
1) Hace mucho, incluso antes de la manifestación del pasado 11 de septiembre y de la intensificación de la vindicación independentista, que ha estado presente la posibilidad de una respuesta armada, gubernamental o golpista, ante un eventual proceso de disolución de lo que hoy es el Reino de España. Hace años que se viene agitando el espantajo de la “balcanización” de España, sobre todo por parte de quienes no parecían ser conscientes de que el papel que les tocaría en esa eventualidad sería el de serbios de Milošević, es decir de agresores que llevaron la reacción ante la desmembración de la antigua Yugoslavia a niveles inauditos de violencia y destrucción contra las naciones que habían decidido segregarse.
En ese orden de cosas, convendría recordar las razones de aquella respuesta furiosa por parte de los unitaristas yugoslavos contra la declaración de independencia de Eslovenia, Croacia y Bosnia una veintena de años. No se trató sólo de defender la Constitución yugoslava –como sostuvo en su día Julio Anguita, sin que por cierto nadie se acuerde de ello–, ni siquiera la decisión de recuperar las partes desgajadas del antiguo Estado dirigido por Tito. La razón fundamental de la actuación serbia –como ya había ocurrido antes con el ejército soviético en la independencia de las repúblicas bálticas con la población rusa– fue la urgencia de proteger a las minorías serbias que habían quedado atrapadas en los territorios separados.
Atención, porque ese podría ser uno de los motivos para una reacción armada española en relación con Catalunya. En este caso, la intervención no podría tener una dimensión territorial, que sí podría darse en una dinámica parecida en Euzkadi, con los problemas suscitados por la incorporación al Estado naciente de Navarra o el condado de Treviño. En el caso catalán, la actuación del ejército o más probablemente de la policía militarizada –como ocurrió en Yugoslavia–, es decir de la Guardia Civil, estaría justificada por la necesidad y la urgencia de proteger o rescatar a una supuesta amplísima “minoría española” que habría quedado a merced de un autoritario régimen nacionalista, sometida a lo que sería la exacerbación de una dictadura étnica que ya se había venido expresando en la tan reiteradamente denunciada política lingüística de la Generalitat.
De esa naturaleza era una de las insinuaciones del político que más nítidamente representaría las posturas a favor de una aplicación del Artículo 8 de la Constitución española, el eurodiputado Alejo Vidal-Quadras. Se ha llamado mucho la atención sobre su propuesta de una actuación de la Guardia Civil en Catalunya, pero no se ha reparado lo suficiente sobre otras declaraciones tanto más inquietantes, por cuanto sugieren esa apuntada razón para una intervención expeditiva para abortar ya no una eventual secesión en Catalunya, sino la mera realización de una consulta al respecto. Se trata del comentario que hiciera en el programa El Gato al Agua de Intereconomía Televisión el 13 de septiembre pasado. La he colgado en el youtube y aparece aquí reproducida. Obsérvese como Vidal-Quadras llama a “no dejar abandonados” a los miles de españoles que quedarían a merced de un nacionalismo totalitario.
Alerta ante ese argumento, porque lo vamos a ver reiterado entre aquellos que consideran o considerarán pertinente y necesaria una intervención armada contra, repito, ya no una declaración unilateral de independencia, sino contra la mera posibilidad de un pronunciamiento democrático al respecto. Lo que, por cierto, significaría abortar la única esperanza españolista de detener el proceso de secesión en marcha: un referendum en el que no hubiera mayoría independentista o que esta fuera ajustada. Sólo en ese caso se podría frenar o incluso invertir la actual dinámica. Si el objetivo del nacionalismo español fuera impedir la consulta, y no digamos si lo intenta a la fuerza, entonces sí que su causa estaría perdida.
El texto anterior es el de la entrada La respuesta serbia. El rescate de la «minoría española» como argumento para una reacción armada contra el proceso de autodeterminación en Catalunya , publicada por el antropólogo Manuel Delgado en su blog: http://manueldelgadoruiz.blogspot.com/2012/10/la-respuesta-serbia-el-rescate-de-la.html
2) Nota complementaria (Crates) – Examinado los hechos que llevaron a la guerra en Yugoslavia y su destrucción como Estado, me es difícil no plantearme una pregunta: ¿fue Yugoslavia una España sin subvenciones y ayudas económicas europeas, o España una Yugoslavia con ayudas europeas? Así lo pienso teniendo en cuenta las informaciones reunidas por Francisco Veiga en su libro La trampa balcánica (Grijalbo) y en otros escritos. A finales de los años ochenta, el primer ministro de Yugoslavia hubo de dimitir «abrumado por la caída libre de la economía federal, con una inflación ya muy por encima de los tres dígitos, el fuerte crecimiento del desempleo y de la deuda extranjera. El contexto estaba agravado por las protestas sociales continuas, la inestabilidad política y las graves tensiones nacionales que ya se habían extendido dentro de la Federación».
