Se llama “cosmovisión” a una construcción intelectual que ofrece una solución a todos los problemas de nuestra existencia mediante la aplicación de una hipótesis suprema; dentro de la cosmovisión, por tanto, ninguna cuestión permanece abierta y todo lo que recaba nuestro interés halla su lugar preciso. Creyendo en alguna cosmovisión uno puede sentirse más seguro en la vida. Es fácilmente comprensible que poseer una cosmovisión así se cuente entre los deseos ideales de los seres humanos, y para intentar cumplir tal deseo se han dado la filosofía y la religión. De haber una cosmovisión basada en la ciencia, ya se distancia notablemente de la definición anterior, y lo hace por caracteres negativos: la limitación a lo que es posible averiguar aquí y ahora, la tajante desautorización de ciertos elementos que le son ajenos. Si hay una cosmovisión basada en la ciencia, tiene que aseverar que no existe otra fuente para conocer el universo que la elaboración intelectual de observaciones cuidadosamente comprobadas, vale decir, lo que se llama “investigación”; no puede admitir conocimiento alguno por revelación, intuición o adivinación. Nunca se rechazará con la suficiente energía el argumento de que una cosmovisión tan negativa descuidaría las necesidades del alma humana. Espíritu y alma son objeto de investigación científica exactamente como lo son cualesquiera otras cosas ajenas al hombre. La contribución del psicoanálisis a la ciencia consiste, justamente, en haber extendido la investigación al ámbito anímico. Si se acoge en la ciencia la exploración de las funciones intelectuales y emocionales del ser humano –y de los animales-, se demuestra que no surgen nuevas fuentes del saber ni métodos para la investigación. Tales serían, de existir, la intuición y la adivinación, pero es lícito incluirlas tranquilamente entre las ilusiones, los cumplimientos de mociones de deseo. También se discierne con facilidad que aquellos reclamos de cosmovisión sólo tienen una base afectiva. La ciencia toma noticia de que es la vida anímica de los hombres la que crea esas demandas, está presta a pesquisar sus fuentes, pero no tienen el menor motivo para considerarlas justificadas. La investigación del desarrollo individual de los seres humanos nos muestra que la vida anímica se compone de varias piezas: el conjunto de las pulsiones que proceden de la organización corporal congénita –el ello-, la capacidad de autoconservación basada en la percepción del mundo exterior y en las acciones para modificarlo –el yo- y la instancia en la que se prolonga en cada individuo el influjo de la educación recibida en el período de dependencia –el superyó-. Una acción del yo es correcta cuando cumple al mismo tiempo los requerimientos del ello, del superyó y de la realidad objetiva, vale decir, cuando para lograr el placer y evitar el displacer sabe conciliar entre sí las exigencias de cada pieza y a la vez afirmar su propia autonomía. Las llamadas ‘enfermedades mentales’ consisten en un debilitamiento relativo o absoluto del yo -causado por procesos inconscientes-, que le imposibilita cumplir su tarea: se vuelve incapaz de sofrenar las exigencias del ello o queda paralizado para sus otras funciones por las exigencias del superyó. En estos conflictos vislumbramos, a menudo, que ello y superyó hacen causa común contra el oprimido yo, quien para conservar su norma quiere aferrarse a la realidad objetiva. Sobre estas intelecciones se funda la terapia mediante psicoanálisis: se acude en ayuda del yo, debilitado por el conflicto interior. El médico analista y el yo debilitado del enfermo, apuntalados en el mundo exterior objetivo, pactan una alianza contra las exigencias pulsionales y de conciencia moral recibida. En el pacto, el yo enfermo ofrece la más cabal sinceridad, la disposición sobre todo el material que su percepción de sí mismo le brinda, y el médico, asegurando la más estricta discreción, pone a su servicio su experiencia en la interpretación del material influido por el inconsciente e intenta devolver al yo del paciente el imperio sobre jurisdicciones perdidas de la vida anímica. Hay que estar dispuesto a estudiar los logros del arte, de los sistemas de la religión y de la filosofía, pero sería incorrecto consentir la trasferencia de sus demandas al ámbito del conocer: así se abrirían los caminos que llevan al reino de la psicosis, sea la individual o la de masas, y se sustraerían valiosas energías de aquellas aspiraciones que se vuelcan a la realidad efectiva para satisfacer en ella, en la medida de lo posible, deseos y necesidades. Es inadmisible decir que la ciencia es un campo de la actividad espiritual, mientras que la religión y la filosofía son otros tantos, por lo menos de igual valor, donde la ciencia no tiene que entrometerse. Semejante opinión se considera particularmente noble, tolerante, amplia y libre de prejuicios estrechos. Pero comparte todos los rasgos nocivos de una cosmovisión de todo punto acientífica y en la práctica equivale a ella. Lo cierto es que la verdad no puede ser tolerante, no admite compromisos ni restricciones; la