
Hace casi cuatro siglos, el joven La Boétie, en su “Contra-Uno”, planteaba la pregunta. No respondía a ella. ¡Con qué ilustraciones conmovedoras podríamos apoyar su pequeño libro nosotros, que vemos hoy, en un país que ocupa la sexta parte del globo, a un solo hombre desangrando a toda una generación! 1
Cuando la muerte impera es cuando el milagro de la obediencia estalla ante nuestros ojos. Que muchos hombres se sometan a uno solo por miedo a ser matados por él es ciertamente sorprendente; pero ¿cómo comprender que permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden suya? ¿Cómo se mantiene la obediencia cuando supone al menos tantos riesgos como la rebelión? El conocimiento del mundo material en que vivimos pudo desarrollarse tanto a partir del momento en que Florencia, después de tantas otras maravillas, aportó a la humanidad, por medio de Galileo, la noción de fuerza. Fue sólo entonces cuando la industria pudo emprender el aprovechamiento del medio material. Y nosotros, que pretendemos organizar el medio social, no poseeremos de él ni siquiera el conocimiento más burdo mientras no hayamos concebido claramente la noción de fuerza social. La sociedad no puede tener sus ingenieros mientras no tenga su Galileo. ¿Existe en este momento, en toda la superficie de la Tierra, una inteligencia que puede entender, aunque sea vagamente, cómo es posible que un hombre, en el Kremlin, tenga la posibilidad de hacer caer cualquier cabeza dentro de los límites de las fronteras rusas? Los marxistas no han facilitado una visión clara del problema al elegir la economía como clave del enigma social. Si se considera a una sociedad como un ser colectivo, entonces ese gran animal, como todos los animales, se define principalmente por la manera en que se asegura el alimento, el sueño, la protección de la intemperie, en pocas palabras, la vida. Pero la sociedad considerada en su relación con el individuo no puede definirse simplemente por los modos de producción. Por más que se recurra a todo género de sutilezas para hacer de la guerra un fenómeno esencialmente económico, es patente y manifiesto que la guerra es destrucción y no producción. La obediencia y el mandato son también fenómenos que las condiciones de producción no bastan para justificar. Cuando un viejo obrero sin trabajo y sin ayuda perece silenciosamente en la calle o en un cuchitril, esta sumisión que se extiende hasta la muerte no se puede explicar por el juego de las necesidades vitales. La destrucción masiva del trigo o el café durante las crisis es un ejemplo no menos claro. La noción de fuerza, y no la de necesidad, constituye la clave que permite leer los fenómenos sociales. Galileo no tenía demasiados motivos para jactarse por haber puesto tanto genio y tanta probidad en descifrar la naturaleza; al menos no se enfrentaba más que a un puñado de hombres poderosos especializados en la interpretación de las Escrituras. El estudio del mecanismo social está obstaculizado por pasiones que se encuentran en todos y en cada uno. No hay casi nadie que no desee, bien cambiar, bien conservar las actuales relaciones de dominio y sumisión. Uno y otro deseo ponen una niebla ante la mirada de la inteligencia e impiden percibir las lecciones de la historia, que muestra en todas partes a las masas bajo el yugo y a unos pocos levantando el látigo. Unos, del lado de las masas, quieren mostrar que esta situación no es solamente inicua, sino también imposible, al menos para un futuro próximo o lejano. Los otros, del lado que desea conservar el orden y los privilegios, quieren mostrar que el yugo pesa poco, o incluso que es consentido. Desde los dos lados se lanza un velo sobre el absurdo radical del mecanismo social, en lugar de considerar cara a cara este absurdo aparente y analizarlo para encontrar ahí el secreto de la máquina. En cualquier materia no existe otro método de reflexión. El asombro es la fuente de la sabiduría, decía Platón. Puesto que la mayoría obedece, y obedece hasta dejarse imponer el sufrimiento y la muerte, mientras que la minoría manda, esto indica que no es cierto que el número sea una fuerza. El número, por más que la imaginación nos lleve a creer otra cosa, es una debilidad. La debilidad está del lado en que se tiene hambre, en