo por subirse al escenario y hacer públicos sus bienes le cayó un expediente. Así de grave se considera la transparencia en ese partido. El propio Manuel Latour quedó con el culito al aire hace quince días anunciando que en una semana se haría la declaración patrimonial de los populares sin que hasta hoy haya sido posible.
La portavoz popular debe tener un sentido calderoniano de los bienes materiales. Debe pensar que, como el honor, el patrimonio es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios.
A mí todo esto me tiene ya hasta el gorro. Qué quieren que les diga. Llegados a este punto, espero que tenga un patrimonio incalculable. Que posea inmensos latifundios, minas de oro y brillantes, yates de lujo, que tenga más dinero que la reina de Inglaterra y más riquezas que la reina de Saba. Confío en que nos ahorre a los ilicitanos el fiasco de encontrarnos sólo con unos terrenillos en espera de recalificación. Sería de mal gusto. Al pueblo -y, sobre todo, al votante valenciano- le gusta que sus dirigentes sean indecentemente ricos para poder así sublimar su cada vez más lamentable pobreza. Es más, a falta de declaración de bienes, propongo un concurso público de estimaciones a ver quién se acerca más al caudal patrimonial. Sería un ejercicio excitante para la imaginación.
Lo que no me parece a la altura del muy exigente público ilicitano es que este espectáculo se caracterice por la falta de sutileza. Pretender descubrir el tesoro en el bolsillo ajeno sin dar pistas del bolsillo propio es un ejercicio brillante. De los de quitarse el sombrero. Pero requiere un escenario adecuado, algo más glamouroso que un lavabo. Y requiere estilo. Cierta destreza en el ejercicio de la prestidigitación. Destreza tan necesaria en la política. Aquella que, de manera tan genial, poseía gente como el ilustre mago Pujol.
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