
El significado último de la desamortización civil
Un sucinto balance de lo que significó el expolio ilegítimo de los, más que cuantiosos, decisivos bienes raíces (tierras sobre todo, pero también molinos, lagares, hornos, fraguas, edificios públicos, mesones, etc.) de las comunidades populares rurales ultimado coercitivamente por el régimen liberal surgido de la Constitución de 1812 y perfeccionado por los códigos político-jurídicos fundamentales que le dieron continuación es el que sigue.
La tierra y los otros bienes son poder, en el sentido mas riguroso del
término, y cuando una enorme porción de ellos pasó del pueblo al Estado (quien más se benefició) y luego, la mayor parte, a la burguesía por venta en subasta pública, hubo un cambio cardinal en la balanza de poder entre las instituciones, entidades y clases sociales, produciendo un remozado
aparato estatal, sobremanera fortalecido, una clase burguesa pujante y una
masa popular notoriamente debilitada, lo que formará la naturaleza concreta
del orden político mantenido hasta el presente.
Hay que tener en cuenta que con el fabuloso caudal de recursos monetarios
apropiados en las desamortizaciones, unos 13.000 millones de reales
aproximadamente, desde finales del siglo XVIII hasta finales del XIX, el
Estado se fortaleció no solo en lo numérico sino también, y sobre todo, en el plano de lo cualitativo, reorganizando y multiplicando los cuerpos
de funcionarios, así como sus prerrogativas; expandiendo el ejército y la
marina; fundando más eficaces cuerpos policiales (como la Guardia Civil,
creada en 1844); reordenando los aparatos de educación y adoctrinamiento
que, a poco, pondrían fin a lo que todavía quedaba de la libertad
de conciencia; remozando y ampliando el aparato judicial; instituyendo
los organismos en que se formaliza la dictadura política liberal, el parlamento,
los partidos políticos y el gobierno formalmente representativo; y
otorgando un impulso significativo a la clase burguesa y la industrialización,
por citar lo más importante.
(…)
Por el contrario, el pueblo, al ser despojado, vio disminuida de manera
drástica la capacidad de afirmación y desenvolvimiento de su esencia
concreta en todos los ámbitos; esto es, perdió la sustancia de su libertad.
(…)
La instauración
de la propiedad privada absoluta al modo romanista que imponen
las desamortizaciones liberales ha de situarse en ese marco analítico, dado
que supone un factor de insolidaridad, disgregación y enfrentamiento interpersonal
y grupal de primera importancia, causante de que el Estado,
siempre necesitado de dominar más y mejor políticamente al pueblo, se
valga de él como parte de una estrategia encaminada a la realización del
adagio “divide y vencerás” 42.
(…)
El daño inflingido por las desamortizaciones civiles (las eclesiásticas,
que principalmente tuvieron lugar en 1798 y 1836, son una reorganización
de la propiedad estatal, por lo que tienen un interés menor) no se
reduce a sus aspectos políticos, mucho menos a los económicos. De aquellas
emergen diversas manifestaciones de estados universales de conciencia
y estructuras antifraternales, que van a constituir, andando el tiempo, multitudes
compuestas por seres incapaces de convivir y amar, hechos insociables
a través de la generalización de la propiedad privada, del interés particular y de la imposición general por adoctrinamiento y amaestramiento
del egotismo; seres para quienes el estado “natural” de existencia es la falta
de disposición para estar juntos, cooperar y convivir, siendo sus tristes y
mutiladas vidas solitarias una gran pendencia sin fin de todos con todos;
individuos que con sus comportamientos son la negación de la aserción
de Jenofonte, “la amistad es el mayor y mas dulce bien para los hombres”,
en la que se condensa una de las verdades primordiales sobre la condición
humana 44.
El desmantelamiento a viva fuerza de la sociedad de la convivencia propició
una espiral de aniquilación de la cultura de creación popular, antaño
tan rica y de tan alto nivel cogitativo, emocional y estético, en las formas
de narrativa oral, lírica, música y baile, arquitectura, artes decorativas y
otras formas particulares, con las que el alma del pueblo se afirmaba, auto
educaba y elevaba. 45
(…)
Por encima de todo, la liquidación de la cultura popular es la destrucción
de la capacidad de creación espiritual del pueblo, que pasa de ser sujeto
de saberes a mero objeto pasivo e inerte de la cultura o subcultura que
el poder le proporciona. (…) 47
La conclusión es que las desamortizaciones civiles “absolutistas” y liberales
no tenían, muy probablemente, como meta primera el incremento
de la riqueza, ni la restauración del baqueteado erario estatal, sino que,
como se ha expuesto, pretendían aumentar de manera radical el poder
de intervención y mando del Estado, por si y a través de la desintegración
de la comunidad popular rural, que era su adversario principal al operar
como un efectivo contrapoder que en lo político, jurídico, administrativo,
ideológico y económico limitaba de forma notoria la potestad y regalías
del artefacto estatal, bloqueando o dificultando su expansión ulterior.