investigación considera como propios todos los campos de la actividad humana y no puede menos que criticar sin miramientos cualquier invasión ensayada por otro poder. De los tres poderes que pueden disputar a la ciencia su territorio, el único enemigo serio es la religión. El arte es casi siempre inofensivo y benéfico, no pretende ser otra cosa que una ilusión. La filosofía, basada –como la magia de los pueblos primitivos- en una sobreestimación del valor cognitivo de nuestras operaciones lógicas, no tiene influjo directo sobre la multitud, y aun dentro de la delgada capa superior de los intelectuales interesa a un pequeño número, siendo apenas asible para los demás. En cambio, la religión es un poder inmenso que dispone de las emociones más potentes de los seres humanos. Es bien sabido que en épocas anteriores la religión incluía todo lo atinente a la espiritualidad en la vida humana, ocupaba el lugar de la ciencia cuando esta apenas sí existía, y ha creado una cosmovisión de una consecuencia y un absolutismo incomparables, que, si bien quebrantada, sobrevive todavía. Si uno quiere darse cabal cuenta de la grandiosa enjundia de la religión tiene que evocar todo cuanto ella se propone brindar a los seres humanos. Les da noticia sobre el origen y la génesis del universo, les asegura protección y dicha última en los veleidosos azares de la vida, y guía sus intenciones y acciones mediante unos preceptos que sustenta con toda su autoridad. Así cumple tres funciones. En la primera función, en rivalidad con la ciencia y sus ensayos, satisface el humano apetito de saber. A la segunda función debe sin duda la mayor parte de su influjo: mientras que la religión derrama sobre los hombres consuelo en la desdicha, la ciencia en muchas ocasiones sólo puede librarlos a su penar y no puede competir con ella. Por su tercera función, la de promulgar preceptos, prohibiciones y limitaciones, es por la que más se distancia de la ciencia. En efecto, esta se conforma con indagar y comprobar. Es claro que de sus aplicaciones se siguen reglas y consejos para la conducta de la vida, y a veces los mismos que la religión prescribe; pero, en tal caso, con otro fundamento. El concurso de esos tres contenidos de la religión no es trasparente sin más. Las seguridades de protección y beatitud pueden estar íntimamente enlazadas con las demandas éticas (son el premio por el cumplimento de los mandamientos). Pero cabe preguntarse qué tendrá que ver el esclarecimiento sobre la génesis del universo con la imposición de determinados principios éticos. Sólo se comprende la asombrosa conjunción de enseñanza, consuelo y demanda en la religión cuando se analiza su génesis. La doctrina dice que el mundo ha sido creado por un ser magnificado en todas sus partes –en poder, sabiduría, intensidad de la pasión-, por un superhombre idealizado. Es interesante anotar que ese creador siempre es único, aunque se crea en varios dioses. También que casi siempre es varón, aunque en muchas mitologías desplaza a una deidad femenina, degradada a la condición de monstruo. Reconocemos con facilidad el paso siguiente, en que ese Dios Creador es llamado directamente Padre. El psicoanálisis infiere que el Dios en que piensan las personas creyentes es de hecho el padre, tan grandioso como le apareció otrora al niño pequeño. Así, el hombre religioso se representa la creación del universo como a su propia génesis. La misma persona a quien el niño debe su existencia, el padre (dicho de manera más correcta: la instancia parental compuesta de padre y madre), protegió y cuidó también al niño desvalido. Devenida adulta a su turno, la persona religiosa se sabe en posesión de fuerzas mayores, pero también ha crecido su noción de los peligros de la vida, y con derecho infiere que en el fondo permanece tan desvalida y desprotegida como en la infancia. Por eso tampoco gusta ahora de renunciar a la protección de que gozó; recurre a la imagen mnémica del padre de la infancia, lo erige en divinidad y lo sitúa en el presente y en la realidad objetiva. La intensidad afectiva de esta imagen mnémica y su no extinguida necesidad de protección son las portadoras de su creencia en Dios. De ese modo se explica fácilmente que las seguridades consoladoras se entramen con la cosmogonía. También la demanda ética se inserta sin violencia en esta situación infantil. El mismo padre –la misma instancia parental- que dio al niño la vida y lo preservó de sus peligros le enseñó también lo que tenía permitido hacer y lo que debía omitir, le hizo saber qué miramientos hacia padres y hermanos se esperaban de él si quería ser un miembro tolerado del círculo familiar. Son todas estas constelaciones las que el hombre lleva a la religión. Las prohibiciones y demandas de los padres perviven en su pecho como conciencia moral. Dios rige el mundo con el mismo sistema de premios y castigos; del cumplimiento de las demandas éticas depende el grado de protección concedido al individuo; mediante la plegaría uno se asegura influjo directo sobre la voluntad divina y, así, participación en la omnipotencia de Dios.

