
Examinemos, aunque de manera harto lacónica, la forma más común de práctica amaestradora y modo de inculcación de hábitos del sujeto común que tiene lugar en nuestra sociedad, el trabajo asalariado (también desempeña una función similar el sistema educativo, en especial, la enseñanza universitaria).
Éste, en puridad, es un obedecer constantemente a otros, día tras día durante lo sustantivo del tiempo de vigilia, año tras año, sin participar en la determinación de la naturaleza, fines, significación y procedimientos del acto productivo, sin poder hacer uso de las propias facultades psíquicas, reflexión y volición sobre todo, ni en sus formas colectivas ni en las individuales.
De ahí resulta un sujeto que ha sido hecho, por unos actos de sumisión repetidos infinitas veces durante toda la vida laboral, ininteligente y torpe en todo, sin voluntad propia e irresponsable, además de forzado a ser egoísta (dar lo menos por lo más, en la medida
que se pueda, es consustancial al salariado, lo que crea también hábito) e
interesado. Asimismo se convierte al asalariado en ente monetizado, hedonista,
pues los placeres de los sentidos son la compensación que se otorga
a quien ha de dedicar lo cardinal de su tiempo y energía a trabajar para
otros, por tanto, a las ordenes de otros, y cosista, además de insociable
en lo que más cuenta.
De todo eso se desprende una declinación, dramática por inexorable,
de las cualidades intelectuales y morales del sujeto, pues el régimen del
salariado es un amaestramiento, durante toda la vida, en los peores disvalores
y en los mas execrables vicios, ocasionando una mutilación constitutiva del sujeto, quizá transgeneracional, que no ha de ser admitida en
una sociedad razonablemente libre. De ahí que ésta no pueda aceptar el
sistema de dictadura fabril asentado en el salario, un régimen de “semiesclavitud”,
según Aristóteles, que crea seres no aptos para la participación
en la conducción de la sociedad conforme a las reglas de la democracia.
En ello reside el aspecto negativo fundamental del sistema asalariado, y
no en la explotación. Ésta, que existe y es muy real, con toda su carga de
daño, no es lo principal. Lo que produce el trabajo asalariado como bien
fundamental para el orden constituido no son mercancías, no es plusvalía,
sino que son seres ¿humanos? aptos, sobremanera aptos, para ser dominados
políticamente. El economicismo de la economía política y de sus
seudocríticos, Marx en primer lugar, pone el acento en los objetos y en los
valores medibles monetariamente, dejando en la sombra lo que es más decisivo:
la empresa capitalista como lugar fundamental de constitución de
un tipo de seres que se adecuan y son útiles a la dictadura política liberal.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).