Algunas versiones tardías, entre ellas la española de los años ochenta, definen la institucionalización de las políticas de protección y acción social con la expresión Estado de Bienestar. Fue el PSOE el que se apropió del concepto y, sobre todo al ponerlo en boca de sus casi eternos dirigentes autonómicos y locales, llegó a convertirlo en un estólido sonsonete propagandista y populista que, aunque haya creado identidades de nuevos ricos y simpatizantes electorales, impide hacer a la izquierda social una lectura rigurosa de la realidad y de sus nuevos desequilibrios. En verdad, los mentores del Estado de Bienestar fueron en su mayoría políticos y economistas europeos y norteamericanos de inspiración keynesiana y socialdemócrata, los que acuñaron la experiencia del más rico capitalismo occidental de la segunda mitad del siglo XX con la expresión Estado Providencia.

Pues bien, lo chocante de todo esto, lo que tal vez a muchos cueste creer porque vivimos en un país que se jacta de haberlo estructurado hace cuatro días, es que estamos asistiendo al final de la existencia del modelo de Estado Providencia, colonizado ya como está por las políticas neoliberales de ‘tolerancia infinita’ por arriba, hacia los poderosos, y ‘tolerancia cero’ por abajo, hacia la nueva miseria. El nuevo proceso de expansión capitalista no sólo es económicamente globalizador. Es también socialmente penalizador y punitivo, tanto en el orden planetario como en el seno de las sociedades occidentales, más aún después del 11-S. Por eso mismo se está finiquitando el derribo del Estado Providencia en EE Uu mientras que en Europa se camina a pasos agigantados en la misma dirección, o en todo caso promoviendo una cada vez más cerrada dualidad interna entre ‘satisfechos’ y ‘excluidos’.

Al tiempo que se alienta el miedo social difundiendo discursos basados en la seguridad y el bienestar, en la práctica se sienten de forma desigual los efectos injustos del deterioro y la privatización de los servicios públicos, de la desregulación del mercado de trabajo asalariado, y del impulso de políticas de control social, tolerancia cero y máxima represión hacia la ‘nueva chusma’, la que en la Europa rica está compuesta por los jóvenes y las mujeres de las familias obreras empobrecidas (los ‘fracasados’), las minorías étnicas o religiosas y la paupérrima población inmigrante (‘los otros’). Sin haber llegado nunca al Estado social, según ha documentado Loïc Wacquant, ya se está construyendo un nuevo modelo de Estado desocializado: el Estado Penitencia.

Pedro Oliver es profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha en Albacete