Sé que esta explicación psicoanalítica de la religión suscita numerosos interrogantes cuya respuesta conllevará numerosas matizaciones. Pero ninguna de estas indagaciones de detalle, confío, conmoverá nuestra tesis. Es cierto que hubo una época sin religión, sin dioses: en los tiempos del animismo, se creía en seres espirituales que llenaban el mundo –lo que nosotros llamamos demonios-, pero no en un poder superior al que volverse en busca de protección y socorro. En aquella época los humanos confiaban en la magia, precursora de nuestra técnica actual –y de nuestra filosofía- para vencer a las amenazas del mundo. Podríamos imaginar que los humanos se sentían particularmente orgullosos de sus adquisiciones en el terreno del lenguaje, que sin duda trajeron consigo una gran facilidad para el pensar. Conferían a las palabras poderes extraordinarios que se usaban en la magia y que después se extendieron a los dioses de la religión. El logro capital de la religión, comparada con el animismo, reside en la ligazón psíquica de la angustia frente a los demonios. Empero, como un relicto de la prehistoria, el Espíritu Maligno ha mantenido un lugar en el sistema de la religión 1

. El espíritu científico, fortalecido en la observación de los procesos naturales, empezó en el transcurso de las épocas a tratar la religión como un asunto humano y a someterla a un examen crítico. Y ella no pudo resistir la prueba. Primero fueron sus noticias sobre milagros las que provocaron extrañeza e incredulidad, porque contradecían todo lo que la sobria observación había enseñado, y harto dejaban traslucir el influjo de la fantasía humana. Luego no pudieron menos que ser desautorizadas sus doctrinas para la explicación del mundo existente, pues eran testimonio de una ignorancia que llevaba el sello de épocas antiguas, y ahora los hombres, más familiarizados con las leyes de la naturaleza, la sabían superada. Que el universo hubiera nacido mediante unos actos de concepción y creación análogos a la génesis del individuo humano, he ahí algo que ya no parecía la hipótesis más inmediata y evidente desde que el pensamiento se había visto precisado a trazar el distingo entre los seres animados y una naturaleza inanimada. No debe omitirse, tampoco, la influencia del estudio comparado de diversos sistemas religiosos y la impresión provocada por su exclusión recíproca y su mutua intolerancia. Fortalecido con esos ensayos preliminares, el espíritu científico cobró por fin la osadía de someter a examen los fragmentos de mayor valor afectivo de la cosmovisión religiosa. No parece cierto que en el mundo exista un poder que procure con paternal cuidado el bienestar del individuo; los destinos de los hombres no parecen compatibles con la hipótesis de una justicia universal. Las catástrofes no distinguen entre el bueno y piadoso y el maligno o incrédulo. En modo alguno es regla que la virtud sea premiada y el mal encuentre su castigo. Poderes oscuros, insensibles y desamorados presiden el destino humano; el sistema de recompensas y castigos que la religión atribuye al gobierno del mundo no parece existir. Esto da otra vez motivo para abandonar un sector del animismo que se había preservado en la religión. La última contribución a la crítica de la cosmovisión religiosa ha sido efectuada por el psicoanálisis al señalar que el origen de la religión se sitúa en el desvalimiento infantil y todos sus contenidos derivaban de los deseos y necesidades de la infancia presentes en la madurez. Si bien esto no implica refutar la religión, sí constituye un redondeo necesario de nuestro saber sobre ella y la contradice al menos en un punto, pues ella pretende ser de origen divino. He aquí, pues, el juicio sintético de la ciencia sobre la cosmovisión religiosa: mientras que las diversas religiones disputan entre sí sobre cuál está en posesión de la verdad, desde una perspectiva científica hay que tener por nulo el contenido de verdad de la religión. Esta es un intento de dominar el mundo sensorial en que estamos inmersos por medio del mundo del deseo que hemos desarrollado en nuestro interior a consecuencia de ciertos procesos biológicos y psicológicos necesarios. Pero no puede conseguirlo. Sus doctrinas llevan el sello de las épocas en que nacieron, la infancia de la humanidad todavía ignorante. Sus consolaciones no merecen confianza. La experiencia nos enseña que el mundo