El siguiente primer ministro, Ante Markovic, intentó responder a estos hechos con lo que hoy se llamaría un «plan de ajuste estructural» -privatizaciones, reforma del sector bancario, etc.-, avalado por el FMI y el hoy autorreputado economista ‘ecologista’ Jeffrey Sachs. Lo cierto es que tales medidas cuarteaban el «Estado de bienestar» yugoslavo, un subproducto de la política de industrialización acometida por los gobiernos comunistas posteriores a la segunda guerra mundial: La concepción marxista del progreso implicaba que un país era mayor de edad sólo cuando tenía la capacidad de modificar profundamente el entorno, y eso sólo se podía lograr desde las ciudades y las fábricas.
En segundo lugar, la industria tenía por misión transformar la base social de los países del Este, especialmente la de aquellos cuya población activa era mayoritariamente agrícola. Para los marxistas europeos, el campesinado nunca llegó a ser política y socialmente fiabla al cien por cien; sólo el proletariado podía defender y consolidar los logros de la revolución. Los regímenes comunistas pusieron manos a la obra, y efectivamente, en algunos países estas transformaciones fueron muy profundas.
Pero estas transformaciones, con ser esenciales, no explican por sí mismas el apoyo social cosechado por los regímenes comunistas en los Balcanes, dado que se produjeron en otros países del Este -como Polonia- en los que el partido fue siempre una superestructura impuesta de forma artificial sobre la sociedad. Lo realmente característico fue que poner en pie esa gran industria requería forzosamente la creación de un sector servicios mínimamente eficaz y unos cuadros técnicos y directivos. Eso se traducía en la necesidad de disponer de todo un ejército de gerentes especializados, planificadores, burócratas, economistas, ingenieros, peritos, funcionarios, profesores, juristas y un larguísimo etcétera.
Por lo tanto, y en esencia, los regímenes comunistas en los Balcanes, es decir, en la zona más subdesarrollada de Europa oriental, contribuyeron realmente a crear unas clases medias de extracción plenamente popular. Y este proceso sí que marca diferencias con respecto al resto del bloque del Este, y explica el mayor éxito de los regímenes comunistas en los Balcanes. Ciertamente que a cualquier observador occidental que haya visitado esos países en los últimos treinta años la denominación “clases medias” puede parecerle exagerada. ¿Poseían conciencia de sí mismas?¿Disponían de una capacidad económica o un nivel de vida que pudiera definirlas como tales? Desde dentro del sistema, las similitudes eran mucho más evidentes. Los integrantes de la nueva burguesía no disponían de un nivel económico muy superior al de un obrero cualificado, pero poseían poder: para obtener más rápidamente un automóvil o un piso en el lugar conveniente, para viajar al extranjero, para comprar artículos de contrabando u obtener algunas divisas occidentales, o para pasar a los primeros puestos en la cola del médico. Por otra parte, la consideración social de la que gozaban en el Este los equivalentes de las “profesiones liberales” capitalistas, era muy superior a la que se le otorgaba en Occidente.
Pero sobre todo, jugaba la consideración de las expectativas sociales. En comparación con el panorama de pobreza, enfermedades crónicas y analfabetismo que asolaban a las clases populares (mayoritariamente agrarias) de los países balcánicos antes de la guerra, el salto vivido en los años sesenta era revolucionario. Nuevamente, el observador occidental podía considerar que este welfare state comunista era una versión a lo pobre del occidental, lo cual no podía justificar el apoyo social al régimen. Sin embargo, a ojos de los campesinos del sudeste europeo la experiencia era muy otra: nunca antes se había disfrutado de unos servicios sociales parecidos. Y sobre todo, por primera vez sus hijos podían acudir a la universidad o los institutos técnicos al margen de su procedencia.
