
En las muy difíciles circunstancias actuales hay que precaverse contra la ilusión de los remedios fáciles y espontáneos. Un caso histórico de mucha entidad nos ilustra al respecto. En su obra principal, De gubernatione Dei, compuesta en los años 440-450, Salviano de Marsella analiza con rigor la descompuesta sociedad de los años postreros del imperio romano. En ella describe un estado de cosas que tiene muchos puntos en común con lo que ahora estamos viviendo (y mas aun con lo que, probablemente, se hará realidad en un futuro no lejano). Por ejemplo, cuando expone que “la indiferencia y la pereza, la negligencia y la glotonería, la embriaguez y el embrutecimiento reinan en todas partes”, y que las gentes están dominadas por “una profunda somnolencia” que las hace indiferentes y pasivas
a lo que no sea la búsqueda ansiosa de satisfacciones sensuales, de
entretenimientos y diversiones soeces, lo que llevaba a la clase gobernante
a entregarse a “orgias frenéticas” mientras todo se derrumbaba a su alrededor.
Denuncia, asimismo, la carga insoportable de los impuestos sobre
las masas populares; las atrocidades cometidas por el ejército, devenido
en una gran turba de saqueadores, violadores y asesinos; la reducción de
una buena parte de la población aun libre al estado servil; la perfidia de
los gobernantes y de los gobernados, de los amos y de los esclavos (de estos manifiesta que “son parecidos a sus dueños o peores que ellos. A decir
verdad, generalmente son peores”); la pasmosa crueldad que caracteriza
las relaciones interpersonales; los descomunales gastos suntuarios de las
clases privilegiadas en medio de la miseria popular, o el general abandono
de las actividades intelectuales y del espíritu.
(…)
Volviendo a nuestro tiempo, cabe enfatizar que los muy perfectos
modos de sometimiento y subhumanización de la revolución liberal se
diferencian de los del pasado preliberal en que no pretenden meramente
contener y reprimir a un sujeto agente, grupal o individual que se ha
constituido con suficiente autonomía y que en unas circunstancias determinadas
se levanta contra las instituciones despóticas, sino que dan un decisivo
paso más.
Consiste en que, valiéndose de los múltiples aparatos de
inculcación y moldeamiento puestos a punto por la modernidad, penetra
en el interior mismo de la persona para, vaciándola de sustancia propia,
rehacerla al cien por cien y de arriba abajo en conformidad con los intereses
de las minorías organizadas estatalmente, para hacer de ella un ser solo
humano en apariencia o, si se prefiere, un individuo rigurosamente reificado
que, de manera inherente y constitutiva, sea incapaz de querer ser
y ser por si mismo, así como de proponerse metas y fines diferentes a los
que convienen e interesan en cada circunstancia a la minoría gobernante.
Tal es la esencia de la “democracia” contemporánea y tal es el primer
problema que hemos de resolver quienes consideramos necesario, con razones
bien fundadas, realizar una renovatio mundi o, por decirlo con un
lenguaje actualizado, una revolución democrática, civilizatoria, positiva,
causa y al mismo tiempo consecuencia de lo mas importante por si y por
sus efectos: “los progresos del espiritu”5.
5. Expresión tomada, aunque modificando su significación, de Discurso preliminar sobre la Enciclopedia
de J. D’Alembert.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).