Por Pelao Carvallo

En la experiencia de alquilar, las inquilinas e inquilinos conocen historias
injustas de todo tipo.

El mango siempre estuvo allí, venía con la casa y durante este verano, al
dejar caer sus frutos destrozó el tejado. Las lluvias, más fuertes este año, encontraron poca resistencia en un tejado ya carcomido por la fruta y ramas caídas del árbol. Julieta, la inquilina, reclamó ante la Inmobiliaria pero no hay caso; según el contrato todo lo relacionado con árboles, plantas y jardinerías es responsabilidad de la inquilina. Sobre reparaciones de techos se puede conversar… pero es una situación especial, la inmobiliaria tendría que ir a ver y decidir.

Julieta ya ha escuchado eso antes, cuando reclamó por caños rotos, cables eléctricos que se incendian, sanitarios que se descomponen, pintura que se descascara y cae, humedad acumulada y mucho más. Siempre la misma respuesta:
irán a ver y decidirán. Pero nunca han ido, ni siquiera cuando se alquiló:
fue un acuerdo entre ella y el anterior inquilino que formalizaron ante la
inmobiliaria. Sí no hubiese sido así, Cristian, el inquilino anterior, no
hubiese recobrado la garantía depositada ante la inmobiliaria; de hecho, la
garantía no la recuperó de la inmobiliaria, sino de Julieta.

Para Cristian y Julieta la posibilidad de no recuperar la garantía forma
parte del conocimiento estándar de cualquier inquilina. Por más que la
propiedad esté en iguales o mejores condiciones que cuando fue alquilada, el
monto de garantía, bajo cualquier excusa o sin ellas, queda en manos de la
inmobiliaria. Y cuando es directamente el dueño quien alquila, para este
tema y otros, la situación es la misma.

Casas y departamentos pintados al agua sólo para que la pintura dure entre
que una inquilina desocupe y otra habite la vivienda, sanitarios reparados
con cinta adhesiva o con estanques y canillas de plástico del más barato,
techos destrozados de los cuales no se avisa (la muestra de las viviendas
nunca se ofrecen bajo tormenta), cuentas anteriores impagas, medidores
robados, alcantarillas colapsadas, edificios no habilitados por la
municipalidad, ascensores que no funcionan, pagos obligatorios a guardias
privados son experiencias que forman parte del manual histórico de la
inquilina asuncena.

Experiencia histórica que comprende la falta absoluta de derechos
reconocidos tanto por el estado paraguayo, como a nivel departamental o
municipal. Las pocas oficinas de derechos del consumidor del país no están
habilitadas para atender problemas entre inmobiliarias e inquilinas. Por
otra parte las inmobiliarias se dotan de abogados y matones para solucionar
los conflictos en el peor de los casos y de sordera, paciencia e impunidad
en la mayoría de ellos. Solas ante la ley y el mercado las inquilinas han de
luchar por sobrevivir a la voracidad de las inmobiliarias y a la inseguridad
de las viviendas.

Susana y Roque alquilaron una casa en altos y para acceder a ella hay que
subir una escalinata de concreto que, poco a poco, ha ido perdiendo en uno
de sus lados adquiriendo una fisonomía estrambótica y dificultando el acceso
a las amistades mayores o con problemas de movilidad de quienes les visitan.
Para la inmobiliaria que les alquila ese no es un problema. En el manual de
sobrevivencia de las inquilinas, el primero de sus párrafos indica que -para
dueños e inmobiliarias- cualquier cosa es alquilable, cualquier cuchitril es
vivienda y las inquilinas han de acomodarse a cualquier cosa.

Prisciliano, un profesional asunceno de 30 años, desesperado tras
divorciarse llegó a alquilar para vivienda un salón metálico de 2×3 cuyo
cierre metálico era puerta y ventana única. Sólo podía estar ahí unas horas
al día: literalmente, quedarse en ese salón más allá de las 9 de la mañana
significaba arriesgarse a sufrir quemaduras de alto grado… ser horneado
vivo… ¿el baño?: compartido. Prisciliano debía subir el cierre metálico,
bajarlo por fuera, llavear, dar unos pasos, llamar a una puerta para poder
acceder al baño al que tenía derecho.

En la experiencia de alquilar, las inquilinas conocen historias y viviendas
de este tipo por cientos: departamentitos de planta alta con escaleras tan
estrechas que una persona muy alta o muy gruesa lo tiene imposible para
entrar en ellos. Departamentos donde el ideal es que la inquilina casi no
pase en casa o, al contrario, no salga de casa más allá de las 8 de la noche
y no llegue antes de las 6 de la tarde y por las mañanas que salga desde las
5 y 30 y hasta las diez. Ojalá sin visitas y por supuesto nada de fiestas ni
compañías. Casas viejas sin mantenimiento alguno, que se caen a pedazos. En
todos los casos y casas las inmobiliarias son una oficina destinada a
recaudar dinero y dar un comprobante a cambio. Para nada más existen. En la
práctica, las inmobiliarias estafan a los propietarios dejando arruinarse
las viviendas en alquiler y bajo su administración y depredan a las
inquilinas con alzas desproporcionadas y comisiones por gastos
administrativos. Uno de los trabajos de las inmobiliarias es preparar los
contratos de alquiler. Lo de preparar es un decir: nada más deben cambiar
ciertos datos en contratos-tipos de varías páginas que estipulan con detalle
que la inmobiliaria no es responsable de nada y que los gastos correrán
todos a cuenta de las inquilinas, quienes en su calidad de tales, por
ejemplo, ni siquiera pueden conseguir líneas en Copaco puesto que Copaco
sólo considera cliente potencial al propietario de la vivienda donde se
instalará la línea.

Los precios de los alquileres no se fundan en la realidad sino en el deseo.
Fabiana alquiló un departamentito hace tres años a guaraníes 250.000. Al
poco tiempo se mudó de ciudad y este año, al volver, intentó alquilarlo.
Imposible, el alquiler alcanzaba los guaraníes 500.000. Un alza del 100 por
ciento en tres años, que supera ampliamente el IPC acumulado en el período.
Libre mercado o más bien, libre especulación sin lógica alguna. Según el
barrio, según el humor de la inmobiliaria o las pretensiones del
propietario, las alzas son siempre desproporcionadas respecto a cualquier
indicador económico racional. Tal vez hay un solo indicador que funciona: Si
la posible inquilina es extranjera y según su acento y nacionalidad los
precios tenderán a ser doble o triplemente altos respecto a lo que cobrarían
a una nacional. Para ello las inmobiliarias se amparan en la total ausencia
de protección a los derechos de las inquilinas. Esta ausencia de protección
se debe, en parte, a que en el Congreso son todos propietarios y ninguna es
inquilina.

Hoy, algo de esto parece empezar a cambiar: algunas inquilinas comienzan a
asociarse para obtener derechos y apoyarse mutuamente. Vecinos de Asunción
de toda clase comienzan a oponerse a la fiebre especulativa propiciada por
la intendencia y el gobierno bajo la excusa del Bicentenario y Asunción
Capital. Algunas casas abandonadas comienzan a ser okupadas para resolver la
ausencia de viviendas y la falta de espacios culturales. La inquina contra
las inquilinas no persistirá más que lo que las inquilinas, organizadas,
permitan que persista.