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Como en la inversión exacta y horrorosa de una fábula infantil, Anders Behring Breivik reemplazó un viernes en la apacible Noruega al guardián alerta en el centeno para rescatar a los niños de un accidente y, luego de detonar un coche bomba en el distrito político de Oslo, se dirigió hacia un camping juvenil en la isla de Utoya, disfrazado de policía con patéticas condecoraciones caseras al hombro («Cazamarxista»), decidido a atraer y luego a fusilar a cualquiera que le saliera al paso. La única opción para sus azorados blancos era esconderse bajo los cadáveres, refugiarse en una cueva, treparse a los árboles, conseguir un bote o arrojarse al lago. Anders susurraba «no sean tímidos, vengan a mí, yo los cuidaré» y luego aullaba «todos merecen morir» y remataba con un segundo disparo a los agonizantes, buscándolos entre las rocas o en el agua helada.
Ante la mayor masacre de la historia noruega ejecutada (al menos visiblemente) por un solo hombre, el primer ministro de ese país donde parece que nunca pasa nada más que buenas estadísticas declaró que Breivik había convertido un paraíso en un infierno. Como si el infierno no se cocinara a fuego lento en las entrañas mismas de lo que parece ser un paraíso. No tenemos noticias de un francotirador haitiano que se cobre casi cien vidas en Puerto Príncipe. El hambre debilita y desgasta y es en las sociedades opulentas donde surge, para estremecer, el justiciero mesiánico que acumula seis toneladas de fertilizantes en su granja «bio» para volar los edificios de gobierno o el escolar apático que recibe un arsenal por correo para volarle los sesos a sus compañeros de escuela. No son hechos aislados.
Breivik dejó servida la explicación a cualquiera que intente abordar su caso, desde cualquier disciplina, al transcribir en su cuenta de Twitter la frase de John Stuart Mill: «una persona con una convicción equivale a la fuerza de 100.00 que solo tienen intereses». Breivik, un conservador cristiano, tenía la convicción de que debía barrerse el marxismo y el Islam de Europa y el suficiente narcisismo descontrolado como para considerar esa limpieza su misión estelar. Si una convicción es en definitiva un pasión que dota a la vida de sentido, Breivik estaba tan desbordado de sentido que resolvió entregar su vida (y acabar con decenas en el proceso) en nombre de su convicción.
El marxismo todavía infunde miedo (ese ateísmo, esa vocación de dar vuelta las reglas del juego …) y el Islam es la religión amenazante y en competencia, con sus propios fundamentalistas armados dispuestos a estrellarse en avión contra una torre. Breivik es la evidencia de un terrorismo rubio sin turbante, pulcro y de extrema derecha, que encuentra en ese «extremo» la razón de vivir y de matar. ¿Qué convicción podríamos oponerle a Breivik, en tiempos signados por el supuesto fin de la historia y las ideologías y entregados a la anestesia continua del consumo?
¿Cuántos niños de Oslo leen o dibujan o miran una hormiga o un pájaro con una intensidad tal que marcará irreversiblemente sus pupilas? ¿Cuántos sienten que no podrían vivir sin escribir, sin deletrear el catecismo del cine que interroga, sin cantar, sin abismarse en el silencio de los animales o en el sencillo tacto de los prójimos? ¿Cuántos vibran de la cabeza a los pies en nombre de pasiones menudas que justifican la existencia y que por sumatoria de experiencias quizá puedan cambiar sus desastres?
Esas pasiones menudas, que anhelan compartirse sin el veneno de la imposición, son la cueva y el árbol, el lago y los botes, el tejido que anuda, sin retener ni presionar, a cualquier sociedad que pretenda no parir un Breivik. No son solo un escudo o una escapatoria en la isla donde el cazador acecha, sino la única manera, quizá, de vivir sin durar y rechazar, por el puro placer de seguir explorando lo que el otro alumbra, la mera idea de darle y darse muerte.
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