De donde se concluye que la esperanza de que el Estado “limite” u “ordene” el capitalismo es solo un desvarío de la mente, pues el imperio estatal será tanto mayor y más solido cuanto mas robusto y generalizado sea el modo de producción que le proporciona los fondos, el equipo técnico y las armas, en nuestro tiempo el capitalista.

Dicho enfoque queda avalado por el hecho histórico indubitable, ya expuesto, de que en todas partes fue el ejército, que es la sustancia misma del aparato estatal, la principal potencia agente de la revolución liberal instauradora del capitalismo.

Una deducción más es que el vigente modo de producción no tiene al mercado como principal sistema organizador, pues dicha función la realiza
el Estado, quedando aquél como instancia subordinada y secundaria, si
bien importante. Tampoco son las pretendidas “leyes de automovimiento”,
como supone C. Marx, las que dan cuenta del modo de ser y evolucionar
del capitalismo. El análisis fáctico muestra, más allá de toda duda, que
esto queda explicado por los intereses estratégicos del ente estatal y por
la legislación positiva que este promulga y hace cumplir coercitivamente.

En verdad, el capitalismo es un modo de producción tan endeble y problemático,
a causa de su artificial naturaleza, que no pudo nacer y existir
sin el decisivo obrar del Estado y que en los momentos críticos, cuando se
desploma en sus crisis periódicas, necesita de una intervención gubernamental
a gran escala, mucho mayor de la habitual, jamás pequeña, para recomponerse
y continuar. Por ello, cuanto más poderoso es el Estado más
solido y extenso es el capitalismo que le sirve, de manera que la estatolatría
“anticapitalista” de cierta radicalidad izquierdista que lo espera todo del
intervencionismo estatal no tiene mas fundamento que la mercenaria fe
socialdemócrata que inspira a sus ideólogos.

Finalmente, hay que advertir
que el análisis marxista del modo de producción capitalista está, en lo
que más importa, equivocado, precisamente porque ignora la terminante
intervención estatal en la economía, así como en la creación y mantenimiento de las condiciones de todo tipo en que se sustenta la existencia del
capital.

(…)

La economía contemporánea, por tanto, no es ajena a la acción totalizante
del Estado, y no puede serlo. Las teorías que asignan a la revolución
liberal la intención de constituir un ámbito para lo económico desvinculado
del artefacto estatal y sometido en exclusiva a la acción del mercado
son literatura propagandística. Las instituciones liberales al mismo tiempo
que ponen fin a ciertas formas antiguas de intervencionismo, tan aparatosas
como desfasadas e inefectivas, amplían, multiplican y refinan los
procedimientos a través de los cuales alcanzan a dirigir en última instancia
el conjunto de la vida económica. Para ello se valen, en mayor medida
que antaño, del mercado, que lejos de ser “libre”, ajeno a la influencia del
Estado, es un mecanismo con el que éste realiza sus propósitos de la mejor
manera posible. Sintetizando lo que acontece, puede decirse que la acción institucional, de naturaleza múltiple, establece el sustrato y fundamento
de la vida económica mientras que el mercado, operando sobre él y desenvolviéndose
en el marco por él acotado, culmina la ejecución del proceso
interviniendo en las fases finales y mas llamativas, siempre en el sentido
prefijado por los factores de determinación inicialmente establecidos.

Tal sistema, dual y complejo, integra en si grados variables, según las
circunstancias, de legalidad y espontaneidad, de forzosidad y dejar hacer,
lo que optimiza los resultados, tanto para el ente estatal como para
la clase empresarial. Similarmente, en la formación de los precios existe
libertad tanto como obligatoriedad, libertad en el ámbito de las disposiciones
establecidas por la autoridad política. Por ello, mercado y precios
se expresan siempre como factores de naturaleza política en última instancia,
dado que su existencia y modo de operar están subordinados a los
designios últimos, inamovibles en su esencia, establecidos por la maquina
de gobierno; a saber, alcanzar el poder total sobre la masa preterida, en lo
económico-laboral tanto como en lo político-jurídico.

Ha de ser recusada la creencia de que Estado y mercado son realidades
ajenas o, peor aun, enfrentadas 13, pues la propiedad privada capitalista y
el mercado no se hubieran constituido, más allá de un punto y afianzado
hasta imponerse por completo sin la decisiva acción del Estado, que los
instituye coercitivamente removiendo con notable efectividad, como ya
demandó Jovellanos (alto funcionario del Antiguo Régimen declarado
“benemérito de la Patria” por las cortes de Cádiz) en su crucial “Informe
en el expediente de ley Agraria” de 1795, los muchos y formidables “estorbos”
limitantes de su desenvolvimiento. Si el Estado no hubiese realizado tal tarea, el capitalismo seguiría siendo hoy una realidad dispersa y discontinua,
débil e inestable, inhábil para avanzar mas allá de un punto.

Nota

13. Una de las manifestaciones del dominio estatal sobre lo económico es el derecho mercantil
que ordena la actividad del mercado desde los intereses del Estado, quien en ésta como en las otras
ramas del derecho hace prevalecer sus apetencias estratégicas por, en ultima instancia, el potencial
de intimidación y coerción física que constituye su esencia, además de por su capacidad para
imponer creencias, promover deseos y forzar conductas a través de sus diversos aparatos para el
aleccionamiento y amaestramiento. El primer Código de Derecho Mercantil español es el de 1829.
Cuenta con 1219 artículos y sigue al Código de Comercio francés de 1807 (aunque se le tiene por
superior y mejor) pero con bastante influencia de la tradición jurídica española. En 1885 se elaboró
un nuevo Código de Comercio, aun hoy vigente. Junto con él existen numerosas leyes mercantiles
especiales, formando una maraña inextricable.


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).