En los modos políticos de la dictadura constitucional ha adquirido triste significación la voz «mitin», neologismo procedente del inglés que enseña bastante sobre dos o tres asuntos.

El mitin es lo opuesto a una asamblea, lo opuesto a un concejo abierto, pues en él los jerarcas de los partidos discursean y peroran, mientras que el asistente a tal aquelarre totalitario permanece en silencio, siempre pasivo y en silencio, salvo para jalear a los pontífices partitocraticos. Ello es una dejación de la propia libertad, pues todo sujeto libre debe negarse a asistir a cualquier junta o reunión en la que se le impida el uso de la palabra y se le trate como a un menor de edad al que hay que aleccionar.

En segundo lugar está la cuestión del origen en el idioma inglés de la voz «mitin»,
debido a que en castellano sus equivalentes de facto, arenga o sermón, resultan inconvenientes, el
uno por militarista y el otro por clerical. En nuestra tradición, existe el debate en el concejo abierto
como único procedimiento político a la vez popular, democrático y respetuoso de la dignidad
de las personas, pero esto no es lo que desean los integrantes del conglomerado Estado-partidos.
De ahí que hayan popularizado el anglicismo, lo mismo que han hecho con la voz «líder», excelente
para ocultar el rígido sistema de jefaturas y jerarquías seudoelegidas que vertebra el sistema
político de la «democracia representativa».

Finalmente, está el sentido último de la importación
de términos políticos anglosajones para nombrar realidades ajenas a nuestra historia, como principalmente
historia de las clases populares, mientras que la historia inglesa es, en primer lugar, un
compendio de actos totalitarios, desde la Carta Magna de Enrique III, en 1225 (un documento
tan esclavista y despótico como antiesclavistas y democráticos son nuestros fueros municipales y
cartas de población, al que los cursis, quizá con mayor acierto de lo que parece, consideran como
la primera constitución del planeta), hasta el día de hoy. Ello muestra que en la historia lo que
suele triunfar no es el bien sino el mal, pues porque Inglaterra fue, como Roma antes, la sociedad
sin libertad para el pueblo por excelencia, pudo conquistar y mantener un imperio mundial, de donde sale ahora la hegemonía mundial del idioma inglés que padecemos, situación que a nuestra
aculturada y desustanciada clase media parece de perlas. Para el conocimiento del grado de influencia
ya alcanzado por la lengua inglesa en el castellano, idioma que acaso no sobreviva más allá
de unas cuantas generaciones más, acúdase a “Cómo hablar en español sin pensar en inglés. Ensayo
tragicómico”, colectivo Tándem. Un juicio ponderado, aunque no completo, sobre la Carta Magna
inglesa puede verse en “Las cortes de Benavente. (El siglo de oro de una ciudad leonesa). Benavente:
1164-1230”, de E. Fuentes Ganzo.


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).