
Sabiduría rusa: desobediencia
Kaosenlared
La genialidad de los buenos escritores, en este caso León Tolstoi, está en que pueden decir las cosas profundas de modo ameno, las cosas sabias de modo engañosamente sencillo, las cosas valiosas de un modo casi ingenuo.
El libro “La ratoncita niña y otros cuentos”, colección Torre de Papel, editorial Norma, incluye leyendas tradicionales, fábulas e historias cortas escritas por el autor de La Guerra y la Paz.
La editorial responsable de la edición en español, en una colección de cuentos para niños, menciona que en 1992 obtuvo la mención Fundalectura como uno de los mejores libros juveniles, y la colección es recomendada para “mayores de 9 años”, pero la lectura por adultos de estos cuentos puede hacerse desde la mejor perspectiva de los buenos libros, como los de Robert Graves o de Mircea Eliade, por decir dos casos: Algo de la sabiduría del pueblo ruso, y de muchos pueblos, se refleja en sus páginas.
Desde las reflexiones que están generando en el mundo los movimientos de los pueblos, como en México el amplio movimiento por la paz, contra la violencia y la militarización, destaca particularmente un cuento, el número 13 y último del libro, titulado “Emiliano el trabajador, y el tambor vacío”.
Es una historia que desnuda la naturaleza del poder autoritario y su fragilidad. Los antagonistas son Emiliano, un mujic, un campesino ruso, y un zar, es decir el poderoso (zar deriva de césar), el déspota oriental.
El mujic tiene la fortuna de casarse con una mujer bella (y mágica), que simboliza las raíces, su madre es la madre tanto de los mujics como de los soldados del zar, “quien lloraba y no mojaba sus dedos con saliva, sino con lágrimas de sus ojos”, en su oficio de hilandera, ya se sabe desde la mitología griega el simbolismo de las hilanderas.
El zar quiere matar al mujic para quedarse con su mujer, y sus servidores intentan matarlo con trabajos muy pesados, y cada vez más, condicionados a terminarlos en un día, so pena de ser ejecutado. La mujer anima al mujic a no desmayar, simplemente se levanta cada vez más temprano y siempre termina el trabajo a tiempo. Como se trata de un relato maravilloso, los trabajos son tan grandes como los de Hércules, construye una catedral y hasta un río navegable.
Pero los servidores inventan la orden burocrática perfecta para acabar con el mujic Emiliano: la orden imposible de obedecer es ir a un lugar que no se sabe cuál es y traer un objeto que no se sabe cuál es. Aquí el poder llega a su extrema arbitrariedad, es la violencia desnuda, cualquier lugar al que vaya no será el correcto, cualquier objeto lo mismo, el resultado deberá ser que el mujic muera y el zar se quede con la viuda.
El cuento alcanza sus más profundos niveles simbólicos en este viaje. La esposa le dice que vaya a buscar a la madre, la que “moja sus dedos no con saliva, sino con lágrimas de sus ojos”. El objeto clave para identificarse es una rueca, la anciana le reconoce por la rueca.
En el camino les cuenta a unos soldados la orden arbitraria que recibió. Los soldados, hijos de la misma madre llorosa que los mujics, le dicen: “Nosotros mismos, desde que somos soldados, vamos allá, sin saber a dónde, y no podemos llegar, y buscamos algo, sin saber qué, y no encontramos nada.”
El objeto maravilloso que la madre llorosa de mujics y soldados le manda traer a Emiliano es “una cosa que se escucha más que al padre o la madre”. Un símbolo de la más grande obediencia. Resulta ser un tambor. Recibe la instrucción, cuando el rey rechace la cosa: “la golperás, irás al río, la romperás y echarás al agua”.
Al entregarlo al zar, que ya ha llevado a la esposa del mujic a su palacio, le dice el déspota: No es ese el lugar ni es ese el objeto. El mujic toca el tambor y todos los soldados lo siguen, al llegar al río rompe el tambor y todos desertan.
El zar teme entonces al mujic, así que deja ir a su esposa con él y no vuelve a atacarlos.
Sabiduría campesina rusa: La madre de los mujics y los soldados es la misma: Son hermanos. Lo que hace poderoso al rey es la obediencia, superior a la que tienen a sus padres y madres. El trabajador puede hacer mucho, levantarse más temprano, construir más, pero cuando el zar y sus sirvientes dan una orden arbitraria, imposible de obedecer, con el fin de eliminar al mujic y quitarle lo que más ama, el rey abre la puerta a que se rompa lo que lo hace poderoso. Se rompe la obediencia, el objeto que la simboliza es arrojado al río, los soldados desertan, y el zar, ya solo, teme al mujic.
Es históricamente exacto: Tanto en la revolución de los soviets como en la revolución que acabó con la URSS, cuando el pueblo ruso estuvo en masa en las calles, el zar primero, el partido comunista después, ordenaron reprimir al pueblo ruso. Olvidaban que la misma madre, la que “moja sus dedos no con saliva sino con lágrimas de sus ojos” es madre de los soldados y del pueblo. En ambos casos, los soldados desobedecieron.
Por algo Tolstoi es considerado un gran escritor, además de un gran pensador cristiano y anarquista. Su sabiduría alcanzó a ver la fuente de todo poder, lo que se obedece “más que al padre o la madre”. Y el pueblo que recibe órdenes imposibles de obedecer, rompe el tambor vacío, lo arroja al río, y el zar lo teme.
Sin duda el mundo está ahora al borde de esa decisión. Ya construyó palacios, catedrales y ríos navegables, pero no aceptará la muerte y la esclavitud. Tolstoi, el pueblo ruso y muchos pueblos lo saben.
“La ratoncita niña y otros cuentos”, de Tolstoi
no dise nada de la ratoncita niña
siaaaa