Vivimos en un tiempo convulso donde las ideas no resisten el paso de los días mientras la información circula a través de los medios de propaganda y de las redes sociales esbozando un cambio paradigmático que se perfila con nitidez en el horizonte de los aconteceres humanos. La historia contemporánea discurre así tan velozmente que se resiste a ser narrada con palabras y se resigna a conformar una descripción mediante imágenes fragmentarias que se suceden sin tregua, sin darnos siquiera la posibilidad de conocer sus argumentos. Por eso ahora tienen más valor aún las ideas y conclusiones que son fruto de una larga meditación sobre un pasado lleno de sabiduría, quizás también por esa urgente necesidad identitaria que ahora tan a menudo nos asalta, en medio de un acontecer donde las viejas referencias ya no nos sirven y donde aún no se perfilan bien los rasgos de un nuevo paradigma.

Emilio González Ferrín, quizás seas tú uno de los intelectuales que más ha insistido en la necesidad de interpretar nuestra historia yendo más allá de la exhaustiva descripción posmoderna, historiográfica y deconstructiva, uno de esos investigadores comprometidos con y por la memoria que más abogan por la historiología, por una hermenéutica de la historia, que ha querido y quiere pasar de qué al para qué, más allá del juego de salón en que se ha convertido la tarea intelectual de nuestro tiempo.

He leído con pasión tu Historia General de Al Ándalus, en la que propones una lectura abierta de nuestro pasado. Se trata de una obra que, retomando, entre otras referencias ‘paralelas’ los viejos hilos argumentales de Castro y Olagüe, se adentra en una visión comprometida con nuestra memoria, con nuestros aciertos y fracasos colectivos y que, en mi opinión, vincula muy bien ese pasado con ciertos aspectos de nuestra realidad contemporánea. Entre sus capítulos y párrafos podemos vislumbrar, a través de una ‘lógica borrosa, difusa y abierta’ los grandes traumas históricos que han ido condicionando nuestra forma de ser y de pensar, hasta el punto de constituir complejos que, como comprobamos a menudo, parecen conformar barreras que, aún siendo más o menos inconscientes e invisibles, son duras e inamovibles, difíciles de superar en muchos casos.

Saboreando tus reflexiones, a veces me ha venido la idea, como me ocurre al contemplar con una cierta distancia la tarea de Mansur Escudero en su interlocución institucional, de que en ellas se aborda una especie de ‘psicoterapia de estado’, de revisión de esas barreras inconscientes, de poner el dedo en una llaga que aún duele y dificulta nuestra conciencia, nuestras vidas, nuestras identidades.

¿Por qué nos duele tanto esa historia?

— Porque se piensa que uno es lo que viene siendo, en lugar de cuanto quiere para sí en el futuro. En España se entienden las patrias como obligaciones pasadas, en lugar de deseos futuros de vida en común. En ese sentido, nuestro “nacionalismo” es meramente deportivo: no queremos vivir de acuerdo con cuanto realmente somos o podemos ser, sino de acuerdo con la imagen onírica que tenemos de cuando –nos cuentan- hemos sido “ganadores”. La historia nunca se lee a beneficio de inventario (“a ver qué puedo aprender de los genes que llevo”), sino al servicio de una extraña “razón de Estado”. Un Estado como obligación, en lugar de cómo iluminación, pesa demasiado.

¿Por qué los viejos mitos e interpretaciones siguen siendo tan inamovibles después de tantos siglos? ¿Quiere eso decir, tal vez, que somos iguales a nuestros ancestros, que tenemos los mismos intereses, los mismos problemas, que nos asaltan los mismo miedos? ¿Por qué persisten tanto esas visiones?

— Yo diría que los mitos son inamovibles porque no dejamos que hable la historia libremente, sino que la interrogamos, al modo policial. No se busca el “cómo debió ser”, sin más, sino que inducimos una “declaración oficial”, al precio que sea. Por encima de todo, la característica principal de esa “declaración oficial” es el clásico: “yo no he sido”. Es decir, en España, todo –lo malo y bueno- parece que siempre vino de fuera, ya sean fenicios y griegos, romanos o árabes, ya sean erasmistas, krausistas, afrancesados, americanizados o terrorismo internacional. Aquí nadie asume nada como propio.