no es juego de niños. Los reclamos éticos que la religión pretende sancionar piden más bien otro fundamento, pues son indispensables para la sociedad humana y es peligroso atar su observancia a la fe religiosa. Ustedes saben que la lucha del espíritu científico contra la cosmovisión religiosa no ha terminado, sigue librándose en el presente ante nuestros ojos. La primera objeción que se escucha dice que sería temeridad de la ciencia tomar a la religión como objeto de sus indagaciones; esta –se sostiene- es algo soberano, superior a todo entendimiento humano, y no es lícito abordarla críticamente. En otras palabras: la ciencia es, según esta objeción, incompetente para juzgar la religión. Si uno no se deja disuadir por este áspero rechazo y osa preguntar en qué se funda esta pretensión de excepcionalidad entre todos los asuntos humanos, se obtiene por respuesta –si es que se dignan darle alguna- que no es lícito medir la religión con un rasero humano, pues es de origen divino, nos ha sido concedida por la Revelación de un espíritu a quién el espíritu humano no puede concebir. Pero si lo que la ciencia pone en entredicho es la existencia de un Espíritu divino y de su Revelación, es evidente que la disputa no se decide afirmando que eso no se puede discutir porque no está permitido poner en entredicho a la divinidad. Es lo que en ocasiones sucede en la terapia psicoanalítica. Cuando un paciente de ordinario razonable rechaza una determinada indicación con argumentos particularmente tontos, esa endeblez lógica atestigua que su contradicción responde a un motivo de particular intensidad, que no puede ser sino de naturaleza afectiva: una ligazón de sentimiento. También es posible recibir otra respuesta en que ese motivo se confiesa francamente: no es lícito hacer objeto a la religión de un examen crítico, pues ella es el producto supremo, el más valioso y sublime, del espíritu humano, y sólo ella vuelve soportable el mundo y digna del hombre la vida. No hace falta replicar impugnando este juicio sobre la religión; basta dirigir la atención a otro estado de cosas. Cabe señalar que no se trata de una intromisión del espíritu científico en el ámbito de la religión, sino, por lo contrario, de una intromisión de la religión en la esfera del pensamiento científico. Cualesquiera que sean su valor y su significatividad, la religión no tiene derecho a limitar de ningún modo el pensamiento; por tanto, tampoco tiene el de hurtarse a la aplicación de ese pensamiento. El pensar científico no es diverso por su esencia de la actividad normal de pensamiento que todos, creyentes y no creyentes, aplican en sus menesteres vitales. Sólo en algunos rasgos ha cobrado particular relieve: se interesa también por cosas que no poseen una utilidad directa y palpable, se empreña por mantener cuidadosamente alejados los factores individuales y las influencias afectivas, somete a riguroso examen la certeza de las percepciones sensoriales sobre las que edifica sus inferencias, se procura nuevas percepciones inalcanzables con los medios cotidianos y, variando deliberadamente ciertos experimentos, aísla las condiciones de esas experiencias nuevas. Su afán es lograr la concordancia con la realidad, o sea, con lo que subsiste fuera e independiente de nosotros, y que, tal como la experiencia nos lo ha enseñado, es decisivo para el cumplimiento o la frustración de nuestros deseos. Llamamos ‘verdad’ a esa concordancia con el mundo exterior objetivo. Ella sigue siendo la meta del trabajo científico aunque dejemos de lado su valor práctico. Entonces, cuando la religión asevera que puede sustituir a la ciencia y que forzosamente es verdadera por ser benéfica y edificante, ello constituye de hecho una intromisión que debe rechazarse en aras de un interés universal. Es grave cosa ésta de proponer a quien aprendió a conducir sus negocios corrientes según las reglas de la experiencia y bajo miramiento por la realidad el que transfiera el cuidado de sus intereses más íntimos a una instancia que reclama como privilegio ser eximida de los preceptos del pensamiento acorde a la razón. Y en lo que respecta a la protección que la religión promete a sus fieles, se parece a las promesas del conductor de un automóvil que declarase conducir sin cuidarte de las reglas de tráfico, siguiendo los impulsos de su fantasía. La prohibición de pensar que la religión decreta al servicio