
He tenido que armarme de valor para verla, para ver esta “famosa” película.
Lo he hecho por partes, ya que podría no resistir ver cómo se pisotea lo sagrado. Primero he visto seis minutos. Después he visto toda la película, pero saltándome secuencias.
Me decía que sólo era una película, una película muy mala en términos ‘artísticos’. Pero no se trata de lo artístico, se trata de la creatividad destructiva, y esta película es sólo la gota que colma el vaso, la aguja que rompe la espalda del camello.
El incidente en conjunto –y lo que resulta- merece más atención… Es necesaria cierta distancia, sólo para acercarse a la verdad del asunto.
Es una historia con muchos niveles… Se amontonan niveles, significados, percepciones, discursos, realidades…
Vamos a verlo. Lo primero que me llama la atención es la sobresexualización del “personaje” de Mahoma. No me sorprendo al leer después que cierto americano llamado Klein, quien respalda / apoya / financia la película –los hechos aún no han sido aclarados- hable del Islam como de una religión “orientada al pene”. Mientras el productor de la película –no hay seguridad sobre quién es- lo llame ‘cáncer’.
Se retrata a Mahoma como un bastado lujurioso, un sádico cruel, un pervertido, un homosexual. A los trece minutos de este despreciable sumario, casi cómico pero en definitiva sin gracia, puedes levantarte con la idea de que Mahoma es básicamente un animal y un salvaje, totalmente a merced de los instintos más bajos, una bestia con forma humana. Está es la principal idea de la película. Como corresponde, cualquiera que siga a Mahoma y sus enseñanzas es similar a Mahoma – una bestia con forma humana, un esclavo del pene, un cáncer que debe ser eliminado para la propia supervivencia.
En las primeras protestas perdieron la vida tres o cuatro yanquis, pero también dieciocho ignorados no americanos, entre manifestantes y policías. Cuando esto ocurrió, Hillary Clinton habló de un “pequeño grupo de salvajes”, mientras Obama prometía justicia enviando refuerzos militares y drones a Yemen, Libia y Sudán.
Hay que fijarse en esto: los políticos hablan de bestias, de salvajes… lo hacen como la hace el vídeo. En otros casos de asesinatos masivos, en USA o en Noruega, nadie habló de salvajes. Hillary Clinton, la que anunció el linchamiento de Gaddafi con sonrisa de hiena, habla de salvajes.
Parece de salvajes hacer todo esto sólo por un video. ¿Pero es realmente todo por un vídeo?
Nuestros musulmanes caseros en USA insisten y reinsisten en que todo es cosa de los ‘salafistas’, una rama extrema: esos son los salvajes que hacen todo eso por una película. ¿Pero es todo por una película¿ ¿O tiene que ver con algún mensaje inconsciente que cualquiera puede captar, o con el Imperio USA y sus símbolos? Quizás con las tres cosas, o más.
Dudo de que podáis convencerme de que cientos de manifestantes sean todos yihadistas o salafistas, dudo de que podáis convencerme de que se unen sólo por una película. Un clérigo de Kashmir lo resume bien, y en palabras llanas: es la hora de que USA abandone la región.
No puedes ocupar una región que va de Afganistán a Iraq sin denigrar y demonizar. La película no es un incidente aislado, sino una continuación de la política general en asuntos exteriores de USA.
La tormenta de protestas en torno a embajadas occidentales, la quema de banderas americanas, no son más que un símbolo: no en respuesta a una película que presenta al profeta de todos los musulmanes como un animal y un salvaje, sino a una política exterior yanqui que ha convertido a las personas bajo ocupación y con vidas absolutamente destrozadas en ‘fieras’ airadas.
Pero todo esto tiene más niveles. Ya he hablado de la hipersexualización del Otro, de aquel distinto a Occidente al que se atribuye la violencia. Se puede decir que estas expresiones, u otras como “religión de los culos al aire” –apelando a la postura de oración- no son más que bromas; pero no resultan bromas cuando se las pone en un contexto político e histórico. Entonces resultan armas ideológicas dirigidas contra el otro, y no una broma amparable en la “libertad de expresión”.
