
En este artículo se resalta la importancia que tiene el progresivo y necesario deterioro de la mercancía en el sistema capitalista para identificar a éste con el concepto metafísico de Mal.
Estamos seguramente saciados de leer y escuchar discursos acerca de la naturaleza maligna del capitalismo. El pensamiento más apegado a lo inmediato considera bien fundamentadamente al capitalismo como a un sistema económico que acarrea explotación y miseria a los trabajadores. En un nivel más alejado de lo inmediato -pero no menos real y terrible- puede demostrarse que es la causa principal de las hambrunas y las guerras permanentes, así como del deterioro imparable del planeta y de sus recursos.
Pero hay quienes van más allá y consideran al capitalismo no como la causa de éste o de aquel mal, sino como el origen de todo mal, en cierto sentido, el Mal mismo, así, con mayúsculas. Aparentemente esto ya supone caer en una exageración místico-filosófica, quizá muy interesante como eslógan político, pero desde luego muy alejada de la realidad y de lo razonable. De hecho, su grandilocuencia puede resultar hasta ridícula. «¡Viva el Mal, Viva el Capital!» decía la Bruja Avería. El inventor del eslogan para consumo infantil (creo que es Santiago Alba Rico) parece, pues, que siempre ha tenido claro y siempre se ha esforzado en dar a conocer este plano casi metafísico del capitalismo. Es una pena que tan perspicaz denunciador del Mal con mayúsculas no se ponga las gafas de cerca para ver el mal con minúsculas de las bombas cayendo sobre Libia. La frecuencia con la que filósofos y predicadores se elevan a las nubes para escurrir el bulto hace que nos tomemos poco en serio estas afirmaciones, cuyo carácter apocalíptico e inevitable invita, además, a un decadente derrotismo. Y es que ¿cómo va a tener unas consecuencias de índole universal, incluso metafísica, el simple hecho de cómo se organice económicamente una sociedad?
Bien, yo considero que este tipo de afirmaciones están plenamente justificadas, por más que muchas veces se utilicen para justificar lo injustificable. Es verdad que el capitalismo es el Mal con mayúsculas, aunque lo diga el mismo que hablaba de los gritos de alivio y júbilo del mundo árabe ante el genocidio de la OTAN.
1. En el capitalismo todo termina siendo mercancía.
Marx consideraba que la aparente trivialidad de cómo se organiza una sociedad a la hora de producir, por ejemplo, patatas o sombreros, es la que nos da la clave de la sociedad misma. Pero en el sistema capitalista seguramente ese aspecto cobra más importancia que nunca. En el capitalismo ese detalle no solo configura una sociedad: determina a la humanidad entera, a sus ideas y creaciones, a los seres vivos que la acompañan en el planeta, y, en suma, a la totalidad del mundo humano. Esto es debido, como veremos, a que su carácter necesariamente expansivo tiende a convertir a todo lo existente en mercancia.
Trataré de justificar una idea tan aparentemente tremendista en los siguientes párrafos.
2. En el capitalismo las mercancías deben ser cada vez de peor calidad.
El capitalismo ha podido parecer no del todo malo a mucha gente porque es ese tipo de cosas que uno cree que no le afectan. El asalariado que se considera de «clase media», el autónomo o el «pequeño empresario» pueden calcular egoístamente que ellos no son «obreros» y que el capitalismo quizá sea muy malo para los obreros, sí… ¡pero al fin y al cabo con ellos no se porta del todo mal! Ellos tienen sus vacaciones, su piso céntrico y su automóvil de gama media-alta.
Pero el capitalismo es un sistema en continua expansión. Su lógica provoca que cada vez sea mayor la concentración de capital y la depauperación general. Hay mucha gente que cree que ellos están a salvo de esa depauperación y, por tanto, no tienen el menor deseo de cambiar el sistema económico. Esto implica un notable e inmoral egoísmo y considerar las cosas con una perspectiva muy a corto plazo.
Pero existe un aspecto no muy recordado comentado del capitalismo -y que es el que me interesa tratar aquí- que perjudica incluso a los más egoístas y cortoplacistas: el capitalismo no solo es un robo al trabajador, también al consumidor. Uno puede no ser trabajador o no sentirse como tal, pero todos somos consumidores.
