
En los ambientes progresistas actuales, esto es, en los círculos del poder, se presenta al Estado como el “garante por excelencia de la superación de las desigualdades sociales”, el “organismo que asegura el más rápido crecimiento económico posible, en beneficio de todos”, el destinado a “controlar y limitar” el mercado y el capitalismo (algunos llegan hasta a insinuar que puede llegar a liquidarlos), la gran institución que ha de “salvaguardar el medioambiente de la catástrofe que se avecina”, el ente destinado a “realizar la emancipación de la mujer” y así sucesivamente. En suma, el progresismo inviste al Estado con los atributos de la Divinidad, llegando a hacer de él una deidad benéfica sin la que nada podemos hacer los impotentes mortales.
De manera que cuanto más progresista sea una fuerza política, más idealiza al Estado y más coopera en convertirle en un poder absoluto y en constante crecimiento, produciendo una sociedad
con más militares que individuos libres, más policías que personas honradas, más profesores que pensadores, más funcionarios que trabajadores
útiles, más parásitos que contribuyentes al bien común, más derecho que
moralidad y más barbarie que civilización.
La estatolatría de esa izquierda
que sostiene incluso que el Estado nos salva y redime del capitalismo niega
lo observado y padecido desde hace 250 años: que cada paso adelante
del ente estatal exige un nuevo grado de desarrollo del mercado y del capitalismo,
de donde tenemos que su ruidoso “anticapitalismo” es la más rendida apología del mismo.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).