
295. Es el momento de recordar que el gobierno pleno por asambleas soberanas es la única manifestación política de la democracia, sí, pero no se deben simplificar las cosas reduciéndolo todo a la asamblea como acontecimiento formal, pues para hacer de ella una entidad política real
se necesita mucho más, seres humanos dotados de unas cualidades, en la forma de convicciones y de hábitos, que les permitan desenvolverse en las asambleas y en la vida democrática toda, lo que no es nada fácil ni puede resultar de la espontaneidad del sujeto.
Para ello, en primer lugar, es necesario un grado altísimo de sociabilidad y espíritu societario. En segundo, un acendrado amor por el bien público. En tercer lugar, un exquisito respeto y cariño por el otro y un notable autodominio de si.
En cuarto, poseer el difícil hábito de indagar la verdad a través del debate y la controversia, esto es,
por la mutua ayuda e ilustración intelectiva colectiva. Sin ello, un régimen de asambleas o no podrá
mantenerse o se precipitara en el caos, lo que debe exponerse para tratar la enfermedad del simplismo
mental, tan propia de nuestro tiempo, que ansía soluciones fáciles, indoloras, de una eficacia
ilimitada y eternas, esto es, va tras lo que no existe y nunca podrá existir.
Un libro que se ocupa del
análisis del fracaso y descredito del asamblearismo estudiantil en los años sesenta es “Muerte de una
utopía: evolución y decadencia de los movimientos estudiantiles europeos” de G. Statera, obra útil para
contrarrestar a quienes desean transformar el mundo sin transformarse al mismo tiempo a ellos
mismos, para lo que han de considerar que su yo es una causa significativa de mal, lo que esta en
oposición con el victimismo y presuntuosidad del raquítico radicalismo contemporáneo.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).