Los resultados inducen a pensar que buscaba, asimismo, el colapso de la
Sociabilidad 52 y la general desmoralización de la masa popular rural. La extinción de la confidencialidad y de las estructuras fraternales preliberales
es una de las grandes metas estratégicas de las élites gobernantes de la
modernidad, pues viene a decir que esas solamente tienen enfrente individuos.
Esto es, gentes desorganizadas, divididas y perpetuamente enfrentadas
entre si, lo que las hace impotentes y eleva al máximo su vulnerabilidad
frente a las asechanzas de los poderosos. La insociabilidad impuesta
desde arriba, que es uno de los logros cardinales de las desamortizaciones,
se expresa en el nuevo individuo fabricado por el liberalismo: posesivo,
competitivo, insolidario, egotista y agresivo con sus iguales, excelente
para ser sobresometido y magnífico para hacer posible el mayor bien del
Estado.
Información sobre las desamortizaciones españolas del siglo XIX en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Desamortizaci%C3%B3n_espa%C3%B1ola
42. Los procedimientos por los que el Estado liberal impone el individualismo al pueblo son
numerosos y variados. En el área de lo legislativo esta el decreto de Prohibición de Asociaciones
de octubre de 1820, y el art. 317 del Código Penal de 1822, que declaran fuera de la ley una gran
variedad de asociaciones, cofradías, hermandades y sociedades, con lo que se avanzó hacia la atomización
plena del cuerpo social, estado alcanzado hoy. La pasmosa indocilidad, solipsismo, e
incluso autismo, del individuo medio de la modernidad proviene de ello y no de una fatalidad
inherente a la condición humana. El ser humano que, conforme a lo expuesto por Aristóteles, es
social por naturaleza, ha sido hecho asocial por el liberalismo y el progresismo, de manera que
conquistar la libertad de retornar a ser sociales y sociables, es decir humanos, es uno de los grandes
retos de nuestro tiempo.
44. Una obra clásica sobre esta materia, para la cultura occidental, es La amistad, de Cicerón.
En la misma dirección se encuentran las aserciones, en Empresas políticas de Diego Saavedra Fajardo,
acerca de que «el mayor bien que tienen los hombres es la amistad», hasta el punto de que
«es mas importante la amistad que la justicia, porque, si todos fuesen amigos, no serian menester
las leyes ni los jueces»; fundamental certidumbre capaz de orientar la marcha hacia una sociedad
aestatal y colectivista. En otra dirección véase Políticas de la amistad de J. Derrida, un vitriólico
alegato contra la amistad y el afecto, lógico en una sociedad como la actual, que se estructura exclusivamente
sobre relaciones de fuerza y engaño, con Maquiavelo como santo patrono. La obra de
Derrida manifiesta el abismo de perfidia y demencia en que vivimos, así como la función apologética
de lo existente que realizan los intelectuales-dictadores de moda, a los que no les importa romper
con lo que durante siglos ha sido una línea de pensamiento respetada en la cultura occidental.
45. Un texto bien expresivo es El último tamborilero de Erraondo de Arturo Campión, el erudito
fuerista navarro. Aunque es obra de ficción, recrea con realismo lo que fue el liberalismo triunfante,
como potencia aniquiladora de la comunidad rural (que en ese tiempo albergaba a la gran
mayoría de la población), de la cultura popular y las lenguas diferentes a la castellana (el vascuence
en este caso) y, también, de la naturaleza. La cultura popular, hoy casi inexistente al haber sido
liquidada entre 1750 y 1990, debido a la acción conjunta del «absolutismo», el constitucionalismo
monárquico o republicano y el franquismo, se asienta en un hecho incontrovertible, que si el
pueblo es pueblo y no populacho, es creador de cultura. Cuando lo deja de ser, cuando se reduce
a consumidor pasivo y mudo de las deleznables mercancías fabricadas por la industria cultural
de la modernidad, como sucede ahora, es porque ya no es pueblo y, por ende, es inhábil para la
acción emancipadora. Texto de particular interés es La artesanía rural. Reflexiones sobre el cambio
cultural de Antonio Limón, un reto en algunas materias para el entendimiento mejor preparado.
Expresivo es Cancionero de Castilla de Agapito Marazuela, antifranquista épico y musicólogo enamorado
del universo tradicional castellano. Acerca de la música popular vasca Txalaparta eta beste aldaera zaharrak. Lan erritmoetatik musikara de J. M. Beltrán, y sobre la cultura popular nacional
de Canarias, Folklore de la isla del Hierro. Tejeguate, 20 años al son del tambor de R. Fajardo, así
como El pargo salado: naturaleza, cultura y territorio en el sur de Tenerife (1875-1950) de F. Sabater
(inédito). La lírica popular gallega de tradición oral es investigada en A poesía popular en Galicia,
1754-1885, 2 tomos, de D. Blanco. Sobre la exuberante cultura de las gentes de Cantabria, Tradición
oral de E. Gómez Pellón y otros. Acerca de la vida tradicional catalana, tan concienzudamente
investigada, acaso una de las obras escritas mas significativas sea la de Ramón Violan i Simorra.
