
El jabalí tiene más alta la cabeza que el culo. El cerdo doméstico, por el contrario, levanta más los cuartos traseros que los delanteros. Al fin y al cabo la evolución de este último ha venido impuesta por el precio que toma cada una de sus partes, todas aprovechables, en los mercados. El jabalí es un animal sociable, no entiende de fronteras, aprovecha la noche para desplazarse y siempre lo hace en grupos en los que la hembra de mayor edad y tamaño marca la pauta. A su primo suido, el cerdo doméstico, se le ha ido arrinconando en espacios cada vez más reducidos donde pelea por un centímetro cuadrado con decenas de hermanos, tiene la comida asegurada, pero aun así, es capaz de atacar al resto por ser el primero en llegar a la tolva.
Ambos son tan parecidos que comparten nombre científico, «sus scrofa», aunque los distintos tipos de vida hayan marcado distancias tan sustanciales. Los primeros tienen capacidad para sobrevivir en distintos hábitats, han compensado su mala vista desarrollando una sobresaliente capacidad olfativa que les permite localizar los alimentos necesarios y un notable oído que les sirve a la vez como radar y alarma. Son apacibles pero no dudan en dar la cara si tienen que hacer frente a un peligro.
Los segundos esperan que se lo den todo hecho, no se preguntan de dónde sale el alimento que comen, ni qué méritos han realizado para merecerlos. Acostumbrados al pienso gratuito perdieron las habilidades para sobrevivir en libertad. Gruñen pero no atacan, salvo que tengan claro que su rival es lo suficientemente débil para abatirlo, aunque este rival sea uno de los suyos. Cuando el matarife se dirige a buscar a uno de ellos para darle muerte, el cerdo se esconde en medio de la piara, tratando de pasar inadvertido con la esperanza de que sea otro el elegido, sin saber que tarde o temprano le llegará su San Martín. El mercado necesita su carne.
Pensaba escribir sobre un país que se creyó rico pero me he quedado sin espacio.
Publicado en «El Norte de Castilla» el 21-06-2012. Fuente: http://joaquinrobledodiaz.blogspot.com.es/2012/06/sus-scrofa-domesticus.html
Aquella generación poco preparada
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Luisa levanta la cabeza y observa, obnubilada, la imponente Torre Eiffel. Ella no podría explicar cómo se mantiene en pie ese monstruo de hierro con sus 330 metros de altura. Desconoce el año en que se realizó la Exposición Universal para la que fue concebida, ni siquiera tiene conocimiento de que hubiera habido una exposición universal. No sabe ni una palabra de francés, ni conoce la historia del palacio en el que se asienta el Museo del Louvre, ni sabe que fue eso de la comuna de París, incluso sería incapaz de decir cómo se llama el Presidente de Francia.
Luisa gira la cabeza, frente a sí se levanta una colina en la que destaca una iglesia muy blanca. Su hija le ha repetido varias veces el nombre de la colina, “Montmartre, mamá, Montmartre”. Decide ir, la mañana es agradable y no está muy lejos. Camina hacia allí con la intención de entrar en la iglesia. Pasea por las mismas calles que pisaron Picasso o Modigliani, pero eso ella lo desconoce. En realidad desconoce quién era Modigliani. De Picasso sí podría recordar haber oído el nombre alguna vez. Una vez dentro de la Basílica del Sacré Coeur, deja la sillita en la que su nieto duerme plácidamente, se sienta en un banco y cierra los ojos. Una lágrima va haciendo camino entre los pliegues de su piel. Antonio, su marido, que nunca pisó París, que se fue sin conocer a su nieto, se hace ahora presente.
Allí, tan lejos del pueblo en el que desarrollaron toda su vida, Luisa va coloreando con emociones sus recuerdos: la gris miseria, la blanca ilusión, la verde esperanza, la negra muerte. Su trabajo en el campo, el abandono de la escuela sin apenas haber pasado por ella, sus cinco hijos sacados adelante, una casa por fin digna de tal nombre…
No, no se puede decir que Luisa y Antonio hayan pertenecido a la generación mejor formada de este país. Pero sin carreras, ni másteres, ni más idioma que un castellano que apenas podían escribir, fueron capaces de construirlo desde los escombros.
Joaquin Robledo. Publicado en “El Norte de Castilla” el 5-07-2012