que hay extenuación, donde se suplica, donde se tiembla, no del lado donde se vive bien, donde se conceden gracias, donde se amenaza. El pueblo no está sometido aunque sea mayoría, sino porque es mayoría. Si un hombre lucha en la calle contra veinte, sin duda acabará muerto en el suelo. Pero a una señal del hombre blanco, veinte culis anamitas pueden ser golpeados a bastonazos, uno tras otro, por uno o dos capataces. La contradicción no es quizás más que aparente. Sin duda los que ordenan son siempre menos numerosos que los que obedecen. Pero precisamente porque son poco numerosos forman un conjunto. Los otros, precisamente porque son demasiado numerosos, son uno más uno más uno, y así sucesivamente. De este modo, el poder de una ínfima minoría se basa a pesar de todo en la fuerza del número. Esta minoría prevalece con mucho en número sobre cada uno de aquellos que componen el rebaño de la mayoría. No hay que concluir de ello que la organización de las masas invertiría la relación, pues esa organización es imposible. No se puede establecer cohesión más que entre una pequeña cantidad de hombres. Más allá de eso, no hay más que yuxtaposición de individuos, es decir, debilidad.Sin embargo, hay momentos en los que no es así. En ciertos momentos de la historia, un gran soplo pasa sobre las masas; su respiración, sus palabras, sus movimientos se confunden. Entonces nada se les resiste. Los poderosos conocen, a su vez, por fin, lo que es sentirse solo y desarmado; y tiemblan. Tácito, en algunas páginas inmortales que describen una sedición militar, supo analizar perfectamente la situación. “El signo principal de que era un movimiento profundo, imposible de aplacar, es que no estaban diseminados ni manejados por otros, sino que juntos se enardecían, juntos se callaban, con tal unanimidad y tal firmeza que parecía que actuaban a las órdenes de alguien”. Nosotros hemos asistido a un milagro de ese género en junio de 1936 2
, y la impresión no se ha borrado todavía. Esos momentos no perduran, aunque los desdichados deseen ardientemente verlos durar para siempre. No pueden durar, porque esa unanimidad que se produce en el fuego de una emoción viva y general no es compatible con ninguna acción metódica. Tiene siempre por efecto suspender cualquier acción y detener el curso cotidiano de la vida. Ese tiempo de parada no puede prolongarse; el curso de la vida cotidiana debe seguir, las tareas de cada día tienen que llevarse a cabo. La masa se disuelve de nuevo en individuos, el recuerdo de la victoria se difumina; la situación primitiva, o una situación equivalente, se reestablece poco a poco y, aunque en el intervalo los amos hayan podido cambiar, siempre son los mismos los que obedecen. Los poderosos no tienen ningún interés más vital que impedir esta cristalización de las multitudes sometidas, o, al menos, pues no siempre pueden impedirla, hacerla tan poco frecuente como sea posible. Que una misma emoción agite al mismo tiempo a un gran número de desdichados es algo que sucede muy a menudo por el curso natural de las cosas; pero de ordinario esa emoción, apenas despertada, es reprimida por el sentimiento de una impotencia irremediable. Alimentar ese sentimiento de impotencia es el primer artículo de una política hábil por parte de los amos. El espíritu humano es increíblemente flexible, pronto a imitar, pronto a plegarse a las situaciones exteriores. Aquel que obedece, aquel cuyos movimientos, penas y placeres están determinados por la palabra de otro, se siente inferior no por accidente, sino por naturaleza. En el extremo contrario de la escala, el otro se siente igualmente superior, y estas dos ilusiones se refuerzan una a otra. Es imposible al espíritu más heroicamente firme conservar la conciencia de un valor interior cuando esa conciencia no se apoya en nada exterior. El mismo Cristo, cuando se vio abandonado por todos, escarnecido, despreciado, con su vida tenida por nada, perdió por un instante el sentimiento de su misión; ¿qué otra cosa puede significar el grito “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Les parece a los que obedecen que alguna inferioridad misteriosa los ha predestinado a obedecer desde toda la eternidad; y cada marca de desprecio, aunque sea ínfima, que