de su autoconservación, por lo demás, tampoco es inocua, ni para el individuo ni para la comunidad humana. La experiencia terapéutica nos ha enseñado que semejante prohibición, aunque en su origen se limite a determinado campo, tiende a expandirse y luego pasa a ser causa de inhibiciones graves en el modo de vida de la persona. Ese efecto puede ser observado, además, en el sexo femenino, como consecuencia de la prohibición de ocuparse, aunque sólo fuera en el pensamiento, de su sexualidad. Por otra parte, la razón es uno de los poderes de los que con mayor justificación podemos esperar un influjo unificador sobre los hombres, esos hombres cuya cohesión y –por lo tanto- cuyo gobierno son tan dificultosos. Nuestra mejor esperanza para el futuro es que el espíritu científico, la razón, establezca con el tiempo la dictadura dentro de la vida anímica, no el que cada quien tenga su propia tabla de multiplicar y su propio sistema métrico. La esencia de la razón garantiza que no dejaría de asignar su lugar a las mociones afectivas, pero dentro de una unificación entre los seres humanos. La religión no puede admitir que no ofrece la verdad; no puede admitir que ésta sólo procede de la ciencia y que lo que ofrece es algo distinto, algo más hermoso y consolador, una verdad en un sentido superior. No puede presentarse en esos términos porque perdería todo influjo sobre la multitud. El hombre común conoce sólo una verdad, en el sentido corriente de la palabra. No puede imaginar en qué consistiría una verdad superior. La verdad le parece tan poco susceptible de gradaciones como la muerte, y, con la razón de su parte, no puede acompañar el salto de lo bello a lo verdadero. Los seguidores de la cosmovisión religiosa preguntan: “¿Quién es esa ciencia que osa desvalorizar la religión que ha prodigado salud y consuelo a millares? ¿Qué podemos esperar de ella en el futuro? Ella misma confiesa que es incapaz de brindar consuelo. Pero, ¿puede proporcionarnos una imagen coherente del universo, mostrarnos a qué se deben los inexplicados fenómenos de la vida, el modo en que las fuerzas espirituales son capaces de producir efectos sobre la materia inerte? Si lo pudiera, no le denegaríamos nuestro respeto; pero no ha solucionado ninguno de esos problemas. ¡Y cuán ínfimo es el grado de certeza que asigna a sus resultados! Todo lo que enseña tiene sólo un valor provisional; lo que hoy se encomia como sabiduría, se desestimará mañana y a su vez será sustituido por otra cosa sólo tentativa. Así, llama verdad al último error. ¡Y a semejante verdad deberíamos sacrificar nuestro supremo bien!”. Tales reproches son exagerados, con injusticia e intención hostil. Para todo lo que la ciencia ha logrado ha sido muy poco el tiempo transcurrido. La ciencia es muy joven, una actividad humana que se desarrolló tardíamente. Incluso si nos remontamos hacia los comienzos de la ciencia entre los babilonios, no abarcaremos sino una pequeña fracción del lapso que la antropología reclama para el desarrollo del hombre desde la forma primordial antropoide, y que sin duda se extendió por más de cien mil años. Por otra parte, el siglo XIX ha traído consigo tan grande aceleración del progreso científico, que tenemos todos los motivos para aguardar confiados el futuro de la ciencia. Hay que reconocer que el camino de la ciencia es lento, tambaleante, laborioso. Es algo que no se puede desconocer ni modificar. No asombra que los señores del partido religioso estén descontentos; están mal acostumbrados, pues con la revelación divina todo les resulta más fácil. Pero no es cierto que la ciencia marche ciega, a los tropezones, de un ensayo a otro, que permute un error por otro. En general, trabaja como el artista con el modelo de arcilla: modifica sin descanso el esbozo grosero, le agrega y le quita material hasta conseguir un grado satisfactorio de parecido con el objeto representado. En las ciencias más antiguas existe ya hoy un cimiento que sólo es modificado y completado, pero no retirado. Y a pesar de su actual inacabamiento, la ciencia sigue siendo indispensable y no puede ser sustituida por otra cosa. Nada de lo que se diga en menoscabo de la ciencia puede modificar el hecho de que intenta hacer justicia a nuestra dependencia del mundo exterior real, mientras que la religión es ilusión y debe su fuerza a su solicitación de nuestras mociones pulsionales de deseo.

