Abelardo Muñoz

Un juez le ha endiñado chaval aun adolescente tres años de talego por el gravísimo delito de ser pillado por la Guardia Civil a la puerta de una discoteca con medio gramo de cristal. El ex presidente del desgobierno valenciano se presenta ante los jueces con una corbata que cuesta más o menos lo que ese medio gramo de anfetamina y sonríe; Jesús, ya que estamos en su aniversario, lo llamaría a esa injusticia sepulcro blanqueado.

Mientras los bandidos que saquean los dineros públicos sobornando a presuntos notables disfrutan de sus libertades condicionales, gracias a la pericia de sus picapleitos (véase la peli de los Coen sobre un barbero) los muchachos que
trapichean porque se niegan a la humillación
de ir a la mandarina a currar
como esclavos, se ven sumidos en un
sistema legal aberrante. Una justicia que
se basa en el dinero que tenga cada
uno.

En estos días, en los que el cinismo
comercial navideño —la utilización de
las patrañas religiosas para hacer
caja— está en su apogeo, miles de personas
viven angustiadas ante la falta de
recursos y la lentitud del estado para
protegerlos. Si cualquiera de esos santurrones
del turrón y misa del Gallo se
parase a pensar un poco, caería en la
cuenta de que la Navidad cristiana está
podrida y su filosofía —que Jesús y
Mohamed plagiaron de Sócrates— no es
más que papel mojado.

Tengo para mí en este penoso asunto
que la película de Berlanga-Azcona-Cassen,
Plácido, es la más acabada descripción
de la miseria católica que predica
la caridad en los púlpitos al tiempo
que apoya la explotación y la traición al
pueblo de Dios en la calle. En el tiempo
del ciberespacio, la biotecnología y los
más colosales avances científicos sobre
la libertad humana, la cultura occidental
sigue con el cuento chino de la Navidad
como si aquí no hubiese pasado nada.
Las colas humillantes de madres desamparadas
frente a los dispensarios de
alimentos gratuitos que ofrecen algunas
iglesias y entidades, como si estuviésemos
en la posguerra, no existen para los
mal llamados dirigentes políticos.

Como
muestra, un ejemplo: cuando la alcaldesa
Rita Barberá o el perpetuo aspirante
socialista, van al Mercat Central a fotografiarse
con las verduleras, están en
rigor oficiando una farsa digna de Molière.
A muy pocos metros de allí, centenares
de abuelos malviven con cuatro garbanzos
en la olla como en tiempos de El
Buscón y las putas de la avenida del
Oeste tienen que matarse con drogas
para soportar la miseria tolerada. En
ocasiones, el estado esposa a las mujeres
de la calle y deja a su aire al chulo
mafioso.

Todo esto no es cuestión de
caridad cristiana-falacia malvada para
maquillar la desigualdad social- sino de
injusticia de mierda. En este contexto,
este año, la frase “felices fiestas” es
indecente. En lo que a mí respecta, prefiero
decirles a los señoritos de misa diaria:que os jodan.

Cartelera Turia.