sufren por parte de sus superiores o de sus iguales, cada orden que reciben, sobre todo cada acto de sumisión que realizan, los confirma en ese sentimiento. Todo lo que contribuye a dar a aquellos que están en la parte baja de la escala social el sentimiento de que tienen un valor es en cierta medida subversivo. El mito de la Rusia soviética es subversivo en tanto que puede dar al obrero comunista de una fábrica que ha sido despedido por su capataz el sentimiento de que, a pesar de todo, tiene detrás de él al Ejército Rojo y a Magnitogorsk, y permitirle así conservar su dignidad. El mito de la revolución históricamente ineluctable juega el mismo papel, aunque más abstracto, cuando se es miserable y se está solo, algo es tener de su lado a la historia. El cristianismo, en sus inicios, también fue peligroso para el orden. No inspiraba codicia por los bienes y el poder a los pobres y a los esclavos; muy al contrario, les daba el sentimiento de un valor interior que les ponía en el mismo plano o en un plano más elevado que los ricos, y eso era suficiente para poner a la jerarquía social en peligro. Muy pronto se corrigió, aprendió a poner entre los matrimonios o los entierros de los ricos y los pobres las diferencias que convienen, y a relegar a los desdichados a los últimos lugares de las iglesias. La fuerza social no puede ser ajena a la mentira. Todo lo que hay de más alto en la vida humana, todo esfuerzo de pensamiento, todo esfuerzo de amor es corrosivo para el orden. El pensamiento puede también, con toda justicia, ser señalado como revolucionario de un lado, como contrarrevolucionario del otro. En la medida en que construye sin cesar una escala de valores “que no es de este mundo”, es enemigo de las fuerzas que dominan la sociedad. Pero no es tampoco favorable a las empresas que tienden a cambiar o a transformar la sociedad, y que, antes incluso de haber triunfado, deben implicar necesariamente en quienes se consagran a ellas la sumisión de la mayoría a la minoría, el desdén de los privilegiados por la masa anónima y el manejo de la mentira. El genio, el amor, la santidad, merecen plenamente el reproche que se les hace a veces de mostrar una tendencia a destruir lo que hay sin construir nada en su lugar. En cuanto a aquellos que quieren pensar, amar y trasladar a la acción política toda la pureza que su espíritu y su corazón les inspiran, no pueden más que morir degollados, abandonados incluso por los suyos, infamados después de su muerte por la historia, como sucedió con los Gracos. Resulta de tal situación, para todo hombre enamorado del bien público, un desgarro cruel y sin remedio. Participar, aunque sea de lejos, en el juego de fuerzas que mueven la historia apenas es posible sin mancharse o sin condenarse de antemano a la derrota. Refugiarse en la indiferencia o en una torre de marfil tampoco resulta posible sin una gran incoherencia. La fórmula del “mal menor”, tan desacreditada por el uso que de ella han hecho los socialdemócratas, es entonces la única aplicable, a condición de aplicarla con la más fría lucidez. El orden social, aunque necesario, es esencialmente malo, sea cual sea. No se puede reprochar a aquellos a los que aplasta que lo socaven como puedan; cuando se resignan, no es por virtud, es por el contrario bajo el efecto de una humillación que sofoca en ellos las virtudes viriles. Tampoco se les puede reprochar a quienes lo organizan que lo defiendan, ni presentarlos como si formaran una conjura contra el bien general. Las luchas entre conciudadanos no proceden de una carencia de comprensión o de buena voluntad; pertenecen a la naturaleza de las cosas, y no pueden ser apaciguadas, sino solamente ahogadas por la coacción. Para quien ama la libertad, no es deseable que desaparezcan, sino solamente que prevalezcan más acá de un cierto límite de violencia. Meditación sobre la obediencia y la libertad – Con anexos
Meditación sobre la obediencia y la libertad
Por eso los avances sociales han de forjarse en una forma alternativa de vivir los momentos cotidianos (en lo económico, lo político, lo relacional, o organizativo…) y no tanto en las revueltas puntuales en las calles, las cuales solo tendrán algún tipo de utilidad si se apoyan en lo otro y nunca por sí mismas.