Ningún lector de una exposición de astronomía suele sentirse desilusionado porque se le muestren los límites más allá de los cuales nuestro conocimiento del cosmos se pierde en lo nebuloso. Ninguno desdeñará la astronomía porque se le señalen sus límites. Sólo en el psicoanálisis ocurre de otro modo; aquí sale a la luz en toda su dimensión la constitucional ineptitud del ser humano para la investigación científica. Parece que de la psicología no se piden progresos en el saber, sino satisfacciones de otra índole; se le reprocha cada problema irresuelto, cada incertidumbre admitida. Pero quien ame a la ciencia de la vida anímica, deberá aceptar también tales inclemencias 2

. Hemos de atender ahora a otro fenómeno de cosmovisión que en nuestra época no puede ser ignorado, el marxismo. Las indagaciones de Karl Marx sobre el influjo de las diversas formas de economía en todos los ámbitos de la vida humana han conquistado en nuestra época una autoridad indiscutible. No resulta fácil, ni a los mejor informados, concretar si esas indagaciones aciertan o fallan en los detalles. La forma en que Marx expone la evolución de las sociedades no suena a investigación materialista, sino más bien a un discurso filosófico de raíces animistas que sobreestima el poder de la racionalidad. Desde un punto de vista lego, la formación de clases dentro de la sociedad se reconduce a las luchas sobrevenidas desde el comienzo de la historia entre las hordas humanas separadas por pequeñas diferencias. Las diferencias sociales fueron en su origen diferencias de linaje o de raza. Factores psicológicos, como el placer constitucionales de agredir o la solidez de la organización de cada horda, junto a factores psicológicos, como la posesión de mejores armas, decidían el triunfo. En la convivencia dentro del mismo territorio, los vencedores se convertían en amos y los vencidos en esclavos. Ahí no se descubre ninguna ley lógica de desarrollo de las sociedades, aunque es inequívoco el influjo que el progresivo gobierno sobre las fuerzas naturales ejerce en las relaciones sociales entre los hombres, pues estos ponen al servicio de su agresión y aplican en sus luchas los medios de poder recién adquiridos. La introducción de los metales, del bronce, del hierro, puso término a épocas íntegras de cultura y a sus instituciones sociales. Creo que efectivamente la pólvora y las armas de fuego acabaron con el caballero feudal y el dominio de la nobleza, y que el despotismo ruso estaba condenado ya antes de perder la guerra, pues ningún cruzamiento de las familias dominantes en Europa habría podido engendrar una casta de zares capaz de resistir el poder deflagratorio de la dinamita. Y hasta quizás con la actual crisis económica, que siguió a la Guerra Mundial, se paga el precio por el último, grandioso, triunfo sobre la naturaleza: la conquista del espacio aéreo. La política de Inglaterra se basaba en la seguridad garantizada por el mar que baña sus costas. En el momento en que Blériot sobrevoló el canal en aeroplano se quebró dicho aislamiento protector, y esa noche en que en tiempos de paz y con fines de ejercitación un dirigible alemán voló en círculo sobre Londres, la guerra contra Alemania fue asunto decidido. Tampoco puede olvidarse la amenaza del submarino. Hay que destacar, aunque sea a través de estas pocas puntualizaciones, que el nexo del ser humano con el gobierno sobre la naturaleza, del que toma sus armas para la lucha contra sus semejantes, necesariamente influirá también sobre sus instituciones económicas. La fuerza del marxismo no reside en su filosofía animista de la historia ni en la previsión del futuro basada en aquella, sino en su penetrante demostración del influjo necesario que las relaciones económicas entre los seres humanos ejercen sobre sus posturas intelectuales, éticas y artísticas. Pero no puede admitirse que los motivos económicos sean los únicos que presiden la conducta de los hombres dentro de la sociedad. Ya el hecho indubitable de que diversas personas, razas, pueblos, se comporten de manera diferente bajo idénticas condiciones económicas excluye el imperio exclusivo de los factores económicos. Aún bajo el imperio de la economía, los seres humanos no podrían hacer otra cosa que poner en juego sus originarias mociones pulsionales. El superyó, que subroga las tradiciones del pasado, resistirá siempre durante un tiempo a las impulsiones de una situación económica nueva. El desarrollo de la cultura es muy capaz de influir a su vez sobre los demás determinantes. Si alguien estuviera en condiciones de demostrar en detalle el modo en que se promueven entre sí estos diversos factores, habría completado el marxismo hasta convertirlo en una real y efectiva ciencia de la sociedad.

