TENGO LA CABEZA LLENA DE NIÑOS

Tengo la cabeza llena de niños

como un estirón de manga,

un principio de principio, un callejón, una manta,

un cuento, un ojo atento, una mirada atenta,

un beso de cuna y caña.

Tengo la cabeza llena de niños

porque, ¿de qué más puedo llenarla?

Si se caen de la bici son trocitos de hojalata,

si se ponen botas viejas pueden volar en los mapas,

si les escuchas el alma ella te habla y te habla,

porque sólo hay que escucharla.

Cuando les dices adiós, dicen que ya lo esperaban.

Y si les dices “nos vemos” no te creen,

porque de adioses tienen llenita la panza.

Y es que son los niños ricos,

ricos de caras amargas,

ricos en balas de acero, en golpes,

en “me voy a sentir muy solo”,

en patadas, aguas frías y calambres en la espalda.

Tengo la cabeza llena de niños, de dibujos con montañas

al revés, soles en el suelo y plátanos en el cielo.

La tengo llena de mocos, legañas, varicela,

de calcetas de colores y cabezas despeinadas,

la tengo llena de rabia,

nunca quiero vaciarla.

Ojalá tu palabra se haga historia,

tu balbuceo palabra, y el colibrí nos alegre de alas.

Ojalá regales siempre tus flores

y les pidas a tus lágrimas,

que lluevan como petardos

en las calvas, bigotes y alfileres de corbata, de aquellos,

que con el mundo en un puño,

no entienden una palabra.


Este poema lo escribió María Molina al regreso de su primer viaje a México a finales de 1992. Cada imagen tiene un reflejo real, vivido con niñas y niños del DF y de comunidades en Chiapas.