
Al principio no le di importancia. Lo habrán dicho por la televisión, pensé, o será de uno de los últimos éxitos de Hollywood. Estos referentes son muy útiles a la hora de tranquilizarse y como autoterapia, ya que la mayoría de estos dos medios se nutren de pensamientos precocinados, predigeridos y predefecados, por lo que su consumo protege prácticamente de todo riesgo.
Sin embargo, la idea insistía, no de forma aguda, pero persistente. Traté de tranquilizarme intentando recordar algún concurso, alguna tertulia… Confiaba en que encontraría el origen del mal. Pero nada.
El asunto estaba pasando a mayores; me empezaba a obsesionar y, debo reconocerlo, comencé a frecuentar bibliotecas y hemerotecas; al principio una vez a la semana –esto lo controlo, me decía-, luego a diario. Sabía que la encontraría seguramente agazapada entre los textos de opinión de prestigiosos columnistas modernos o postmodernos. Tampoco.
Vagamente recordé que existían agrupaciones de individuos que periódicamente tratan de llamar mi atención con el objeto de obtener algún beneficio. A cambio de dinero ellos me dan un decreto ley o un electrodoméstico. Evidentemente también lo deseché, pues esta gente no trabaja con ideas sino con índices de audiencia.
Entonces, ¿y si esto fuera una inspiración divina? Pensar en ello es duro para un ser agnóstico como yo, pero la idea seguía insistiendo ahí, en el hemisferio izquierdo, así que decidí ir al grano: me conecté a Internet y busqué por los canales de chat –sabido es que ahí se encuentra todo Dios-. Navegué y navegué, encontré muchos intermediarios, busqué por “Dios”, por “Divino”, por “Idea”… Al final se me ocurrió mirar en “Crepúsculo” y… ¡Ahí estaba!
Bueno, me contestó un tipo que decía llamarse Marx, Carlos. Me dijo que era el último que quedaba, que era el portero, y que antes compartía página con un tal Bakunin, pero que este señor había pedido una excedencia y se había ido a pescar. No me dijo el qué y no me pareció prudente preguntar. Al principio le notaba a la defensiva, daba la impresión de que no tenía deseos de charla y me sugirió que buscase por Mahoma o por Alá, que allí aun quedaba alguien, pero yo insistí y le expliqué lo de la idea.
Le chocó bastante y alguna cosa le sonaba pero no la acabó de reconocer. A partir de aquí el hombre pareció animarse un poco, me contó que estaba pasando una mala época. Que él en su juventud, y de esto hacía mucho tiempo, también había tenido alguna que otra idea, pero que no había acabado de funcionar, que como método de análisis tenía sus cositas, pero que no había tenido en cuenta el factor humano y tal. Estuvimos un ratito charlando de todo un poco, que si la etnia, que si la genética, que el cambio climático… hasta que su señora le avisó de que era la hora de tomarse el Prozac con leche y se desconectó.
Era necesario admitirlo, no podía seguir negando la evidencia: ¡Había tenido una idea que parecía nueva! (Y esto teniendo en cuenta cómo está el patio). Debía actuar rápidamente, y antes de que fuera demasiado tarde.
La decisión está tomada. Debo difundir la idea. Hoy mismo se la contaré a mi vecina. Eso sí, como se ría, le va a prestar otra tacita de sal Rita la Cantaora.
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Editorial del número dos de la revista de «humor políticamente incómodo» Angelitos negros, invierno de 1999.