La lógica capitalista obliga al capitalista a maximizar los beneficios. Para ello
a) debe (no puede, DEBE) mejorar las técnicas de producción
b) obtener las materias primas más baratas (a ser posible robándolas, como en Libia)
c) pagar a los trabajadores lo mínimo posible
Todo esto tal vez le importe un comino al egoísta y al cortoplacista, pero todo el mundo consume mercancías y por eso todo el mundo se ve afectado por el hecho de que el capitalista también debe engañar lo máximo posible al consumidor, es decir, debe conseguir que éste gaste el máximo de dinero a cambio de menos (en resumen: debe estafarlo.) Necesariamente ello implica una merma de la calidad de los productos . Esta consecuencia es vital y la recordaremos más adelante. La competencia obliga a los capitalistas (cuando ya han ahorrado lo máximo gracias a mejores tecnologías y a materias primas y mano de obra más barata) a aumentar beneficios en lo último que les queda: en las mercancías, que deben ser cada vez de peor calidad. En este contexto pueden ubicarse perfectamente la necesidad imperiosa de las técnicas de márketing y de estafas como la obsolescencia programada o los alimentos transgénicos.
3 –El capitalismo convierte a la necesidad de obtener el máximo beneficio de las mercancías en el único fin universal.
Este hecho es inmoral, inhumano, etc. Pero es que también es sumamente perjudicial -de hecho, a la larga es mortal- incluso para aquellos a los que les traigan sin cuidado estos valores.
Como hemos visto en el primer punto, en el capitalismo todo (objetos, seres vivos y acciones y pensamientos de esos seres vivos) es susceptible de convertirse en mercancía y será convertido en mercancía por la propia lógica capitalista.
Pero el único fin de la mercancía capitalista es la obtención del máximo beneficio. Esto no es así porque los capitalistas sean gente malvada incapaz de tener en cuenta cosas distintas al beneficio. Es una ley intrínseca del sistema: funciona así le guste o no al capitalista. Es algo casi mecánico: si una mercancía no produce beneficio suficiente, finalmente, por las leyes de la competencia, la mercancía deja de producirse. En el mundo capitalista no hay cabida para lo que no es una mercancía que dé beneficios suficientes, para lo que no es una mercancía competitiva. Y como todo se va convirtiendo en mercancía, podemos simplificar la afirmación diciendo que en el mundo capitalista no hay lugar para cualquier cosa que no sea competitiva. Si en el mundo ya no quedan apenas gramófonos, poetas, estudiantes de filología clásica, elefantes, indios sioux o botijos es porque ninguna de estas cosas es competitiva en el terreno de los beneficios económicos. Y éste, el beneficio económico, es el único fin válido.
Así pues, en el mundo capitalista, cualquier fin que no sea el beneficio tiende a desaparecer y, con él, todos los objetos, seres vivos, actividades y pensamientos que existían para ese fin.
¿Cómo funcionaban las cosas antes de que apareciese el capitalismo? En un sistema no-capitalista un producto o un servicio puede generarse por sí mismo. Esto sería una situación ideal. Por ejemplo: un médico cura a una persona con la finalidad de curar a esa persona, es decir, en este caso curar es un fin en sí mismo. En un sistema no capitalista puede ocurrir que el producto sea un fin en sí mismo. Así se garantiza que cuando eso ocurra, el productor lo hará lo mejor que pueda.
Pero no nos engañemos: antes del capitalismo tampoco era lo habitual que las cosas constituyesen un fin en sí mismas. Lo habitual era que los productos fuesen el medio para un fin o varios fines distintos a ese medio. Por ejemplo: un médico podía curar a una persona como medio para obtener el fin de la salvación eterna. O como medio para obtener el fin del prestigio profesional. En estos dos casos la curación es el medio, pero el fin es otra cosa. Es decir, en estos dos casos el fin y los medios no son lo mismo.
Pero esto no es del todo grave. Al fin y al cabo, el médico que cura para labrarse una fama de sabio, cura al enfermo, que es lo que el enfermo necesita. Lo grave es que en algunos casos, el fin y los medios no solo pueden ser distintos sino, además, contradictorios. Es entonces cuando el medio puede quedar perjudicado o incluso eliminado.