Con la comprensión del significado de las relaciones económicas que trajo el marxismo, surgió la tentación de no dejar libradas sus variaciones al desarrollo histórico, sino imponerlas mediante una intervención revolucionaria [[Un discípulo repudiado de Freud, Wilhelm Reich, defendió –en su juventud- que era precisamente el psicoanálisis el que justificaba una intervención revolucionaria: dado que una cura psicoanalítica no estaba al alcance de la mayor parte de la sociedad, por falta de medios económicos y de tiempo libre, la salud mental de las masas exigía un cambio social. En esta conferencia Freud omite deliberadamente estas ideas de Reich, que creía peligrosas para el propio psicoanálisis como escuela organizada de pensamiento.]]. Ahora bien, en su realización en el bolchevismo ruso, el marxismo teórico cobró la energía, el absolutismo y el exclusivismo de una cosmovisión, pero, al mismo tiempo, un inquietante parecido con aquello que combatía. Siendo en su origen un fragmento de ciencia, edificado sobre la ciencia y la técnica para su realización, el marxismo bolchevique ha creado sin embargo una prohibición de pensar tan intransigente como lo fue en su época la decretada por la religión, prohibiendo toda indagación crítica sobre sus teorías; las dudas acerca de su corrección son pensadas como antaño las herejías lo fueron por la Iglesia Católica 3

. Si bien el marxismo práctico ha desarraigado implacablemente todos los sistemas e ilusiones idealistas, él mismo ha desarrollado ilusiones no menos cuestionables e indemostrables que las anteriores. Espera alterar la naturaleza humana en el curso de unas pocas generaciones, de suerte de establecer una convivencia casi sin fricciones entre los seres humanos dentro de la nueva sociedad, y conseguir que ellos asuman las tareas del trabajo libres de toda compulsión. Entre tanto, traslada a otros lugares las limitaciones pulsionales indispensables en la sociedad y guía hacia afuera las inclinaciones agresivas que amenazan a toda comunidad humana, se apoya en la hostilidad de los desposeídos hacia los poderosos de ayer. Pero semejante transformación de la naturaleza humana es harto improbable. El entusiasmo con que las multitudes responden a la incitación bolchevique en el presente, mientras el nuevo orden se encuentra inacabado y amenazado desde el exterior, no constituye garantía alguna de un futuro en el que se completará, de un futuro que resarza a sus fieles de las privaciones actuales.

No es dudosa la respuesta que el bolchevismo daría a nuestras reservas. Sostendría: mientras la naturaleza de los seres humanos no se haya transformado aún, es preciso valerse de los medios que hoy obran con eficacia sobre ellos. Para educarlos no se puede prescindir de la compulsión, de la prohibición de pensar, de aplicar la violencia hasta el derramamiento de sangre, y si uno no despertara en ellos ilusiones no podría moverlos a acatar esa compulsión. Y el bolchevismo acaso nos pidiera cortésmente que le dijésemos como sería posible obrar de otro modo 4

. Carecemos de consejo, y confesamos que las condiciones del experimento nos disuaden de emprenderlo; es a hombres sin estos escrúpulos a quienes debemos que, de hecho, se haya realizado ahora en Rusia el ensayo grandioso de un orden nuevo de esa índole.