Todo parece indicar que la destrucción del Estado de bienestar alentada por los asesores occidentales justificó la desafección respecto al mismo, en su forma de Estado yugoslavo unificado, por parte de toda esa clase técnica; de esta manera, estos sectores buscando conservar su ventaja con un ‘salvese quién pueda’, subiendo a codazos en los botes salvavidas que eran las ‘naciones yugoslavas en busca de autodeterminación’. «En esas fatídicas elecciones de Bosnia de noviembre de 1990, la falta de acuerdo entre las dos fuerzas no nacionalistas relegó ambas a un resultado lamentable y allanó el camino a los partidos étnico-nacionalistas: su rampante triunfo – y la crisis política que consiguió – fue otra pieza, tal vez decisiva, de la desintegración federal. El SRSJ se disolvió rápidamente, los cuadros locales – entre ellos el joven Milorad Dodik – elijeron otros caminos. A pesar de los éxitos económicos iniciales, la Tercera Yugoslavia de Markovic fue derrotada políticamente, antes de acabar desgarrada por las secesiones de Ljubljana y Zagreb, los cañones del Ejército Federal y los preparativos para la guerra en Bosnia».
«La Unión Democrática Croata (HDZ) era un partido escoba adornado por el descarado nepotismo practicado por Tudjman y se viera forzado a borrar todo signo izquierdista por el peso del lobby internacional croata, las expectativas de ayuda occidental, así como la fuerte presencia de la Iglesia católica. En este sentido, el HDZ triunfante aseguró en sus puestos a las nuevas clases medias croatas (eso sí, depurando en profundidad a la minoría serbia)».
«En las primeras elecciones libres bosnias, en noviembre de 1990, se esperaba un resonante triunfo de los partidos no nacionalistas que apostaban por la continuidad de la federación. Sin embargo, el triunfo fue para los partidos nacionalistas, todos de nuevo cuño, liderados por hombre que poco o nada habían tenido que ver con el régimen anterior. Ninguno obtuvo una victoria aplastante sobre los demás y el resultado fue un catastrófico reparto de poder republicano… El 80% de los bosnios consideraba por aquel entonces que la existencia y progreso de Bosnia estaba ligado a la de la Yugoslavia en su conjunto… Una tabla muy reveladora elaborada por el sociólogo francés Xavier Bougarel revela que los concejales provenientes del personal dirigente pertenecían mayoritariamente a los partidos no nacionalistas, mientras que los de procedencia obrera se agrupaban con preferencia en los partidos nacionalistas. Dicho de manera más clara, en Bosnia las elites dirigentes del partido comunista perdieron el control del poder en la república a raíz de las elecciones de 1990».
«Si las sanciones originadas en la guerra de Bosnia restringieron las relaciones comerciales legales, a cambio floreció un enorme mercado clandestino con los productos que se contrabandeaban hacia Serbia y Montenegro. La gasolina llegaba en cantidades apreciables a esas repúblicas, pero también las medicinas, las armas, las piezas de recambio y hasta la tecnología electrónica avanzado. Ese importante mercado negro favoreció la aparición y crecimiento de redes mafiosas y corrupción de alto nivel que alcanzó a las más altas esferas de poder en alguno de los países limítrofes. Las redes de tráficos diversos tienen un papel muy importante en la acumulación de capital y en el progresivo cambio de actitud de las nuevas clases medias en varios países del Este».
«Serbia resulta un caso interesante porque la mayoría de los contestatarios contra el régimen de Milosevic en 1996 y 1997 eran, junto a los muy visibles estudiantes, empleados del sector público (un 70%). Si en algo estaban de acuerdo la mayoría de los manifestantes era en que ”la propiedad privada era una condición indispensable para el progreso social”. La protesta tuvo una motivación interna no explicitada en la incapacidad de Milosevic por abrir Serbia a Occidente y atraer masivas inversiones que en otoño de 1996 parecían muy lejos de materializarse. Sin embargo, el régimen no cayó por el apoyo del campo y de los sectores obreros… A fines de la segunda etapa de transición, siguieron beneficiándose del Estado de bienestar –o sus restos- heredados del anterior régimen».
Etc., etc.
Aconsejo al lector interesado en saber cómo Spain se libró, por los mismos años, de semejantes trajines, la lectura del capítulo IV del libro de Armando Fernández Steinko Izquierda y republicanismo (Akal, 2010). Como muestra, un botón: La integración de España en la OTAN era la condición que ponía el bloque de países atlánticos que controla el sistema financiero internacional a cambio de la canalización del ahorro mundial hacia España. Pero, como dice el mismo autor en su libro, se acabó la fiesta.
El rescate de la «minoría española»: ¿la respuesta serbia?
Valdemorillo nación libre e independiente!!
internete
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PD: Y antitaurino, cojones…