Meditación sobre la obediencia y la libertad
Correcto p.
internete
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PD: Pero de vez en cuando es bueno para la mente, el cuerpo y el alma el masturbarse…
Una del 15-M: «Si no nos dejais soñar, no os dejaremos dormir…»
Meditación sobre la obediencia y la libertad
Los místicos orientales añejos afirman que el estado mental mas elevado es NO PENSAR EN NADA.
internete
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PD: Por eso despues de hacerse una paja, se queda uno tan agusto…
De alguna manera hemos eliminado todos los requiebros del pensamiento en espiral contradictoria que define nuestra «lógica» y nos quedamos «vacios» o lo que es lo mismo: De nuevo con una página en blanco para empezar a rellenar…
http://www.alargador.org/15m-25s-maninthemirror.swf
Si el ordenador no chufla bien, FORMATEALO Y REINSTALA LOS PROGRAMAS…
(Y tampoco te hagas demasiadas pajas todo el rato, no sea que te sobrevenga una tendinitis en el brazo…)
(Que son jodidas…)
Meditación sobre la obediencia y la libertad
«Dialogos entre el lider y la masa»…
LIDER: ¿Estamos agustito?
MASA: NO!! No estamos agustito, que te jodan lider!!!
Nuevo LIDER: Podemos hacer un mundo mejor, pero para esto tenemos que empezar mirandonos por dentro y en el espejo, cada uno…
MASA: ?
Nuevo LIDER: Y ser mas compasivos, ayudarnos los unos a los otros, etc…
MASA: !
Nuevo LIDER: ¿Estamos agustito?
MASA: SI!! Ahora SI estamos agustito!
Nuevo LIDER: Vale. Pues como ahora estamos agustito, que nadie toque nada ¿eh?
MASA: Vale!! No tocamos nada…
LIDER: Pero deberíamos cambiar noseque que no funciona…
MASA: NO!! NO TOCAMOS NADA!! Estamos agustito!!!
LIDER: Pero es que noseque no funciona y deberíamos cambiarlo…
Uno de la MASA: Primero nos dices que estamos agustito y que no hay que tocar nada y luego nos dices que hay que tocar y cambiar nosequé… ¿Y porque no te cambiamos a ti, y me pongo yo por ejemplo, de LIDER?
LIDER: Tu lo que quieres es desestabilizarlo todo: Eres un irresponsable.
Otro de la MASA: ¡Oiga!, que aquí todo el mundo tiene derecho a opinar…
LIDER: Si, pero una cosa es cambiar nosequé y otra muy distinta cambiar el LIDER…
Varios de la MASA: Pues si el LIDER no funciona, habrá que cambiarlo … ¿NO?
LIDER: Sin mi no sois nada: Recordad que fui yo el que os dejó agustito… ¿Ya lo habeis olvidado?
Muchos de la MASA: No lo hemos olvidado, pero parece que eres tu el que lo olvidó…
LIDER: Bueno, pues aquí se hace lo que yo diga, porque soy el LIDER y vosotros teneis que estar agustito y calladitos…
MASA: ?
LIDER: ¿Estais a gustito?
MASA: NO!!! NO ESTAMOS AGUSTITO!!! Que te jodan lider!!!
Nuevo LIDER 2.0: Podemos hacer un mundo mejor, pero para esto tenemos que empezar mirandonos por dentro y en el espejo, cada uno…