En esta tierra que comienza a redescubrir a otras culturas debido, entre otras razones, al incremento y diversificación del flujo de información y a causa del fenómeno migratorio, cada día nos encontramos con noticias que nos hablan de exclusión y rechazo, pero también de convivencia. Se advierte, a menudo, un sentimiento neurótico de amor/odio, de atracción y rechazo. ¿En qué medida ha influido e influye la historia ‘oficial’ de Al Ándalus en la percepción que tienen hoy los andaluces del islam y de los musulmanes?

— El español ve el “convulso mundo islámico” que aparece en la televisión –nunca sale un musulmán yendo a comprar el pan sonriente, sino siempre cabreado contra alguien-, y se resuelve una compleja ecuación: “yo no quiero ser así; me dicen que estos siempre han sido así, me dicen que mis abuelos fueron así, esos no son mis abuelos”. El sentido del “no habitamos nuestra historia” que planteó Américo Castro estriba en eso: no admitimos que la historia es movimiento, que es acumulativa, que no se puede elegir a un solo abuelo, en detrimento del resto.

¿Qué aspectos son, a tu juicio, los más problemáticos?

— Probablemente, Al-Andalus ha sufrido dos envites muy perniciosos para la habitabilidad de nuestra Historia: el nacional-catolicismo de Felipe II –heredero del “cierre de España” de sus abuelos-, empeñado en erradicar lo que se presentase como heterogéneo –es el triste tiempo de las expulsiones-. Se forja el mito de una esencia reconquistadora que, por lo mismo, debe partir de una invasión conquistadora. El otro envite es el orientalismo africanista del XIX y principios del XX: esa proyección folklórica de lo andalusí para justificar la invasión del norte de Marruecos en el entendido de que “sois nuestros, porque de algún modo fuimos como vosotros, cuando éramos primitivos”. Ese colonialismo torticero recibió el alimento de muchos intelectuales hasta forjar un cierto imaginario folklórico de lo andalusí reflejado hasta en nuestra arquitectura: las cosas serias –juzgados, palacios de congresos- que parezcan romanas, y las cosas informales y lúdicas –casinos, estaciones de tren- que se decoren “a la oriental”. La folklorización de nuestro pasado, sólo a la espera de los enfrentamientos contemporáneos.

Estamos asistiendo a un claro proceso de renovación del pensamiento islámico en el contexto de una profunda crisis de civilización y de valores, intensificada por la globalización. Se habla con toda naturalidad entre los musulmanes de derechos humanos, de feminismo islámico, de iÿtihad, y de muchas otras cuestiones que hasta hace pocas décadas eran consideradas tabúes en el contexto de unas sociedades oscurantistas que han vivido sumidas en la edad media. Las revoluciones árabes han destrozado muchos estereotipos. ¿Cómo valorarías el proceso que están viviendo las sociedades de mayoría musulmana, eso que se ha dado en llamar ‘primavera árabe’?

Creo que es una oportunidad de oro “hacia dentro” –la reclamación de mayores libertades, al precio que sea- y “hacia fuera” –en un tiempo que vive de la imagen, ver a esos musulmanes luchando por un mundo más libre resulta un imperativo poético.

¿Qué puede aportar el islam en dicho proceso, en el contexto de la globalización?

En mi opinión, el islam es una primera gran globalización. Técnicamente, surgido en un entorno de parcelación dogmática y “juridización” de la vida religiosa en Oriente Medio, el islam se presenta como una genial simplificación, una “apertura del pueblo elegido”, rompiendo con el mito de la salvación genética de los pueblos. Es el ser humano el responsable de su futuro, no el hecho de estar o no en unas tribus determinadas. Creo que esa universalización sigue siendo válida. La verdadera ética islámica, contenida en esa genial obsesión de que todos somos lo mismo, todos somos uno –tawhid-, es de una modernidad sorprendente, y puede circular por el mundo a la velocidad de las redes sociales.