Podríamos empezar a dar ejemplos de esto. Podríamos empezar por uno de tantos, Abu Ghraib. ¿Recordáis Abu Ghraib? Yo lo hago. Lo tengo siempre en el fondo de mi mente. Un montón de imágenes asociadas con la Libertad de Expresión y la Democracia, con los Derechos Humanos y con la Independencia. Gente violada entre risas.
Otra imagen, Guantánamo, donde las fieras salvajes son encadenadas, encerradas en celdas de mental, tras barrotes de metal… aunque sean inocentes.
Imágenes que forman parte de la conciencia colectiva, como esta divertida película producida en California.
Deshumanizar y bromear: ¿de esto va la libertad de Occidente? Ésta es una de tantas preguntas a las que tenéis que dar respuesta.
La película ha tenido continuaciones: dibujos en, oh la la, La République, y un montón de carteles paranoicos en el metro de Nueva York, como si los neoyorquinos no estuviesen bastante paranoicos por sí solos.

Hay una gran desconexión entre dos realidades: Oriente y Occidente. Los del otro lado no ven, no sienten, no quieren saber. Gritan islamofobia, se irritan si alguien toca sus velos pero ignoran vuestras voces… Son salvajes completamente incivilizados, no como nosotros, nosotros vivimos con el Hombre Blanco y estamos agradecidos de haber sido aceptados por ellos (y ellas, por supuesto). Todos esos “nativos del Tercer Mundo” que protestan en cincuenta países no entienden nada, sólo nosotros entendemos, entendemos…
Hablamos de una minoría. Salafistas, islamistas, extremistas. Prohibidlos. Si Francia envía cincuenta policías para proteger su embajada de un manifestante, es que necesitamos protegernos de los salvajes. Hombre Blanco ofendido, exclama que eres inocente, señalando a la ira de los salvajes. No tenemos nada que ver con la película. No lo entienden porque son salvajes, mientras nosotros vivimos en la libertad. ¿Por qué no aprenderán de nosotros, pese a todo lo que les hemos enseñado desde la caída del imperio otomano?
¿No habéis aprendido vuestra lección en Iraq? B-52, una buena dosis de uranio empobrecido, bombas de racimo, fósforo blanco, tan blanco como nosotros. Aquí tenemos Guantánamo, aquí Abu Ghraib, Bagram os espera…
Antes, a los islamistas se les llamaba insurgentes o terroristas. Ahora que se les ha alentado en Túnez, en Libia, en Egipto, en Iraq, próximamente en Siria, ahora que se les ha contenido, a ellos y a sus ‘intelectuales’, ahora aún necesitamos extirpar a los elementos “violentos”, los salvajes yihadistas. Necesitamos musulmanes pacíficos, pongamos aquí otro drone.
Pero todos los que toman las calles no son bestias literalistas, extremistas y miopes. Ellos, simplemente, están hartos de ti, Hombre Blanco. Y todo el que está harto de ti es considerado tu enemigo.
La violencia es fea. Estoy bien situada para saberlo. He sido testigo de la violencia del Hombre Blanco en Iraq. Es violencia salvaje.
La violencia es atroz. Sabemos lo atroz que es un drone que mata a toda la familia de un niño.
Conozco la violencia. Me despierto bañada en sudor, esta mañana no ha sido una excepción. Me veo en Bagdad, la aterrorizada Bagdad hecha añicos, marcada, implorando, corriendo como una fugitiva, como un ser salvaje, cruzando una calle sin saber cuándo una explosión me tocará a mí. Tropiezo en mi salvaje carrera por la vida, y caigo sobre una colonia de negras cucarachas muertas, yaciendo patas arriba.
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El texto anterior es un extracto de reflexiones publicadas por la exiliada iraquí Layla Anwar en su bitácora «An arab woman blues»: (1), (2), (3)
Antes en Tortuga: Destino, paralelismos y la deidad del Infierno
Muchos artículos de Layla Anwar en castellano: http://www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=Layla%20Anwar&inicio=0