Por ejemplo, imaginemos que el médico que buscaba prestigio profesional se encuentre con un enfermo al que se le puede curar o bien con una intervención quirúrgica sumamente complicada y con una posibilidad altísima de riesgo de muerte, o bien con un tratamiento rutinario que palía ligeramente los síntomas y que no comporta riesgos. El afán de prestigio profesional podría llevar al médico a intentar la primera vía y provocar la más que previsible muerte del paciente. En este caso vemos como el fin, bajo determinadas circunstancias, puede impedir que se produzca el medio, a veces definitivamente.
Pero el caso típico, también antes del capitalismo, era que los médicos curaran con el fin de ganar dinero. En este caso también puede ocurrir que el fin entre en contradicción con el medio. Por ejemplo, curar a alguien tan pobre que no pueda pagar el tratamiento supone ir en contra del fin de ganar dinero. Para el médico, curar gratis no solo supone una pérdida de tiempo, sino de dinero, pues ese tiempo lo está perdiendo para curar a alguien que sí le pueda pagar.
Así pues, vemos que también en ausencia de capitalismo ocurre que
a) casi siempre los productos son solo medios para fines distintos a ellos mismos
b) y a menudo fines y medios entran en contradicción.
«Casi siempre» y «a menudo». La diferencia clave con el capitalismo es que ambas cosas ocurren necesariamente. Veámoslo:
El capitalismo tiende, por las leyes peculiares que rigen su lógica interna, a que el beneficio sea siempre y necesariamente el único fin de toda acción y de todo objeto. Por ello, mientras que en los sistemas no capitalistas, a veces las cosas y las acciones podían llegar a alcanzar valor por sí mismas, es decir, ser fines en sí mismas, en el sistema capitalista las cosas con valor por sí mismas no tienen cabida: son excepciones que tienden a desaparecer, pues la lógica expansionista de este sistema económico no tolera nada ajeno a este fin único: el máximo beneficio económico.
4- La necesidad de obtener el máximo beneficio es un fin que termina destruyendo toda mercancía.
Por otro lado, si en los sistemas no capitalistas medios y fines entran en contradicción, pero esto ocurre solo algunas veces, en el capitalismo los medios siempre, por definición, entrarán en contradicción con los fines. Esto es debido a que el fin único es la obtención del máximo beneficio económico. Y este fin único es de tal naturaleza que entra siempre en contradicción con las mercancias de las que pretende hallar beneficio. ¿Por qué ocurre esto?
Como hemos visto arriba, la lógica capitalista necesariamente termina suponiendo la merma de la calidad de las mercancías; esa merma progresiva se hace imprescindible para mantener el fin único: el beneficio. Dicho de otro modo: la necesidad de obtener de ella el máximo beneficio, termina destruyendo a la mercancía. Para seguir con el ejemplo del médico, en el capitalismo, el médico está obligado a no curar so pena de dejar de ser médico: curar ya no es un medio para obtener el fin de un beneficio económico o de cualquier otro tipo, pues el beneficio capitalista, que exige ser progresivamente mayor, es de tal naturaleza que termina volviéndose esencial e irremediablemente incompatible con su medio, que era curar.
Esto es algo trágicamente comprobable en nuestra vida cotidiana. Piense cada uno en sus propios ejemplos y comprobará como, en efecto, se cumple este proceso: el capitalismo va convirtiendo en mercancía cada vez más aspectos de nuestra vida material, intelectual y afectiva. Al convertirlos en mercancias pasan a someterse a la estricta ley del máximo beneficio, la cual deteriora necesaria y progresivamente la mercancía.
5- Por tanto, el capitalismo equivale a la destrucción de todo nuestro mundo.
Es la conclusión que parece extraerse de los cuatro puntos anteriores: la totalidad de nuestro mundo terminará siendo aniquilada mediante este proceso, mediante este sistema económico llamado capitalismo.
Es en este sentido en el que podemos dar la razón a quienes identifican al capitalismo con la destrucción total y con el Mal con mayúsculas. La Bruja Avería tiene razón.
Fuente: http://dizdira.blogspot.com/2011/12/la-bruja-averia-tiene-razon.html