
El poder corrompe al que lo ejerce y al que se somete a él. El crimen al criminal y a la víctima.
Intentad ser libres: viviréis en la indignación, moriréis de hambre. La sociedad os tolera si sois sucesivamente serviles y despóticos.
¿Dónde ir cuando sólo podemos vivir en la ciudad y no tenemos los instintos ni somos lo bastante emprendedores como para mendigar, ni lo suficientemente equilibrados para darnos a la sabiduría? Sólo queda hacer como si trabajáramos, como todo el mundo. Si nos decidimos a eso es siempre porque pensamos que es menos ridículo simular nuestra vida que vivirla.
La filosofía, la moral, la historia y la experiencia de todos los días nos enseñan que alcanzar el equilibrio no es una cuestión de infinidad de secretos; no hay más que uno: someterse. “Aceptad un yugo, nos repiten, y seréis felices; sed alguna cosa y os veréis libres de vuestras penas”. Eso transforma la tragedia del paro en un drama. Mejor no profundizar. La “profundidad” es la dimensión de aquellos que no pueden cambiar de pensamientos ni de apetitos y se ven reducidos a explorar la misma región del placer y del dolor. Así es cómo uno se vuelve profundo, dejándose invadir por las propias taras.
Sé de buena tinta que hubo un tiempo en el que no es que el no tener trabajo nos volviera indignos como ciudadanos, sino que era el trabajo lo que era indigno del ciudadano, y no porque estuviera reservado a mujeres, pobres y esclavos; muy al contrario, estaba reservado a mujeres, pobres y esclavos porque «trabajar era someterse a la necesidad». Y sólo podía aceptar este sometimiento aquél que, a la manera de mujeres, pobres y esclavos había preferido la vida a la libertad y por consiguiente daba prueba de su espíritu servil.
El poder corrompe al que lo ejerce y al que se somete a él. El crimen al criminal y a la víctima. Vincular la libertad a la ley, someterse a la ley teniendo como único déspota al imperio de la ley, como les gustaba predicar a los griegos, o al temor de Dios como único temor, como predicaban los valientes cristianos. Es como vincular la audacia a la reflexión, no aceptar una audacia que se pone en lugar de la reflexión, que la paraliza, porque no han podido olvidar que otras veces en cuanto reflexionaron se paralizaron.
Cada vez hay somos más los sometidos, gente escuderil, que no vivimos a salario, sino a merced. Cada vez somos más los que clamamos por que acabe con esa competencia que agranda las diferencias y reduce la justicia a un atentado contra el buen gusto. Pero donde desaparece la competencia se corre el riesgo de que surja una especie de estirpe de rentistas mantenida a costa del Estado; mientras en la política exterior perdura la competencia, es decir, la carrera de competición entre los diferentes Estados.
Por esa brecha es por donde penetra el terror. Sin duda son otras circunstancias las que lo provocan: en esto queda al descubierto uno de los motivos que hacen que subsista el terror. La velocidad generada por la carrera competitiva de los Estados entre sí causa ahora necesariamente miedo. En un caso el nivel depende de las altas presiones; en el otro, del vacío. En el primer caso quien marca el ritmo es el ganador; en el segundo, aquél a quien cada vez le van peor las cosas. Con esto se halla relacionado el hecho de que el Estado se ve forzado en el segundo caso a someter permanentemente una parte de su población a unas intromisiones horrorosas.
Recuerdo a Burt Lancaster interpretando en Los Profesionales a un tipo inolvidable. Es un granuja que en su día militó para La Revolución. ¿Qué hacías allí?, le pregunta Chiquita Sí, haciendo tiempo para que en el cañón donde se libra la batalla puedan cogerle por la espalda. Escuchamos risas, y aires de fiesta al otro lado del Paso, y cruzamos el río, le dice el “chic”. Cuando la película termina, después de haberse cargado hasta al Moro Muza le confesará a su amigo que él esta hecho para el amor, que por eso ha salvado a la chica.
El hombre se ha hecho fundamentalmente para el amor, y eso de dos maneras: Conforme al alto y uniformador Eros, en la medida en que el alma está orientada al recuerdo de una perfección perdida. Y conforme a un Eros popular y descentrado, en la medida en que se somete a un sinnúmero de “apetencias”. Vaya, que las adaptaciones neurales de sujetos sometidos a indefensión social crónica llevan a la depresión o a la adicción a la comida a los ratones y a los hombres al ”furbo”.