Para conocer la magnificencia, funcionalidad y belleza del arte constructivo popular, o arquitectura
sin arquitectos, consúltense Arquitectura tradicional de Castilla y León, 2 tomos, de F. Benito, y
Arquitectura popular española de C. Flores. Como síntesis, resulta pintiparada la aserción siguiente,
que se encuentra en Los desiertos de la cultura. Una crisis agraria de S. Arauz de Robles: «si el
hombre es el objeto de la cultura, y la calidad del hombre el índice de la calidad de esta cultura,
entiendo que en el campo ha existido una verdadera cultura». Un texto con testimonios gráficos
que muestran la alegría de vivir y la contagiosa vitalidad del mundo rural popular tradicional antes
de ser aniquilado por la modernidad es La huella de la mirada. Fotografía y sociedad en Castilla-La
Mancha, 1893-1936 de P. López Modéjar.
47. Expone S. Arauz de Robles en Los desiertos de la cultura. Una crisis agraria, que en la sociedad
rural tradicional, extinguida hace solo unos decenios, el ser humano era capaz de ≪llenar sus
ocios ‒abundantes‒ y de convertirlos en algo positivo sin utilizar medios materiales, sin consumir
bien alguno≫. En la actualidad sucede justamente al revés, los ocios se hacen algo sobremanera
negativo utilizando una enorme masa de medios materiales y de servicios, consumiendo desaforadamente.
52. Un testimonio de los efectos de la mecanización de la agricultura en los años sesenta del
siglo XX, que es un momento avanzado de la larga y tortuosa aplicación del programa jovellanista,
lo proporciona M. Solé i Casanoves, agricultor, en Feines i eines del camp de la Segarra. Expone que
de la comparación del mundo agrario no mecanizado ni sometido a productos químicos con el
actual, es dado realizar el siguiente balance (en catalán en el original: ≪no entrare en la polémica
sobre si el sistema [actual] es mejor que el otro, ya que los dos tienen cosas buenas y malas. Ahora
bien, en tiempos de la agricultura tradicional, la gente cantaba incluso trabajando, reía y cuando se
encontraban dos o tres por el camino, se detenían a charlar; en cambio hoy, todos van pendientes
del trabajo, serios y a lo suyo (…) si a eso añadimos el despoblamiento de los pueblos, o al menos del
mío, la convivencia ha desaparecido casi del todo y es lamentable≫. Una sociedad de seres tristes y
depresivos que no saben hacer mas que un trabajo monótono y degradado; que no hablan porque
no piensan, ni consiguen alcanzar estados de ánimo distendidos (salvo con el alcohol, los psicofármacos
o las drogas ≪ilegales≫); que no son capaces ni desean relacionarse con sus semejantes;
tal es uno de los principales ≪logros≫ de la modernidad. Dar con los orígenes y los causantes de ello,
aplicando el criterio indagatorio de los juristas romanos, qui prodest? (¿a quien beneficia?),
no es difícil.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).
Las desamortizaciones del siglo XIX: aniquilación de la propiedad comunal y de la cultura popular
Me parece una reflexión muy interesante, muy en línea con lo expuesto en anteriores entregas de este mismo libro. En este caso se ofrece un resumen muy ilustrativo. El expolio de propiedad rural comunal (una buena parte de la base material con la que las comunidades no urbanas garantizaban su supervivencia autogestionaria) por parte del estado, logró debilitar a esta parte –en aquella época mayoritaria- de la población en lo material, consiguiendo además socavar su autoorganización, fuese cual fuese, e imponiéndose finalmente (el estado) como autoridad externa a todos los efectos. Es la viva crónica de la destrucción de la democracia, entendida ésta como la capacidad de las personas y grupos de autogestionar sus propias vidas. Crónica a su vez de la edificación del actual sistema de dictadura de unas pequeñas minorías sobre el resto, desde la propiedad de la riqueza y con la ayuda imprescindible de la institución del estado.
No digo que lo que hubiere antes fuese una perfecta democracia, pero en tanto y en cuanto era cada comunidad rural quien más o menos se autoorganizaba en lo político y en gran parte de lo económico, estaban puestas unas bases nada despreciables para profundizar cada vez más en ella.
Muy interesantes también las reflexiones sobre consecuencias de todo esto a nivel cultural. Como la cultura deja de emanar de la gente y acaba siendo impuesta desde fuera (una imposición más), y cómo la sociabilidad y la vocación comunitaria va quedando destruida en pro de una sociedad fuertemente individualista. Pueden ser ideas sueltas y no desarrolladas suficientemente en este resumen (en el libro se desarrollan más estas y otras ideas) pero a mí me resulta que todo encaja perfectamente. Salut.
Las desamortizaciones del siglo XIX: aniquilación de la propiedad comunal y de la cultura popular
Este texto me a parecido super interesante, me ha hecho sentir rabia y aumentar el desprecio hacia el estado, creo que necesitaba leerlo. Trabajemos las relaciones sociales.