tonyodelbarrio

Llamadme ingenuo si queréis, pero no hace mucho tiempo yo confiaba en la Policía.

Ya no.

Yo pertenezco a una generación y grupo social que por diversas razones ha tenido una relación complicada con la Policía. He vivido la época del tardofranquismo y el comienzo de la Transición, cuando los cuerpos represivos eran claramente un apéndice del Poder, una institución que, aunque de vez en cuando podría aportar algún beneficio al ciudadano modesto, no era popular. En la mentalidad general del pueblo pesaba sobre todo la impresión de que la policía estaba fundamentalmente para proteger a los poderosos. Cualquiera sabía el trato diferente que los policías y guardias civiles presentaban al resto de personas cuando interactuaban con ellas, individual o colectivamente.

Poco a poco, nos intentaron convencer de que la Policía era una parte del pueblo, una institución más de la sociedad democrática. Y poco a poco les fuimos creyendo.

O al menos yo les fui creyendo. Con dificultades, porque sabía que no en todos los lugares ello era así, y porque de vez en cuando podía encontrar momentos de arbitrariedad o mal funcionamiento. Pero siempre se podía pensar que se trataba de uno de los fallos inevitables de una sociedad imperfecta, achacable a un funcionario incompetente o a un mando demasiado ambicioso (o, incluso, a la presión en una situación de terrorismo, en el caso más extremo).
Pero en los últimos meses, acompañando a la degradación general de todas las instituciones españolas, también mi opinión sobre la institución policial ha retrocedido treinta años. La Policía es de nuevo una institución al servicio del Poder, sin más.

Hay dos tipos de razones para mi abrupto cambio de opinión. Unas generales, otras personales.

La forma en que la policía se está comportando ante las protestas ciudadanas es un buen ejemplo. Ya no se trata sólo de que reprima ciertas iniciativas. Es la forma. He sido testigo de brutalidades y arbitrariedades que no veía desde hacía un par de décadas. La infiltración de la policía y la provocación de disturbios, para generar una determinada imagen y oscurecer el fondo de las protestas, es tan evidente que hasta yo mismo, que no soy especialmente agudo, he tenido ocasión de comprobar. Todavía hace sólo diez días he sido testigo de cómo dos secretas intentaban detener a un muchacho sólo por llevar una pancarta en una protesta pacífica, en cuanto se quedó un poco aislado, como forma de escandalizar al resto y crear tensión.
Para quien tuviera la menor duda: la Policía está al servicio del Poder. Punto.

Pero además en estos meses se me han acumulado varios incidentes personales que me han llevado a la misma conclusión. Desde multas de tráfico en circunstancias nimias, hasta sanciones administrativas desproporcionadas, que sólo se pueden explicar por mera arbitrariedad o puro afán recaudatorio.

Un buen ejemplo, que puede parecer menor, pero que creo muy significativo, son las recientes sanciones por lo que se ha venido en llamar «botellón». No, no ha sido a mí directamente, que soy completamente abstemio desde hace 30 años. Pero en mi entorno he tenido la ocasión de comprobar cómo funciona el Poder cuando se trata de dar escarmientos.

No voy a negar que el botellón pueda causar molestias a los vecinos, y tampoco me parece descabellado que las autoridades controlen el consumo de alcohol por menores cuando los padres no pueden hacerlo. Pero ya es desproporcionado el que se establezcan sanciones mediante una Ley «para dinamizar la Actividad Comercial», que castigan con 600 euros (el salario mensual de muchos miles de ciudadanos) una simple infracción como el beber en la calle.

Aún lo es más que la policía lo haga incluso en circunstancias en las que no se molesta a nadie, mediante redadas dignas de mejor causa. Simplemente, para mostrar firmeza ante sus electores, para apoyar a los empresarios del sector, o por simple afán recaudatorio. La arbitrariedad es aún mayor cuando se comprueba que los agentes no practican ninguna prueba para demostrar tal consumo alcohólico, basándose en la mera presunción de veracidad de su testimonio, que en este caso se convierte en un simple abuso de poder.

Este último punto es clave. Si confías en la Policía, estás dispuesto a prestar testimonio ante ellos. Pero como saben las personas menos ingenuas que yo, cuando la Policía es un mero instrumento de represión, una actitud abierta y confiada es peligrosa. Así que un consejo (para todos y también para mí mismo): si la policía te pregunta, di justo lo imprescindible.

Ya siento que esta sea la conclusión. Pero los de arriba se lo han buscado. Cuando nombras ministro a un beato arrepentido (uno de esos que después de una juventud de desenfreno se vuelven moralistas), director general a un chulo palentino (esos chicos mediocres de la burguesía de provincias) y delegada del gobierno a una ambiciosa capaz de cualquier cosa por llegar a ministra, no te extrañes de que el ciudadano de a pie vea a los policías como instrumentos represivos.

De nuevo.

http://lacomunidad.elpais.com/tonyo/2013/6/4/he-perdido-toda-confianza-la-policia