Llegados los años sesenta de la pasada centuria, el orden constituido necesitaba autoascender y mutar a una forma más perfecta de dominación, basada en la instauración de siete innovaciones cardinales:

1) Confinamiento en masa de la juventud en el sistema educativo y académico;

2) instauración de “la sociedad de la información” madura, como frenesí del aleccionamiento;

3) establecimiento de la sociedad del espectáculo en su expresión mas perfeccionada;

4) culminación de la construcción del Estado de Bienestar con sociedad de consumo y hedonismo obligatorio;

5) liquidación definitiva de los residuos axiológicos, éticos, convivenciales e incluso económicos del pasado que dificultaban la concentración y acumulación del capital tanto como un nuevo salto adelante en el dominio
efectivo del aparato estatal;

6) conversión aun más degradante del régimen
de trabajo asalariado, y

7) asestar un golpe definitivo a la calidad y
valía, todavía subsistentes, del sujeto medio en los países ricos.

Dado que
todo ello encontraba fuertes resistencias, de naturaleza muy variada y a
menudo bastante difusa, en las gentes, se fueron impulsando desde las
instituciones diversos sistemas de creencias e ideas, de emociones y pasiones,
de autores y textos, de artistas y expresiones estéticas, de movimientos
políticos y sociales, que tenían un programa y unas metas coincidentes, en
los que la influencia de la teoría crítica [“Escuela de Fráncfort”, especialmente. N. de T. ] era notable, de manera que ésta fue
llamada a movilizarse activamente a favor de la renovación de lo constituido.

Central en tal estrategia fue el hedonismo, como renuncia a la libertad;
desdén por la verdad; estímulo del consumo y nueva ideología oficial del
artefacto estatal en su fase de Estado de Bienestar; promotora del tipo
más perfecto de conformismo político, y creadora de un nuevo sujeto caracterizado
por su inespiritualidad, sumisión, irreflexividad, amoralidad,
insociabilidad, avidez, banalidad y baja valía humana. En esa coyuntura lo propugnado desde hacía mucho por los teóricos del “pensamiento
negativo” se ha convertido en ideología de masas debido al obrar de las
instituciones y algunos de sus miembros (Marcuse en particular) en personalidades
mediáticas conocidas en todo el planeta.

De ese modo, bajo
los estandartes de la “revolución total”, el orden constituido va a alcanzar
en los años sesenta y setenta del siglo XX nuevas y colosales cotas de poder,
lo que lo sitúa en la casi realización completa del programa máximo
de la revolución liberal, a la vez que vilifica de manera más eficaz aún a
los dominados. Ahora bien, la victoria del criticismo constituyo asimismo
su práctica liquidación, pues una vez que sus valores, convenientemente
adaptados, se hicieron institucionales y dominantes, se banalizaron tanto
como, en un sentido menor, fueron puestos en evidencia.


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).