Existen grandes diferencias en la forma de vivir e interpretar el islam, dependiendo del contexto sociocultural donde se inserta. El islam de las minorías, en Europa y en EE.UU., está mostrando una gran capacidad de renovación y adaptación contextual, proponiendo soluciones inéditas a muchos problemas contemporáneos y favoreciendo nuevas lecturas que nos hacen vislumbrar un cierto renacimiento intelectual, artístico y cultural. ¿Crees que el islam que surge entre esas minorías puede hacerse extensivo al conjunto de la Ummah, que sus propuestas podrían ser válidas en los países de mayoría musulmana?

Yo creo que sí. Sin embargo, tampoco hay que cerrarse al proceso de ejemplo contrario. A menudo, la reflexión sobre un islam perfectamente válido para cualquier tiempo y lugar no proviene de minorías occidentales, quizá demasiado obsesionadas en mantenerse a una distancia diferencial con respecto a un entorno no necesariamente islámico, y sí de países de mayoría musulmana, en los que se da por sentada la “normalidad del islam” se debate sobre la “normalidad de la modernidad”.

¿Cómo ves el resurgimiento del islam en la andalucía contemporánea?

— Considero que es una prueba evidente de dos cosas: por una parte, la facilidad globalizadora de ese islam ético, apto para todo tiempo y lugar, que puede dar sentido a la vida de muchos hombres y mujeres que no lo encuentran en sistemas quizá demasiado dogmáticos y soberbios en sus relaciones con las minorías. Por otra parte, y dado que la península ibérica fue mayoritariamente musulmana en el pasado, ese resurgimiento entronca también con una nada desdeñable reubicación psico-sociológica de mucha gente que no puede participar de unos proyectos de Estado excluyentes.

¿Cómo caracterizarías la experiencia del islam de los nuevos musulmanes, andaluces? ¿Qué pueden, a tu juicio, aportar estas incipientes comunidades?

La experiencia de los musulmanes andaluces no debería tampoco depender demasiado del pasado –en mi opinión-. El citado resurgimiento del islam en Andalucía tiene una parte positiva –es indudable que ese resurgimiento ha dado sentido a la vida de mucha gente- y una parte negativa: a menudo, tal resurgimiento se rodea de una cierta rémora de aislacionismo que convierte a las minorías musulmanas en poco visibles; quizá demasiado “sectarias”. Yo comprendo el deseo de “alejarse del mundanal ruido”, pero me gusta saber de musulmanes y musulmanas que lo llevan con orgullo en su natural vida pública, como en tantos otros países “occidentales” con minorías musulmanas perfectamente asimiladas. Por otra parte, yo nunca consideraría en bloque a las “minorías musulmanas”, porque hay una diversidad impresionante en ese apartado.

Se habla frecuentemente del anquilosamiento de las instituciones educativas, del desfase existente entre la enseñanza ‘moderna’, cuya metodología es un desarrollo de las pautas que se formularon en el siglo XIX, y esas otras formas de acceso al conocimiento que hoy se abren paso al hilo de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Tú estás viviendo de cerca esa problemática que, seguramente, tendrá una clara incidencia en tu trabajo como investigador. ¿Podrías decirnos algo sobre esta cuestión?

— Creo que la enseñanza y educación en España sigue el modelo del Tercer Mundo: en cualquier país africano se estudia ingeniería, medicina o derecho, pero sólo en Oxford y Cambridge puede uno especializarse en –por ejemplo- urdu, nepalí, o religiones comparadas. Nuestro modelo de Universidad se va asemejando a lo más negativo que decía Ortega y Gasset sobre la enseñanza superior: creamos formación profesional, en lugar de formar al profesional.

¿Cómo describirías el panorama académico de la Andalucía contemporánea?

En ese sentido, las universidades andaluzas avanzan a requerimientos empresariales: ¿Qué va a construirse un avión europeo? Pues se fomenta hasta la saciedad la ingeniería aeronáutica, aunque no quede presupuesto para –por ejemplo- filología italiana. Creo que avanzamos hasta una sociedad de “bárbaros tecnológicos”, y eso pasará factura. Al unirlo con una determinada “historia oficial” escrita por dogmáticos ideólogos de un régimen determinado, eclosionará una sociedad que difícilmente sabrá ni de donde venimos ni a dónde vamos.

Hashim Cabrera

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