Iñigo Sáenz de Ugarte

En la tarde del miércoles, un río de gente ha acompañado el féretro de Chávez por las calles de Caracas. A la misma hora los españoles podían revisar las portadas de sus periódicos o recordar las opiniones de algunos de sus periodistas sobre el populismo, caudillismo y autoritarismo del líder venezolano. A un nivel inferior de discurso, del que no están libres algunos de los opinadores citados antes, aparecían comparaciones con Hitler, Stalin y Mao sin prestar atención a pequeños detalles históricos irrelevantes: el primero nunca ganó varias elecciones a lo largo de más de una década, y los otros dos fueron responsables de la muerte de millones de personas y, desde luego, nunca se tomaron la molestia de presentarse ante las urnas.

Quizá la mejor explicación de las sucesivas victorias electorales de Chávez está en una frase que leí hace unos cuantos años en un reportaje aparecido en El País (¡sorpresa!). Un  caraqueño explicaba al periodista, que así lo reflejó en su crónica, por qué había votado a Chávez y por qué volvería a hacerlo. Decía (y cito de memoria) que él y otros muchos siempre habían sido invisibles para el Gobierno, para el poder y también para el resto de la sociedad. El presidente les había sacado de las sombras y con sus políticas les había demostrado que importaban, que eran tan ciudadanos como todos esos que circulaban en coches con cristales tintados a gran velocidad y que vivían en las zonas de la ciudad donde podían permitirse las medidas de seguridad necesarias para protegerse del crimen.

Les había dado dignidad. Por alguna razón, se sentían agradecidos.

A lo largo de años, esos mismos periódicos en los que aparecían escondidas frases como la citada antes han terminado por creer que el éxito de Chávez se debe a un lavado de cerebro colectivo o a una compra de votos generalizada. Los ciudadanos sólo podían votar a Chávez porque estaban comprados. Los “beneficiarios” ocupan una escala social inferior a los ciudadanos de verdad.

El insulto es de tal calibre que es difícil quitarse de la cabeza la impresión de que existe un racismo encubierto en esas opiniones.
Un presidente del Gobierno español puede decir que se mantiene la deducción fiscal por la compra de vivienda (después de los pavorosos efectos de la burbuja) porque es lo tradicional. Otro presidente puede aprobar una ayuda como el cheque bebé en plan dádiva presidencial por la simple razón de que en ese momento hay dinero suficiente en la caja. No, eso no es populismo, si acaso un error cuando se analiza a posteriori. Pero cuando un gobernante latinoamericano utiliza los recursos naturales del país (en este caso, los ingresos por la exportación de petróleo) para construir escuelas y hospitales, para crear empleo en zonas donde quizá no haya existido antes otra cosa que agricultura de subsistencia, en definitiva para reducir la pobreza, entonces estamos ante casos evidentes de caudillismo y populismo.

La política económica de Chávez ha tenido errores evidentes, como por otra parte ocurre en otros países. Si el petróleo aún costara 20 dólares el barril, es obvio que el Gobierno no habría podido aumentar tanto el gasto social. Cuando intentas controlar los precios en una economía de mercado para colocarlos en un nivel irreal, es evidente que vas a fomentar un mercado negro que no desaparecerá por muchas declaraciones amenazantes de las autoridades que aparezcan en los medios de comunicación. Si mantienes el precio de la gasolina a un nivel irrisorio y no has invertido lo suficiente en levantar refinerías, tendrás que importar el combustible (hecho con tu propio petróleo) y gastar en ello tantas divisas que lo tendrás muy difícil para sostener el valor de tu moneda. Si tu agricultura no es efectiva, estarás obligado a importar alimentos de los países vecinos, lo que a su vez volverá a presionar a tu moneda hasta niveles que fuercen la devaluación, por mucho que resistas durante un tiempo. Hay un amplio abanico de críticas que se pueden hacer al chavismo, pero la falta de legitimidad democrática no está entre ellas.

En cuanto a la violencia verbal de la política, esa crítica también se pueden hacer a la oposición, que unos años atrás decidió eliminar el adjetivo ‘verbal’ de la expresión y pasó directamente al lenguaje de la fuerza.

Pasado el espectacular fracaso de la década de los 90 en América Latina con un buen número de gobiernos liberales o conservadores que aceptaron las reglas del juego internacionales y dejaron sus países en el mismo lamentable estado en que los encontraron, la década posterior fue testigo de una mejora de las condiciones socioeconómicas en muchos países. Venezuela no es el único caso de reducción de la pobreza y hasta se podría decir que al tener mayores recursos naturales gracias al petróleo, podría haber mejorado aún más.

Pero el caso es que los venezolanos, lo que no es nada sorprendente, conocen mejor lo que ocurre en su propio país y, sobre todo, son muy conscientes de lo que vivieron en las décadas anteriores cuando lo que aparecía en nuestros periódicos como una de las democracias más estables del continente sólo era una pantalla que ocultaba una situación deplorable. Esa época en que Carlos Andrés Pérez era un gran amigo de Felipe González, quién sabe si porque los socialdemócratas petroleros venezolanos prestaron la ayuda económica necesaria para que hubiera una alternativa moderada de izquierda en nuestro país.

En realidad, y a pesar de todo lo ocurrido en Venezuela desde 2002, las cartas en la visión de la política española sobre Venezuela están marcadas desde hace mucho tiempo. He vuelto a leer el editorial publicado por El País cuando parecía que había triunfado el golpe de Estado de ese año. Se titulaba “Golpe a un caudillo” (está claro que hay expresiones que pueden durar mucho tiempo). Comenzaba así:
Sólo un golpe de Estado ha conseguido echar a Hugo Chávez del poder en Venezuela. La situación había alcanzado tal grado de deterioro que este caudillo errático ha recibido un empujón. El ejército, espoleado por la calle, ha puesto fin al sueño de una retórica revolución bolivariana encabezada por un ex golpista que ganó legítimamente las elecciones para, convertirse desde el poder en un autócrata peligroso para su país y el resto del mundo.

Resulta cuando menos llamativo que el periódico que siempre presume del editorial que publicó pocas horas después del 23F llegara a definir el golpe venezolano como un “empujón”, casi un hecho accidental que vino a corregir una situación dañina. Ya entonces estaba claro que en España cualquier medio parecía admisible para deshacerse de un político peligroso para Venezuela y “el resto del mundo”.

Al final, la primera frase del editorial fue premonitoria. Sólo un golpe de Estado podía acabar con Chávez, porque los medios democráticos resultaban insuficientes. Este revolucionario de las urnas no hacía más que convocar elecciones y referendos, y los ganaba. En el colmo del absurdo, cuando perdió un referéndum aceptó el resultado, resumido en un 50,65% de noes. El “caudillo” se vio frenado en seco por una diferencia de votos de 0,66 puntos.

Sin duda, es lo que habrían hecho Hitler, Stalin y Mao si hubieran estado en su lugar.

Fuente: http://www.guerraeterna.com/hugo-chavez-y-los-caudillos-de-la-prensa-espanola/

One thought on “Hugo Chávez y los caudillos de la prensa española”

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