En una época en que grandes naciones proclaman esperar su salvación de la sola reafirmación de la piedad cristiana, la revolución en Rusia –a pesar de sus desagradables detalles- produce el efecto del evangelio de un futuro mejor. Por desdicha, ni de nuestra duda ni de la fe fanática de los otros surge indicio alguno sobre el futuro desenlace de ese ensayo. El porvenir lo enseñará; acaso muestre que el ensayo se emprendió prematuramente, que una alternación completa del régimen social tiene pocas perspectivas de éxito mientras nuevos descubrimientos no hayan aumentado nuestro gobierno sobre las fuerzas de la naturaleza, facilitando así la satisfacción de nuestras necesidades. Acaso sólo entonces se volvería posible que un nuevo régimen social no se limitase a desterrar el apremio material de las masas, sino que atendiera también a las exigencias culturales del individuo. Pero es indudable que aun en tal caso deberíamos luchar, durante un lapso de longitud imprevisible, con las dificultades que el carácter indomeñable de la naturaleza humana depara a cualquier clase de comunidad social 5

. El psicoanálisis en incapaz de crear una cosmovisión particular. No le hace falta; él forma parte de la ciencia y puede adherir a la cosmovisión científica. Pero esta apenas merece este grandilocuente nombre, pues no lo contempla todo, es demasiado incompleta, no pretende absolutismo alguno ni formar un sistema. El pensamiento científico es todavía muy joven entre los hombres, elevado es el número de los grandes problemas que no puede dominar todavía. Una cosmovisión edificada sobre la ciencia tiene, salvo la insistencia en el mundo exterior real, esencialmente rasgos negativos, como los de atenerse a la verdad, desautorizar las ilusiones. Aquel de nuestros prójimos insatisfecho con este estado de cosas, aquel que pida más para su inmediato apaciguamiento, que se lo procure donde lo halle. No se lo echaremos en cara, no podemos ayudarlo, pero tampoco pensar de otro modo por causa de él. == Practicamente todo este texto es un extracto de ‘En torno a una cosmovisión’, la última de las ‘Segundas conferencias de introducción al psicoanálisis’ que Freud publicó en 1932 -el cuarto y quinto párrafo se han añadido desde otra obra coetánea de Freud, ‘Esquema del psicoanálisis’ (1939), para no dar por descontada la definición de esa escuela de psicología-. Las notas son de quien transcribe, o sea Crates. Los vídeos con actores están tomados de la película yugoslava de Dusan Makavejev ‘W.R. o los misterios del orga(ni)smo’ (1972). Más en Tortuga sobre estas cuestiones: Ser ateo es muy difícil Fe cristiana, Iglesia y poder La guerra revolucionaria es la tumba de la revolución
  1. Freud trató por extenso estos temas en su libro de 1913 ‘Totem y tabú’. Desde entonces la antropología ha crecido mucho y ha “conllevado numerosas matizaciones” a las ideas de Freud, aunque siempre siguiendo la senda que éste abrió con su hacha. ↩︎
  2. El libro en el que Freud desarrolló con más extensión sus ideas sobre la religión es ‘El porvenir de una ilusión’ (1927). ↩︎
  3. Aunque en los primeros tiempos de la Unión Soviética existieron escuelas de psicoanálisis, éste pronto dejó de contar con el respaldo oficial; sin embargo, los psicoanalistas continuaron sus carreras como psicólogos o educadores. La obra de los más renombrados psicólogos de la Unión Soviética, como A. Luria o L. Vygotski, concede un papel al lenguaje y a la elaboración verbal de la experiencia de clara influencia psicoanalítica. Sabina Spielrein, la discípula de Freud que aparece como personaje en la película de David Cronenberg ‘Un método peligroso’ (2011), fue una de las cabezas de la escuela psicoanalítica soviética y trabajó con niños hasta su asesinato por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. John Kerr, ‘La historia secreta del psicoanálisis’ (Crítica, 1995). ↩︎
  4. Ver nota 3 ↩︎
  5. Freud trató estas temas en una correspondencia abierta mantenida con Albert Einstein –en su calidad de militante pacifista: ¿Por qué la guerra? (1932). ↩︎
One thought on “Religión, psicoanálisis, comunismo”
  1. Religión, psicoanálisis, comunismo
    «El psicoanálisis sobrevivió a la guerra. Hoy es un hecho indiscutible. ¡Es más! Ciertas afecciones nerviosas traumáticas -llamadas neurosis de guerra- han convencido a muchos médicos de la realidad de las impre­siones indelebles que van a alojarse en el inconsciente. Estos médicos son los mismos, que, años atrás, habían manifestado su incredulidad. Pu­dieron darse cuenta que no alcanzaba con describir los síntomas neuróti­cos con términos inapropiados tomados de la fisiología, que sólo pueden entender aquellos que aceptan partir a la búsqueda de las motivaciones inconscientes que se esconden detrás.
    Es bastante lamentable que hayan sido necesarios los horrores de la guerra para llegar a esta comprensión, cuando ya hace varias décadas que la técnica analítica ofrece todas las posibilidades de convencerse. La guerra nos develó la verdadera naturaleza humana; no sólo la del enfer­mo, sino también la del sano. Detrás de los ideales sublimes y de los ca­racteres nobles, se oculta la verdadera naturaleza del hombre con un se­gundo plano inexorablemente primitivo que pudieron descubrir los psi­coanalistas al interpretar los sueños, los actos fallidos, los chistes, o tam­bién estudiando las obras de arte, las religiones y los mitos, ¡sin por ello tener que recurrir a la guerra!» (Sigmund Freud, 1918).

    Fuente: http://www.con-versiones.com/nota0491.htm

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