
Nos impresiona la lectura de un a frase del artículo de Wyoming: ”Ante la perspectiva de cinco millones de parados y con un futuro incierto en el que un proyecto de vida parece alejarse como la ola que precede al tsunami, la sociedad se vuelve sumisa”.
No podemos leer más, se nos sublevan las neuronas. Aunque sabemos que la frase de Wyoming no deja de ser objetiva y refleja no sólo una gran parte de nuestra sociedad, sino una gran parte de todas las sociedades, algo nos dice que no debería ser así.
¿No debería ser al revés? ¿No tendríamos que rebelarnos, unirnos, ser más creativos, más solidarios y cooperativos ante las situaciones de crisis graves donde nos jugamos la calidad de nuestras vidas, las únicas que tenemos?
Es entendible la desmoralización de los parados de larga duración, pero también es necesario que miremos hacia los demás parados de larga duración y busquemos en la unión la poco o mucha fuerza que podamos tener. Tiene una cierta lógica, perversa y traicionera, que la juventud asuma la imposibilidad de encontrar casa en un mercado donde abundan las desocupadas y con precios desproporcionados porque lo único que interesa es el beneficio de las inmobiliarias y los bancos; pero también es necesario que nos miremos y nos preguntemos qué podemos hacer entre todos para crear alternativas teóricas y prácticas al problema. Es entendible que nos citen para dentro de 6 meses para una prueba médica que es crítica para nuestra salud, lo asumimos como inevitable porque, además, sabemos que a todo el mundo le pasa igual (sólo al monarca, por problemas de seguridad nos dicen, le abren un hospital en fin de semana y en horario intempestivo: lo hace por nosotros, solucionar rápidamente sus problemas físicos hará bien a la imagen de la sanidad); pero también debería ser entendible que además de preocuparnos por nuestra salud (pre-ocuparnos), nos ocupásemos de mejorar el sistema sanitario entre todos los que esperamos y lo necesitamos: reclamar más medios, más recursos, más sanitarios, mejoras en la administración y gestión, mayor implicación de los partidos políticos y los gobernantes, etc.
Sumisión: obediencia, acatamiento, sometimiento, capitulación, rendición. Las dos primeras acepciones son más o menos neutras, las tres últimas contienen una carga negativa de abandono, de entrega, de derrota, de imposibilidad de actuación.
Insumisión: insubordinación, desacato, indisciplina. Las tres acepciones tienen connotaciones negativas, dan la impresión de actuar con injusticia, de actuar contra lo establecido.
¿Actuar contra lo establecido es negativo? ¿Actuar contra las costumbres, las leyes consagradas, las prácticas milenarias, la tradición, las normas económicas, sociales, políticas, culturales ha de ser siempre negativo?
Parece que se nos ha metido en la cabeza con una alta efectividad que cualquier cambio significa peligro, tensión, violencia, riesgo. Parece que hemos de vivir obligatoriamente como lo decidieron nuestros antepasados económicos, políticos, culturales. Aunque si los pensamos más, tampoco fueron ellos quienes decidieron sino sus antepasado, o los antepasados de sus antepasados. Pensarlo más todavía nos llevará a concluir que ni siquiera fueron ellos, al menos no todos ellos. Quienes decidieron fueron los privilegiados de aquellas sociedades, los que sacaban beneficios (más o menos ocultos) por establecer así las normas. Luego heredaron y volvieron a heredar. Ahora heredamos y asumimos.
¿Por qué no tenemos derecho a crear nuestras propias normas, a debatirlas, a retocarlas, a cambiarlas, o, incluso, a decidir dejar las antiguas tras un proceso de análisis, reflexión y debate? ¿Por qué hemos de asumir las leyes heredadas, la economía heredada, la cultura heredada sin análisis, crítica y aportaciones creativas?